El año que comienza encuentra al peronismo mendocino en una delicada situación electoral, ya que se puede acelerar nuestra caída en la preferencia de los ciudadanos a la hora de elegir sus representantes.

Sólo basta un ejemplo para demostrar lo que hace el votante mendocino con quienes dejan de representar sus valores.

Las elecciones provinciales de 1997 fueron ganadas por el Partido Demócrata con casi 30 puntos porcentuales. En 2021 apenas alcanzó un magro 3,5.

En el medio, se alejaron sus dirigentes más exitosos.

En nuestro caso, desde  aquellos 41 puntos obtenidos en la elección de 2015 (casualmente separada de  la nacional como serán las de este año),   hasta los escasos 25 puntos del año 2021, vemos cómo, elección tras elección,  los mendocinos cada vez más rechazan los discursos y acciones de quienes conducen y representan al Peronismo a nivel Provincial, cuyos dirigentes se encuentran subordinados a realidades políticas nacionales; muchas veces contrarias a la necesaria e imprescindible “mirada local”,  que, paradójicamente, impulsó con éxito el Justicialismo en los años 80 y 90.

Esa situación que ha sido inteligentemente aprovechada por el radicalismo. Los resultados electorales de la última década, la única verdad, no dejan dudas.

Es en este contexto, con un enrarecido clima político a nivel nacional y una frágil situación económica, sumado a que la ausencia de liderazgos entre nuestros dirigentes, ha llevado a que, en forma increíble para nuestra historia, el Peronismo no cuente a esta altura con un candidato a Gobernador con reales expectativas. Y los Intendentes peronistas han decidido municipalizar sus proyectos desdoblando las elecciones comunales.

Este hecho que encuentra legitimación en exitosas gestiones departamentales y en el hecho de que el “factor rural” siempre acompañó las gestiones justicialistas, al mismo tiempo transforma al partido en meras “franquicias peronistas”, reduciendo sus posibilidades para las restantes elecciones del año.

A propósito de “franquicias y franquiciados”, hace un tiempo un viejo peronista me susurraba al oído: “Pedro, el peronismo murió en 1 de julio de 1974 y luego se transformó en una franquicia con un gran nombre y una gran historia detrás en el recuerdo de millones de personas. Una franquicia que vale 30% de votos, utilizada en los 90 por Menem y los liberales,  en los 2000 por Kirchner y parte de la izquierda, y ahora por Cristina y los movimientos piqueteros”.

Quizás a la luz de la historia y de este presente, los peronistas debamos reflexionar sobre la disgregación del partido que ocurre tanto a nivel nacional como provincial, dónde está hoy su esencia y quién interpreta y representa cabalmente esos valores.

En los meses por venir, quienes hoy circunstancialmente conducen los destinos del Justicialismo, deben tomar conciencia que el valor de su palabra esta devaluada, que los mendocinos no les creen, que tienen que cambiar su discurso fundamentalista y dejar de creer que la Mendoza que esta en sus cabezas es la que quieren los mendocinos.

Esto solo ha servido para transformar a Omar De Marchi en opositor siendo oficialista.

Así podrá, si triunfa en las elecciones municipales, convertir en fortaleza la debilidad de esa fragmentación que provocan las franquicias locales, e ir en busca de un discurso y un candidato que le permita presentarse ante los votantes como una verdadera opción electoral.

Si los movimientos de sus dirigentes van en sentido contrario, en mi modesta opinión, podría el Peronismo seguir el derrotero de los Demócratas, quizá en menos años todavía, y tal vez perdiendo en el camino a sus mejores hombres seducidos por quienes bajo otro rótulo interpreten los postulados Justicialistas

Las nuevas generaciones, que ya son mayorías electorales, no miran el pasado, su universo instantáneo que fluye por las redes sociales solo vive el presente, lleno de carencias por cierto.

En ellos el Peronismo debe centrar su esfuerzo para que el futuro no les parezca cada vez más lejano.

*El autor es un reconocido militante del PJ mendocino.