Cómo tomar distancia de los efectos negativos que provoca en Mendoza la figura del presidente de la Nación, Alberto Fernández, sin que se note, o sin que se note mucho. Es uno de los grandes y, ahora, más importantes dilemas que se ha enquistado en la cúpula de la dirigencia del peronismo mendocino, el que lidera la senadora nacional kirchnerista Anabel Fernández Sagasti.

La cercanía de las elecciones está obligando a los dirigentes a identificar los mejores caminos a tomar en la campaña para alcanzar el mayor rendimiento. Se trata de una máxima general para todos y más que obvia: por ejemplo, el oficialismo está en la búsqueda del elemento fuerza que, puesto en valor y en condiciones de ser estimado por los votantes, confirme las razones y las causas por las que se lo viene prefiriendo desde el 2013 en adelante. Y el peronismo, envuelto en los efectos de esa renovación general en la que ingresó cuando fue conquistado por La Cámpora y quedó sujeto a su control, con el necesario y obligado desafío de volver a encantar, a convencer y a generar confianza.

En la principal fuerza opositora comienza a trascender y hacerse visible una sorda disputa interna entre el kirchnerismo que conduce y la vieja guardia del movimiento: el peronismo tradicional o republicano, como se lo suele mencionar con sorna, más por efecto diferenciador del camporismo que por otra cosa.

Los históricos, refugiados en las intendencias de San Rafael, algunos en Tunuyán, otros en Lavalle y otros tantos en la Legislatura, han comenzado a analizar si no les convendría, a sus propios intereses, dejar de disputar puestos y cargos electivos para los comicios que se avecinan y guardar energías para una eventual pelea por la Gobernación en el 2023, esperando, quizás, tiempos más amables y vientos a favor de los que tiene que enfrentar ahora.

Las invitaciones o insinuaciones que el kirchnerismo ha hecho y está haciendo a esos líderes que representan a los sectores que fueron derrotados en la última gran interna opositora para protagonizar y liderar la lista de candidatos a diputados nacionales, por caso, no estarían encontrando una respuesta del todo positiva y entusiasmada. Presagian una nueva derrota y, como tal, entienden que, por más cambios de estrategias que se decidan para alumbrar una campaña que los acerque efectivamente a los votantes –con una propuesta más del gusto del paladar mendocino que lo que hoy está ofreciendo–, de igual forma les generaría un desgaste muy difícil de enmendar para las generales por la Gobernación, la última meta, última fecha y última carta para jugar de muchos en el PJ tradicional.

¿Es pesimismo por demás o realismo duro y concreto lo que está movilizando o inclinando a los adversarios internos del kirchnerismo, en el peronismo, como para evitar hacer olas en el armado electoral? Es probable que sea algo de las dos cosas. Son los que tienen encuestas distintas de las que maneja la conducción de Fernández Sagasti. Para ellos, la diferencia con los candidatos del oficialismo de Rodolfo Suarez, no importa quiénes puedan ser, es mucho más amplia que aquella que asegura que hoy no existen más de 15 puntos de diferencia y que hoy defiende la cúpula. El kirchnerismo y también ciertos operadores y analistas del oficialismo están convencidos de que, cuando llegue el momento de la elección la mayor, parte de los indefinidos o indecisos, que actualmente calculan cerca del 30 por ciento, se repartirá de igual manera entre las dos fuerzas más importantes, polarizando la elección. Pero, no todos piensan lo mismo, particularmente en el peronismo que se diferencia de Fernández Sagasti, como está dicho.

Y, así y todo, hay un elemento que juega en contra de las aspiraciones del peronismo en el que coinciden tanto los kirchneristas y camporistas puros como los peronistas más conservadores o tradicionales: se trata de la figura del presidente Alberto Fernández, cuya imagen no deja de caer en Mendoza. Tanto es así que quienes más cerca están de la senadora nacional y firme candidata a la reelección ya le han sugerido que busque la manera de tomar distancia del jefe del Estado, para evitar un desempeño peor del que imaginan y al que se podrían enfrentar en noviembre. Le han dicho que es necesario desprenderse de ese lastre, demasiado incómodo y pesado para todo lo que queda todavía.

El tema es controversial porque romper las líneas que lo unen al presidente trae sus consecuencias. Por la simple razón de que el peronismo necesita sí o sí del aporte nacional para la campaña, desde recursos concretos hasta anuncios de obras y una fuerte presencia de la Nación, al menos en los distritos en los que más lo requieren.

Hay otra razón por la que una decisión política de esa característica podría traerle aparejado un inconveniente mayor, más que una jugada que esperan a favor: se trata de una inevitable kirchnerización aún más marcada que la que ya tiene el movimiento en Mendoza, con lo que eso provocaría. El mismo peronismo hoy está decodificando que tiene que hacer un giro en la campaña y en la propuesta para seducir a quien no está conforme con el oficialismo provincial, pero que tampoco quiere al kirchnerismo más puro representando sus intereses y demandas por la simple razón de que no le da ni confianza ni certezas ni garantías. Un intríngulis muy difícil de resolver para quienes esperan una recuperación en estas elecciones de medio término y que les funcione como un trampolín para intentar la vuelta al poder hacia el fin del mandato de Suarez.