En nuestra edición de hoy publicamos la historia tristísima de una joven mendocina que denunció que su abuelastro las violaba a ella y a su hermana de 10 años. La presentación judicial que hizo la joven sirvió para descubrir también que la pareja del depravado se dedicaba a hacer abortos clandestinos en su casa, con elementos en pésimas condiciones de higiene. Esta situación es la que faltaba para sostener que el debate sobre despenalizar el aborto en Argentina debe realizarse. Por año, miles de mujeres mueren por abortos realizados en lugares como el que se describe.
Por más que el aberrante hecho de abortar está penalizado, esta práctica se sigue haciendo y las mujeres continúan muriendo. Como decía el médico obstetra Mario Sebastiani en un programa de TV porteña, los países más desarrollados que han despenalizado el aborto siguen enfrascados en el debate sobre qué hacer ante este flagelo. Pero mientras discuten y llegan a una respuesta sobre cómo prevenirlo, las mujeres no mueren en oscuras y sucias habitaciones. Esa puede ser una posición. Otra puede ser la de fomentar, desde el Estado, políticas públicas y serias de anticoncepción y concientización de los riesgos del aborto.
Y también está el otro extremo, desde donde algunos, con todo derecho, se niegan a cualquier tipo de acción. Todas las posturas son válidas en una discusión civilizada, pero lo que es inaceptable es negar la realidad contundente que nos aparece a cada paso, aunque miremos para otro lado: cientos de abortos clandestinos en lugares de verdadero riesgo para la salud y otros muchísimos realizados en consultorios de primera línea. La cuestión central es, sin dudas, que el debate en serio y el tratamiento del tema no pueden esperar más.
