Tadeo García Zalazar, el ministro de Educación de la provincia, al admitir ayer en Opinión por LVDiez sus deseos de competir por la gobernación en el 2027, afirmó sin rodeos estar “trabajando para hacer una opción viable” porque cree que “a este buen gobierno debe sucederlo otro buen gobierno” y que trabajará “fuertemente” para ello. Con Zalazar ya son tres del espacio oficialista detrás de ese objetivo. Se trata de un trencito compuesto, además, por el diputado nacional Luis Petri y el intendente de la Capital, Ulpiano Suarez. Como siempre ha sucedido en los procesos de recambio institucional, lo que se les viene a los tres como desafío no es para nada simple.
A la ausencia de crecimiento económico que ha resultado en un desarrollo escuálido, insuficiente y carente de la calidad y características especiales que hoy impone el mundo se le adiciona el factor Milei en la nación, con ese giro absoluto de las cosas compuesto básicamente por desregulaciones y las reformas de fondo que han acelerado un cambio estructural que impacta de lleno en las provincias. En Mendoza, el desafío ya no es administrar lo existente, ni tampoco pareciera que alcance con ser tan bueno –al decir de Zalazar– como lo que hoy existe, sino redefinir el perfil productivo.
Para el 2027, quien aspire a gobernar deberá ofrecer algo más que continuidad. Y como tantos en la sociedad en donde conviven personas comunes y empresas de todo tipo de calibre, la provincia se verá obligada y forzada a la nueva máxima que comienza a reinar: reconversión o muerte.
Lo que se tiene sobre la mesa no es una reforma sectorial afectando a unos pocos. Esta vez todo indica que será universal, imponiendo un cambio de lógica en la forma y los métodos para ver el nuevo escenario y la necesidad de subsistencia. Quiénes, tanto personas como empresas y sectores podrán sostenerse sin red. Ni hablar de aquella que benefició a muchos sectores industriales que según Javier Milei ahora correrán en desventaja frente a una nueva Argentina en donde los servicios dominarán la escena.
Y ahí Mendoza entra en zona de definición. Durante años la provincia sostuvo una matriz mixta: agroindustria, vitivinicultura, algo de industria protegida, comercio interno dinámico y Estado presente. Ese equilibrio, con tensiones, funcionó. Pero el nuevo contexto obliga a elegir. Por lo que dejan mostrar y por los modelos a los que adhieren, Zalazar y Suarez mantendrían el Estado todo lo fuerte que las circunstancias obliguen. Petri, el radical que dejó el partido para abrazar y defender la gesta del libertario en la nación, trasluce lo contrario.
Aunque los tres y los que la oposición peronista ponga a jugar en el 2027 se enfrentará a la reconversión que no será una opción académica, ni mucho menos teórica, sino como está dicho amenaza con ser una condición de supervivencia.
Mendoza nunca fue plenamente industrial ni puramente extractiva. Tampoco logró consolidarse como polo tecnológico. Esa “zona intermedia” le pudo haber permitido amortiguar ciertas crisis, pero hoy puede convertirse en debilidad.
Si se descuenta que el país se encamina hacia una economía más abierta, con foco en servicios exportables, energía y minería, la provincia debe definir su lugar en esa cadena. La pregunta a responder es que será: ¿proveedor de servicios para el complejo energético? ¿Apostará decididamente a la minería metalífera? ¿O intentará profundizar un modelo agroindustrial con mayor valor agregado? O todo eso junto.
La apertura y la desregulación pueden impactar claramente en la industria vitivinícola, en el comercio afectado por la caída del consumo como ocurre en general y en las pymes que han tenido una alta carga laboral histórica y tradicional.
Quien gobierne Mendoza desde 2027 deberá administrar un escenario distinto al que han tenido sus antecesores, incluso Alfredo Cornejo, un entusiasta precursor de las reformas y las desregulaciones impulsadas por la gestión libertaria, aunque manteniendo una fuerte presencia del Estado en todo este juego.
Más allá de estilos y trayectorias, la incógnita no sólo será quién gestiona mejor. Será también quién tenga y pueda defender, sostener y ejecutar un proyecto productivo claro. El gobernador del 2027 tendrá que conducir una transformación que no defenderá indefiniciones que pudiesen surgir como por ejemplo demorando la minería y tampoco liderando servicios; no industrializando el agro, pero tampoco liberarlo; no integrarse, supongamos, al nuevo mapa energético, pero tampoco diferenciarse para alcanzar un plus. Lo que viene no parece caminar por la tibieza que en algún tramo de los últimos tiempos se apoderó de Mendoza.
La discusión de 2027 no será sólo electoral. Será estratégica. ¿Mendoza se adaptará? ¿Se colocará en la defensiva para sostener algo de lo que la nación ya alteró, como costumbres o viejas tradiciones que han sido una marca del agro y de la vitivinicultura, por caso? ¿O quizás decida protagonizar y liderar lo que por ahora es una promesa de un país distinto y mejor al actual?
Es más probable que el próximo gobernador no administre estabilidad, sino una transición. Y en esa transición se juega algo más que crecimiento: se juega la capacidad de la provincia de no quedar a un costado del nuevo modelo argentino.
