Hay una trampa conceptual que la izquierda kirchnerista lleva décadas perfeccionando: confundir lo marginal con lo popular, cuando son por definición antónimos. Y el velorio del Indio Solari, celebrado en Avellaneda con escenas que habrían avergonzado a cualquier sociedad medianamente organizada, fue su última gran puesta en escena y la apropiación política del mismo que sobreactuó el kirchnerismo es una muestra acabada de lo distanciados del pueblo que están.
Las imágenes no mienten, aunque el relato lo haga. Gente defecando en las veredas. Charcos de orina en las calles. Cuerpos drogados tirados en cualquier esquina. Robos, peleas, ambulancias desbordadas. No es una postal de “el pueblo”. Es la radiografía de un sector que el kirchnerismo convirtió en su capital electoral: aquel que vive al margen de las normas y de cualquier responsabilidad individual.
Porque lo popular —el auténtico pueblo argentino— es otra cosa. Es el almacenero del barrio que abre a las siete de la mañana. Es la maestra que cruza la ciudad en dos colectivos para llegar al aula. Es el jubilado que cobra lo que le queda después de décadas de trabajo. Es el pibe o la piba que pasa horas estudiando porque quiere recibirse y progresar. Es la familia que se reúne el domingo a comer un asado o la pasta de la nonna. Esa gente no estaba en Avellaneda. Esa gente trabajaba o estaba preparando su almuerzo dominguero esperando la llegada de los hermanos, hijos o padres.
El kirchnerismo siempre supo que ese sector —el marginal, no el popular— era más fácil de capturar. No requiere propuestas serias. No exige resultados. Solo necesita un mito, un enemigo y un subsidio. El Indio Solari era parte de ese panteón: el rockero que nunca se vendió, el rebelde que habla por los que no tienen voz. Un ícono perfecto para una política que medra en el lumpenaje.
Es que hay una diferencia fundamental entre acompañar al pueblo en su diversidad y romantizar la degradación. Uno puede admirar al Indio músico sin pretender que sus seguidores más extremos representan a la Argentina profunda, en estos días vi a varios que tienen todos los discos asqueados con lo que se veía en Avellaneda. Uno puede reconocer el dolor social también sin convertir la marginalidad en bandera.
Lo que ocurrió en Avellaneda no fue una expresión cultural masiva. Fue la foto más honesta del kirchnerismo en años: una fotografía de lo que queda cuando el Estado se dedica a financiar clientelas en lugar de educar ciudadanos.
El pueblo argentino no defeca en las veredas. El pueblo argentino paga impuestos, cría hijos, madruga y se cansa. Y cada vez más, mira esas imágenes con una mezcla de vergüenza y hartazgo que ningún relato populista puede ya disimular.
Este viraje del peronismo que pasó de ser un movimiento popular sin parangón a una secta marginal de la mano del kirchnerismo es lo que explica que hayan perdido seis de las últimas siete elecciones en la Argentina y parecieran querer seguir perdiendo. Yo personalmente se los agradezco.
