El cambio de época en el que, parece, ha comenzado a conducirse una inmensa mayoría ciudadana, que le ha dicho ya no más al dispendio estatal que retroalimenta la chatura y multiplica los vicios de un sistema y modelo económico acabado, es tan fuerte que está obligando a la estructura del statu quo y del siga, siga; a buena parte de los burócratas sindicales y de las corporaciones empresarias, también –aliadas a la ineficiencia del Estado y a un ejército de militantes belicosos y ruidosos, además de cobardes– a moverse, a dejar las poltronas y a intentar evitar lo inevitable.
Más de 60 por ciento de argentinos ha decidido barajar y dar de nuevo. Ese pedido de cambio, claramente, está enfrentado con un modelo que, indudablemente, resultó perdedor en las últimas PASO, por detrás de las dos expresiones que, efectivamente, encauzan y representan el golpe en la mesa y el giro en el rumbo de las cosas.
Lo que en breve elegirá esa mayoría de argentinos, 6 sobre 10, es cuál de los modelos es el más pertinente, o cree que lo es, para la Argentina que viene. Una que, a cuarenta años del retorno a democracia, ha ratificado el sistema y lo ha sostenido. De lo contrario, las dolorosas, tristísimas y sangrientas imágenes del 2001 y 2002 habrían sido superadas y suplantadas por otras peores. ¿O acaso no hay motivos para un “que se vayan todos”?
Se dirá que la situación no ha estallado por la enorme asistencia del Estado, bajo la forma de subsidios, bonos, regalos y planes platita de por medio, una tremenda asistencia que no ha hecho más que dilatar la agonía de millones de argentinos, entre ellos, buena parte de aquel 60 por ciento que, con decisión y coraje, mucha más de la que ha demostrado tener la dirigencia del establishment y del modelo de fracaso para variar el destino del país hacia horizontes más prometedores.
La salida al ruedo de los burócratas y de quienes cargan con todo el pasado por delante –y que son los que han venido conduciendo al país por años a su vez–, tiene a su vez a los bravucones defensores del sistema en la primera línea: un ejército de vagos dispuestos a escrachar y entrenado para ello. Sin argumentos válidos, se los ve deambular en diferentes circunstancias: junto a funcionarios y candidatos que ordenan parar las obras públicas que ellos mismos administran, firman y ordenan, sembrando el terror y el miedo por el cambio inminente. ¿Dónde se habrá visto semejante decadencia? Otros acompañan en los actos preparados para festejar la exención del pago de Ganancias para los sueldos más altos de la pirámide, mientras se cocina a fuego lento el nuevo dato de la pobreza, que será escalofriante. Y otros pululan por las calles, probablemente beneficiados con el goce de licencias gremiales, buscando escrachar periodistas, dirigentes antipopulistas y voces en contra que ponen en riesgo el jubileo del que se benefician, mientras millones los sostienen.
Si se hace un repaso muy rápido sobre los golpes que comenzaron a recibir los sectores medios en la Argentina –que provocaron su decadencia integral hasta nuestro tiempo– quizás hay que remontarse al famoso Rodrigazo del ’75. De ahí en más, la economía de los argentinos nunca se recuperó. Y a la vez, el declive fue alcanzando a la cultura nacional y a esa característica de un pueblo culto y formado que lo hizo famoso en la región y en el mundo entero.
La dictadura, la mala praxis y mala fortuna de Alfonsín, la híper, el menemato, la segunda híper, el desastre de la Alianza, la degradación generalizada del 2001 y 2002, las oportunidades perdidas en el gobierno de los Kirchner, la corrupción e ineficiencia y la crisis de la deuda de Macri, sumados a los últimos cuatro años explican la hecatombe que deviene hoy, todo así lo indica, en ese clima de época que determina el cambio.
Pero, como todos los cambios, son dolorosos, quién lo duda. Lo que las minorías ruidosas y escrachadoras no alcanzan a comprender primero es el temor a la pérdida de los privilegios que les banca el resto; lo segundo es que quien se decide por el cambio parece estar dispuesto a todo, al menos, una parte, la que, al girar hacia atrás la vista,
sólo recibe imágenes de tierra arrasada y que dice: “Que la bomba nos alcance a todos”. Pero otra parte pide cambiar, de una buena vez, pero con otro modelo en danza. Es todo lo que se ha puesto en juego, nada más y nada menos.
