En un momento no precisado del siglo XVI, en Sevilla, en plena época de la Inquisición, un cardenal nonagenario había organizado lo que se consideraba un profundo acto de fe: la quema de varias decenas de hombres pecadores que habían osado ofender a Dios. Para semejante acontecimiento, el religioso había convocado a una muchedumbre, entusiasta y eufórica alrededor del espectáculo. En eso estaban en la plaza mayor, cuando de pronto, por uno de los costados del gran solar apareció el mismísimo Jesús, con sus atuendos humildes, característicos, montado sobre un burro. Al ser reconocido por los parroquianos, Jesús comienza a dialogar con ellos hasta que, de pronto, se revela en milagros, causando la admiración de los hombres y mujeres reunidos a su alrededor. Tanto es así, que le devuelve la vista a un ciego y hasta hace resucitar al hijo de una pobre mujer que había muerto horas antes y cuyo cuerpo le acercaron para ver qué podía hacer semejante aparición.
El cardenal, conocido en este relato como el Gran Inquisidor, observaba lo que acontecía en el otro extremo de la plaza sin perderse detalle, con gesto adusto, escudriñador, hasta que ordenó a sus guardias detener al agitador. La muchedumbre, confundida ya por la presencia del mismísimo Dios, allí, entre ella, no ganaba para sustos al presenciar que a ese hombrecito montado sobre un burro se lo llevaban detenido por orden de la máxima autoridad del momento. Al caer la noche, el Gran Inquisidor, el cardenal nonagenario, fue a visitar al detenido en un oscuro calabozo de las dependencias eclesiásticas y es allí en donde el genial Fiódor Dostoievski, autor de esta historia ficticia que describimos, inmortalizada en la novela Los hermanos Karamázov, se imagina un diálogo de altísimo vuelo entre el Gran Inquisidor y Dios, en el cual, el primero, el cardenal nonagenario, le hace decenas de reproches al segundo, Dios, por haber regresado a la Tierra sin aviso previo y, por sobre todo, de manera irresponsable casi, a generar, por poco, subversión en una sociedad que vivía momentos de profundas tribulaciones y que desde la muerte del hijo de Dios –a quien tenía en ese momento enfrente, casi mil quinientos años atrás– debió vivir entre las órdenes de la fe cristiana, de muy difícil seguimiento y que demandaban una profunda convicción, y las propias tentaciones terrestres, mundanas, ordinarias, pero que le proporcionaban a la gente –que finalmente se sometía a ese estilo de vida licencioso– la sensación de libertad y alivio frente al mundo, de variadas negaciones y profundos sacrificios que la fe en Dios manda y que sólo u n o s pocos iluminados, los considerados santos, podían y pueden llegar a cumplir y transitar, con la esperanza de la gloria, la vida eterna luego de la muerte y en gracia divina.
La historia culmina, finalmente, con la expulsión de Dios del pueblo sevillano, ordenada por el cardenal, el Gran Inquisidor, luego de que este le inquiriera: “A qué has venido, ¿a estorbar?”. Al otro día, todo siguió igual en el pueblo sevillano, sometido a los designios de un cardenal que no tenía miedo en conducirlo y en hacer cumplir sus órdenes, su mandato y, por sobre todo, su poder ante ellos. Nadie habló más de Dios, que había decidido aparecer un día entre ellos sin previo aviso, y todos siguieron viviendo al amparo del viejo cardenal, el Gran Inquisidor.
El texto surgido de la imaginación sublime de Dostoievski viene al dedillo para analizar la política actual del país –y también con su proyección en Mendoza– y me lo recordó precisamente un político local con intenciones de darle lucha al poder de Fayad en Capital. Tomando la escena de Dostoievski, el Gran Inquisidor se pudo imponer ante el mismísimo Dios y frente al pueblo, convencido de su poder de persuasión y de dominio de las masas a las que vino, de alguna manera, atendiendo y, por sobre todas las cosas, conduciendo y satisfaciendo las necesidades de libertad y de seguridad, tanto que, ni siquiera cuando apareció el Mesías, la gente, sus conducidos, sus gobernados, lo abandonaron.
En clave política, el texto del escritor ruso deja unas cuantas lecturas. En primer lugar, puede explicar lo cuesta arriba que se les hace hoy a los sectores opositores transformarse en una alternativa cierta y convincente, a la luz de lo que algunos de sus exponentes –sobre todo aquellos que tuvieron la oportunidad– hicieron cuando les tocó gobernar. El gobierno de Cristina Fernández y, por traslación, quizás, en algo, el de Pérez, se ha caracterizado por la toma de decisiones, por hacer creer que es posible mejorar una determinada situación del país, como la que atravesó Argentina en la crisis del 2001 y del 2002. Ese estilo que impuso el kirchnerismo en sus comienzos y que tanta oposición causa en buena parte de la sociedad –hay que decirlo también– es lo que le ha permitido mantener el poder, recuperando la autoridad presidencial como tantas veces se dijo y decidiendo siempre, manejando a gusto y placer la agenda de temas políticos y conduciendo, mal o bien, según las épocas y el acierto de las decisiones, pero avanzando.
El Gran Inquisidor de Dostoievski bien puede ser el kirchnerismo con Kirchner hasta el 2007 y con Cristina Fernández hasta la actualidad. La oposición se aparece de tanto en tanto y hace esfuerzos por hacerse escuchar, pero sucumbe al no encontrar la clave para entrarles a las fibras más íntimas de una sociedad que, si bien está molesta y también indignada en buena medida, advierte que la oposición le muestra un país en parte ficticio, porque no aparece nadie, entre sus exponentes, que la convenza de que puede probar en los hechos lo que pregona.
Mientras De Narváez publica solicitadas, dividiendo el país entre el de Cristina y el del resto de la gente que, supuestamente él vendría a representar, y no dice ni cómo se hace para hacer ese país de ensueños ni cuál es el camino para llegar, será muy difícil que su discurso prenda en los millones de argentinos todavía no fanatizados, los millones que se permiten pensar y ver un poco más allá. Mientras el socialista Binner utilice su cuenta de Twitter para quejarse de que la última Toyota que se publicita en 105 mil pesos no está en el mercado y con eso quiera demostrar que hay desabastecimiento y mucha mentira del Gobierno, tendrá muy pocas chances de que se lo tome en serio. Por lo que resulta más que necesario que el discurso político ajuste la puntería, más que nada el que representa la mirada opositora. Por el lado del Gobierno, más o menos ya se sabe lo que hará: para qué cambiar lo hecho y por qué no seguir profundizando ese modelo que indigna a muchos pero que le garantiza la base de sustentación. Mientras la oposición no logre perforar el discurso maquiavélico, oportunista, pero muy efectista del Gran Inquisidor, difícil le resultará la empresa.
