Promediaba 1985 en Mendoza. El fervor popular por la recuperación de la democracia en el país y la discusión política sobre el futuro de la sociedad se habían instalado fuertemente en la mayoría de los ámbitos públicos. Celso Jaque, quien había dejado Malargüe para estudiar Ciencias Económicas en la UNCuyo, alumbraba casi en la intimidad su primer gran proyecto político: iría por el control del Centro de Estudiantes de la facultad para disputárselo, nada más y nada menos, que a la poderosa Franja Morada alfonsinista y a la derecha universitaria representada en la Upau.

    Jaque compartía departamento en Mendoza con dos estudiantes sanjuaninos, con quienes elaboró una amistad que continúa hasta ahora sin fisuras. A ellos les confió la idea, algo alocada al decir de un componente del trío, y fundaron CEUL, el Centro de Estudiantes Universitarios Libres. Fue el primer éxito del malargüino, inesperado y sorpresivo. Uno de los dos sanjuaninos que se embarcaron en aquella aventura exitosa es Juan Antonio Agulles, oriundo de Caucete, y será a partir del 10 de diciembre el intendente de Malargüe.

    El otro sanjuanino, Raúl Leiva, es actualmente su sombra, uno de los hombres de mayor confianza del gobernador electo y seguro integrante del gabinete que tendrá Jaque a partir del 10 diciembre en la conducción provincial. Ese es Jaque, dicen a su alrededor, un político capaz de emprender luchas que aparecen como imposibles de conducir a una victoria, como aquella en épocas de estudiantes o la más sorprendente de todas y que acaba de coronar: acceder a la gobernación mendocina derrotando a lo que se creía una maquinaria electoral invencible, la Concertación de Julio Cobos, César Biffi, Alfredo Cornejo junto a peronistas como Enrique Thomas, Guillermo Amstutz, Jorge Pardal y Omar Félix, entre los más notables.

    Pero el fenómeno Jaque, además de las particularidades propias de quien ha logrado arrebatarle el control de la provincia al radicalismo luego de ocho años, hay que entenderlo también desde el fenomenal esquema de construcción de poder que ideó el presidente Néstor Kirchner. Todos quienes integran, más cerca o más lejos, el entorno presidencial tienen una tarea asignada. Por arriba o por abajo deben llevarle al jefe del peronismo nacional los frutos de la cosecha, que se presume exitosa. Y así fue.

    En el caso mendocino, a dirigentes como el jefe de Gabinete, Alberto Fernández, o el secretario de Legal y Técnica de la Presidencia, Carlos Zannini, fundador de Compromiso K, les tocó en suerte armar en favor de Cobos y los peronistas concertadores. A Juan Carlos El Chueco Mazzón, por caso, operador top de Kirchner, integrante de la Unidad Presidente, se le asignó construir desde el peronismo ortodoxo y tradicional, que venía maltrecho en Mendoza luego de la derrota del 99 a manos del radical Roberto Iglesias.

    Las dos variantes kirchneristas tenían como objetivo satisfacer distintos paladares: el neoperonista concertador y el clásico. Esa suerte de juego interno entre los funcionarios y operadores de la Rosada se extendió en prácticamente todo el país. Y así han surgido nuevos nombres, que protagonizarán la política de la era Cristina en Argentina: Jaque en Mendoza, Jorge Milton Capitanich en Chaco, quien logró la gobernación para el peronismo sin un apoyo explícito del presidente, ante el costo de una eventual derrota en manos de la UCR del histórico Ángel Rozas, o el caso de Juan Manuel Urtubey, el diputado salteño que le ganó su provincia a Walter Wayar, el candidato del otrora menemista Juan Carlos Romero, gobernador saliente de la provincia.

    Jaque, con la victoria del domingo, viene a unirse a ese lote de dirigentes de entre 40 y 50 años que está accediendo al poder en esta etapa del universo kirchnerista. Esa estrategia de Kirchner no siempre es entendida hacia abajo, en los distritos, y mucho menos por quienes han sufrido los embates de las operaciones. Por eso, el miércoles, cuando los peronistas mendocinos festejaban el impactante triunfo electoral con un asado en las afueras de San Martín, los discursos, encendidos, productos del desahogo, apuntaban a los que no creyeron en el proyecto de Jaque.

    Con nombres o sin nombres,muchos fueron los que se acordaron maliciosamente de los Amstutz, de los Pardal, de los Félix, de los Gabrielli y de los Thomas y también de los Alberto Fernández y de los Zannini, los dos a quienes Kirchner les había encomendado militar y operar la Concertación con Cobos. Mazzón, el operador top, se deleitaba en el almuerzo: luego de tantas derrotas, volvería a la Rosada con un trofeo para mostrar.

EL ACCESO.Así como en los 80 se ponía al frente de un proyecto de poder para controlar políticamente un centro de estudiantes universitario, casi en soledad, dos años atrás lanzó su candidatura a gobernador por el peronismo tradicional. A poco de andar se le sumó El Chueco, con el plafón presidencial y todo el bagaje logístico de los azules en la interna peronista, un sector que hoy toca el cielo con las manos, pero que había caído hacia lo más profundo del desprestigio político luego de la estela maloliente que había dejado el ex ministro menemista José Luis Manzano.

    Jaque puso en marcha su plan en el 2005. En Nueva York, a donde viajó formando parte de una comitiva de parlamentarios argentinos, se entrevistó con el embajador José Octavio Bordón. “Pilo, quiero presentarme como candidato a gobernador de la provincia”, le confió. “¿Te puedo ayudar en algo?”, preguntó Bordón. “Sí, en que no intervengas”, le pidió el malargüino.

    Lo mismo hizo con Arturo Lafalla tiempo después y con Rodolfo Gabrielli más tarde. De los dos primeros, Jaque obtuvo una respuesta positiva y un compromiso en ese sentido: los ex gobernadores no intervendrían ni le pondrían palos en la rueda al proyecto. El ex gobernador restante, en cambio, militó en contra del proyecto y se concentró en el acuerdo con los radicales, encumbrando a su delfín, Enrique Thomas, como vice de César Biffi. El miércoles, a los postres del asado y los vinos, Jaque recordó la anécdota y todo el peronismo presente la festejó.

    De nada había servido una llamada de Gabrielli al celular de Jaque el día después del triunfo electoral. El Rolo, luego de felicitarlo por el batacazo, se puso a disposición del electo para lo que necesitase. El malargüino agradeció la mano y le recordó que ambos habían militado quizás por lo mismo, con la diferencia de que él (Jaque) lo había hecho siempre desde el mismo espacio y lugar. Una sutileza que Gabrielli advirtió, sabedor que son las reglas de juego que hoy imperan dentro del peronismo de la era Kirchner, tan pragmático y heterogéneo, como lo fue durante el menemato, como lo fue siempre, en realidad.

    A la distancia, El Chueco sonríe. Vive hoy su momento político quizás más placentero y calmo. A los 63 años está pensando en retirarse del armado de roscas y otras yerbas definitivamente de Mendoza. Jaque es el jefe, el conductor, repite desde el miércoles y a quien le pregunte, sostiene que el presidente Kirchner nunca ordenó bajar a Jaque de la candidatura. ¿Y Fernández y Zannini y Cobos? Bueno –dice riéndose casi a carcajadas–, siempre hay picardías políticas…