El 12 de diciembre del 2019, en el acto de asunción de Fernando Espinoza a la Intendencia de La Matanza, aquel territorio del conurbano bonaerense considerado como la meca del kirchnerismo nacional, Cristina Fernández de Kirchner lanzó la frase hoy famosa que bien pudo haber sido la señal para que el gobierno de Alberto Fernández –el que llevaba sólo algunas horas en la conducción de la nación– iniciara el embate final contra los recursos de la CABA, gobernada por Horacio Rodríguez Larreta y principal reducto en manos del Pro, el enemigo más odiado por la vicepresidenta de todo el arco opositor.
“En la Ciudad –dijo la vicepresidenta, hoy condenada a seis años de cárcel luego de haber sido encontrada culpable de actos de corrupción–, todos tienen agua potable, todos tienen luz y gas, todos tienen cloacas, todos tienen acceso al transporte público. Cuando uno va para allá, quién no quisiera vivir allí. Donde hasta los helechos tienen luz y agua, donde te rompen la vereda y ponen baldosas cada vez más brillantes”, dijo desde el púlpito destinado para dar su discurso. En la primera fila la observaban, chochos y con las manos rojas de tanto aplaudir, Espinoza y Verónica Magario, quien, un día antes, el 11 de aquel diciembre del 2019, había asumido la Vicegobernación de Buenos Aires secundando a Axel Kicillof. Animada, Fernández de Kirchner completaría su idea destacando que, mientras los porteños vivían en la opulencia, “tenemos a los bonaerenses chapoteando en el agua y el barro. Vamos a tener que discutir una asignación racional de los recursos”. En su arenga, la vicepresidenta hablaría también de San Martín y de Avellaneda, otros puntos clave del conurbano a los que, según verbalizó en tono de queja, nunca les podría alcanzar la plata si quisieran asfaltar sus calles o acercarles el agua potable o el gas por red a los habitantes.
Si bien ese episodio en La Matanza de ninguna manera puede ser considerado como el arranque de una guerra total entre la Nación, en manos del kirchernismo, y la CABA, bajo el control del Pro desde el 2007 en adelante, cuando Mauricio Macri conquista la ciudad, sin dudas fue la orden que esperaba la Rosada para avanzar sobre los recursos de los porteños. La historia es conocida: en setiembre del 2020, el presidente Fernández le dedujo 1,2 puntos de la coparticipación a CABA para cedérselos a la Buenos Aires de Kicillof, tal como lo había ordenado la vicepresidenta. El disparador, que operó como excusa, fue un reclamo de la Policía Bonaerense que reclamaba mejoras salariales que Kicillof, según se lamentaba, no podía financiar.
La descripción sobre estos hechos recientes corresponde a sólo una parte de la historia de una relación truculenta, decididamente violenta y absolutamente inviable entre el kirchnerismo y el macrismo. A ambos les ha convenido y las dos partes se han visto largamente beneficiadas. Se eligieron como enemigos y así seguirán vaya uno a saber hasta cuándo.
Algunos se animan a ponerle un fin a tanta desavenencia el día que Fernández de Kirchner y Macri se jubilen. Pero, por ahora, tanto unos como otros, siguen a gusto alimentando sus propias estrategias de permanencia política inventando e ideando cualquier tipo de operación que logre enfrentarlos mano a mano. Y los dos les hablan a sus seguidores, pura y exclusivamente a ellos, aunque simulen lo contrario y disfracen sus discursos de lo contrario.
Todo indica que, en este caso puntual del enfrentamiento por los recursos alrededor de la CABA, que en el 2016 habían sido ampliados por Macri en su presidencia por el traspaso de la Policía Federal a la jurisdicción porteña, y que luego del recorte de Fernández del 2020, la Corte haya dispuesto darle lugar a la cautelar presentada por Rodríguez Larreta para que sean devueltos, hay mucho juego político y mucha acción engañosa, particularmente, por el lado del kirchnerismo.
No es cierto, de acuerdo con los dichos del abogado constitucionalista Félix Lonigro, ayer en LVDiez, que por la decisión de la Corte peligren los fondos del resto de las provincias, como han dicho Fernández, Kicillof y el resto del oficialismo.
Hay un hecho particular que aclara este punto. Lonigro recuerda que la Ley de Coparticipación es de 1988, tiempo en el que la CABA no existía como tal. Es en 1994 cuando la CABA consigue su autonomía. Pero, tanto antes como después de esa fecha hasta el presente, lo que le corresponde por coparticipación proviene de la parte que le queda a la Nación luego de la primera división de los fondos que se recaudan. La ley indica que del 100 por ciento de los impuestos que se recaudan en el país, 55 por ciento va a las provincias y 42 por ciento a la Nación. El 3 restante tiene otros fines que no viene al caso, según Lonigro, incluirlos en el análisis.
Una vez que se hace esa primera división, por criterios establecidos en 1988, cada una de las provincias recibe su cuota parte. Para el caso de Mendoza, es 4,1 por ciento aproximadamente, y para Buenos Aires, alrededor de 20 por ciento. Al no estar incluida la CABA para cuando se hizo el reparto y el establecimiento de los coeficientes por ley, nada de lo que les corresponde a las provincias puede ser modificado; es decir que lo que le corresponde a la CABA no sale de la parte del resto de las provincias, sino del 42 por ciento que recibe la Nación. Y también hay que decir, de acuerdo con lo que sugiere Lonigro, que si fue arbitrario el aumento de los recursos a la CABA en el 2016 que decidió Macri, lo propio sucedió con el recorte que le produjo Fernández en el 2020.
Entonces, se trata de un problema que debe ser resuelto entre la CABA y la Nación. El resto de las provincias se encuentra afuera de tal discusión y la que está en problemas, si se sigue la línea ordenada por la Corte, es la provincia de Buenos Aires de Kicillof, la que podría llegar a perder alrededor de 250.000 millones de pesos.
Sin embargo, este miércoles, el presidente reunió a los gobernadores peronistas para criticar la decisión de la Corte (Lonigro aclara que no es un fallo definitivo, todavía, porque no se ha resuelto la cuestión de fondo) y montarse en una estrategia que, entiende todo el kirchnerismo, le trae sus beneficios: hay que señalar a la Corte, a la derecha, a los medios, al poder económico y claro que a la oposición, como los que atentan contra su proyecto nacional, popular, distributivo; una forma de gobernar que por más años que haya tenido al frente del país no puede explicar, todavía, la pobreza lastimosa y estructural en la que vive sumido el conurbano bonaerense, el lugar en el mundo de la vicepresidenta.
