La corrección política los ha llevado a lamentar, y por sobre todo condenar, que la presidencia le haya librado el certificado de defunción al dique Portezuelo del Viento con aquel laudo de fin de año en el que Alberto Fernández ordenó realizar más estudios de impacto ambiental sobre un proyecto que quizás como ningún otro ya los tenía realizado de sobras.

Salvo Malargüe, y su gente, aquel departamento que se esperanzó y soñó por años con que iba a recibir una inversión multimillonaria durante la construcción de la presa, la que generaría puestos de trabajo como ninguna otra, sumado a las consecuencias favorables de algún que otro dividendo por la generación de energía más el efecto magnético que provoca para el turismo un espejo de agua monumental en un valle natural de características únicas de la Cordillera de Los Andes, para el resto de la dirigencia de la provincia, la caída definitiva –ahora oficial– de Portezuelo ha sido una noticia que se ha festejado en silencio.

La inocultable intención de Fernández de trabar una inversión en Mendoza asestando un supuesto golpe a un plan de desarrollo de una provincia en donde la gente que la habita se muestra cada día que pasa más lejos de su gobierno, y congraciarse a su vez y con ello, con la administración peronista de La Pampa, ofrendando un laudo a medida como regalo de fin de año, tendrá el efecto no deseado para la nación y el Frente de Todos. Pocas cosas se suelen hacer en política dejando conforme a todos o casi. Y eso es lo que parece haber conseguido un presidente ajeno y ausente a los verdaderos problemas de las economías regionales y que, al iniciar su último año de gestión lo hace como una víctima más de la fragmentación que se vive en el Argentina, en vez del conductor de todos y piloto de tormenta que debió haber sido; pero en lugar de colocarse por arriba de los resentimientos, el odio y las nimiedades sobrevolándolos, prefirió ser una herramienta más del atraso y fracaso colectivo.

Si Rodolfo Suarez, como todo así lo indica, decide apretar el acelerador avanzando en la futura concreción de la presa El Baqueano, como alternativa a Portezuelo, y consigue el fin buscado, la próxima administración que lo suceda lo haría con casi 600 millones de dólares extras para darle vía libre a un plan de crecimiento y desarrollo integral y más extendido que lo que suponía la inversión de Portezuelo. Se trata de un número extraordinario que surge de restar de los fondos totales previsto para el fallido Portezuelo, los 500 millones de dólares que insumiría El Baqueano sobre el Diamante, en San Rafael.

La próxima gestión, la que los mendocinos elijan probablemente allá por setiembre de este nuevo año, además de los recursos caídos del cielo, o inherente a tal fortuna, tendrá a su vez la responsabilidad total de hacer un buen uso de los fondos. Casi la misma cantidad de fondos que la provincia recibió promediando la década de los 90, cuando gobernaba el peronista Rodolfo Gabrielli, y la nación le depositó regalías de YPF que en el pasado habían sido mal liquidadas. Con aquellos fondos se conformó lo que se conoce hoy como el Fondo para la Transformación y Crecimiento, pero en verdad una buena parte de los 617 millones de pesos/dólares que se recibieron, terminaron esfumándose entre gastos y rentas generales.

Exactamente treinta años después de aquel hito, en gran medida desperdiciado, una gestión de gobierno contará con otra oportunidad. Si se sacan bien las cuentas y para tomar otra dimensión de lo que representa, el fondo de Portezuelo significará –una vez recibidas todas las transferencias (la última fuerte, de un poco más de 7 millones de dólares, está prevista para julio del 2024)–, casi la totalidad de la deuda pública que contrajo la provincia en años recientes, en particular desde el 2016 cuando creció el endeudamiento en dólares.

De todas maneras, el gobierno deberá salir a buscar una modificación del acuerdo que se firmara entre Mauricio Macri y Alfredo Cornejo, cuando se pactó el pago de la deuda contraída por la nación con Mendoza, si se optara por usar los recursos con otros fines. El contrato dejó escrito que, de no hacerse Portezuelo, el dinero debía ser utilizado en otras obras similares vinculadas con la generación hidroeléctrica; otros diques con generación (el Baqueano, por caso) o usinas pequeñas dispuestas en los canales de riego o en los mismos ríos.

El gobierno mendocino ha comenzado a pensar en esa modificación al contrato, pero de ninguna manera lo llevaría adelante con Fernández, está claro. Cambia Mendoza imagina que un candidato suyo se impondrá en las generales a la gobernación para suceder a Suarez, y sueña con que ocurra lo mismo con el recambio presidencial previsto para octubre. Con ese nuevo presidente se irá a buscar la modificación.

Las reacciones del oficialismo en Mendoza contra la decisión de presidente le sirvieron para seguir marcando una diferencia capital entre uno y otro y para machacar con la discriminación a la que sometió el gobierno de Fernández a Mendoza, desde la pandemia en adelante. Fue un laudo que dejó en muy mala situación al peronismo mendocino, el que, de todas formas, ya no oculta el malestar con un jefe de Estado que es maldito por propios y extraños. En particular el kirchnerismo, con Anabel Fernández Sagasti, quien utilizó su red social de Twitter para pegarle todos: al gobierno de Suarez, por cierto, pero también al de Fernández al que le apunta haber tenido falta de voluntad para entender el conflicto y contra el gobierno peronista de La Pampa al que acusa directamente de mala fe.

Los intendentes, todos, han visto una oportunidad de recibir parte de esa bolsa de recursos una vez caído Portezuelo. Porque comienza a crecer una necesidad insoslayable, la de la conformación de una mesa representativa que permita discutir el destino de los fondos.

Y Malargüe, como caso especial. Mucho se habla respecto del nuevo gobierno, el que surja hacia fines desde este 2023 que se está estrenando. Ese gobierno deberá contar con una agenda totalmente diferente a todo lo conocido, con todos los mitos puestos sobre la mesa, todos. Y es allí donde Malargüe tendrá que pesar. Argumentos sobran para avanzar en todo lo que no se hizo o no se exploró hasta ahora, empezando por la miseria, la pobreza y la ausencia de un horizonte optimista. Es probable que sea la misma gente la que presione por otra agenda y obligue a dejar la zona de confort.