Alberto Fernández ha convertido la institución presidencial en una caricatura. Sus gritos, sus modos, sus dedos índices levantados de forma intimidante, su pérdida del control, sus constantes chapucerías, sus embustes y el desprecio por los hechos para transformarlos y modificarlos, y con eso elaborar un relato ajeno a la realidad, ha permitido ese deterioro sobre la institución presidencial. Ni siquiera Fernando de la Rúa consiguió tanto peso en contra para la imagen del Poder Ejecutivo, en una época monstruosa y vergonzosa, hay que admitir, para la mayoría de los medios de comunicación que se aprovecharon cruelmente de la decrepitud y decadencia de aquel presidente para aumentar sus audiencias montados en el deterioro de la primera autoridad nacional y en el de todo un país, algo que se probaría con creces más tarde.

Pero no por eso el gobernador Rodolfo Suarez no debiera dejar de recibirlo hoy, en una tierra que se precia del respeto cívico e institucional, y de la razonable convivencia política que subsiste pese al deterioro que esos valores están teniendo en el resto del país. No se trata de una cuestión naif. Porque, precisamente, por aquellas virtudes de las que Mendoza se jacta, el gobernador debería verse obligado a honrarlas y, sin traicionar su falta de hipocresía y en nombre de todos los mendocinos, demostrar que, en política, aun en medio de una polarización extrema que ha impedido cualquier avance en todos los sentidos que se pueda uno imaginar, se puede hacer valer en público como en privado los derechos de la provincia.

Es probable que cuando tomó la decisión de no recibir ni de acompañar al presidente, el gobernador haya tomado las debidas precauciones: esto es, asegurarse vía sondeos, asesores y opiniones varias, que el hecho de darle la espalda en una visita oficial que hace a Mendoza, ningunearlo y vaciarle de todo ese contenido virtuoso –y fuertemente simbólico de lo que conlleva eso de la institucionalidad– no le haría pagar ningún costo político, sino todo lo contrario. Que como Mendoza es hostil al kirchnerismo y a ese presidente desdibujado que llegó a la primera magistratura por obra y decisión de Cristina Fernández de Kirchner, que dicho sea no tan de paso que de todo el universo que conforma la clase política, la vicepresidenta es por lejos la más rechazada de todos los actores, Suarez no sólo sería comprendido por los mendocinos, sino que hasta se podría llegar a festejar la ocurrencia.

Pero, así como los medios no siempre deben darles a sus audiencias lo que ellas piden y demandan, porque podría conducirlos a graves errores y perjuicios, se supone que en el gobierno no siempre se pueden tomar las medidas y decisiones que las encuestas están reclamando o exigiendo. Más de una vez se tiene que ir en una dirección que la mayoría no acepta, que no puede ver y menos sus beneficios al final del ciclo. Y está claro que tampoco con el gesto del gobernador en contra de un presidente mal querido se pone en juego el futuro de la provincia. En absoluto, pero sí la clase en el modo, porque Mendoza se ha percibido siempre algo distinta a la epidemia de tilinguería, además de una colección de miserias, que se apoderó del país hace ya un largo tiempo.

El peronismo, por su lado, sufre la presencia del presidente. Desearía que no se acercara por la provincia. Para la campaña que se avecina tendrá que elaborar un discurso lo suficientemente convincente como para hacer un mero recorte de daños de todo el perjuicio que ha provocado la administración K en Mendoza. Desde que no se le permitiera la adquisición de los 100 respiradores con recursos propios en el inicio de la pandemia, pasando por las diferencias que se han hecho con el envío de recursos no automáticos, además del destrato y “olvido” presidencial en no invitar al gobernador de Mendoza en cada misión oficial a Chile, como manda y ordena la tradición y las buenas formas y costumbres y el “no” caprichoso a la construcción de Portezuelo del Viento, una obra que no sólo iba a beneficiar a Mendoza, sino que lo haría con todo el país al incorporar energía adicional al sistema interconectado, todo suma peso a esa cruz que se ganó y que lleva colgada el peronismo mendocino desde hace bastante tiempo.

Tan es así que sólo un puñado de los propios acompañarán al presidente en su aparición fugaz por el Gran Mendoza. Fernández visitará la ampliación de la planta de tratamientos cloacales de Paramillos y el complejo penitenciario de Almafuerte, en donde se ha terminado la construcción del penal federal. Se cree que ni la presidenta partidaria Flor Destéfanis ni la senadora Anabel Fernández Sagasti lo acompañarán. El que sí ha confirmado que estará a su lado es el intendente de Lavalle, Roberto Righi. Pero, a la vez, Righi ha dejado trascender entre sus más cercanos y los que no lo son, que no es un “albertista”, pero que sí cree importante aprovechar la presencia del jefe de Estado para comenzar a dar otro mensaje a los mendocinos, desde el peronismo, distinto a todo lo que le ha ofrecido el movimiento a la ciudadanía hasta ahora.

¿De qué habla Righi? De la necesidad de elaborar una propuesta mendocina a la mendocina, sabiendo que no se podrá contar con la ayuda del Gobierno nacional en cuanto a mensajes, hechos y gestos; pero sí por el lado de algún que otro aporte económico, más el posible anuncio y concreción de obras de infraestructura en los territorios municipales que bien le vendrán a lo largo de todo un año de alto impacto político y electoral. Y luego del hallazgo de ese mensaje, de ese proyecto que el peronismo no puede darles a los mendocinos quizás desde la época de aquel “equipo de los mendocinos” de los años 90, ahí definir un candidato que se sabe de antemano no tendrá el caballo del comisario para correr, que irá detrás, pero que, si no se lo empieza a buscar y a probar mirando hacia delante, así como va, sólo negros nubarrones encontrará en su camino.