La alternancia institucional que por suerte y por decisión soberana del pueblo se está dando asiduamente en la Argentina, lo que habla a su vez de la buena salud de la democracia que está cumpliendo 40 años, permite, a la vez, hacer análisis finos, un poco más precisos y atentos, para saber con qué bueyes se está arando, en ese escenario variopinto del diálogo plural en donde convive la derecha y la izquierda, las expresiones de centro y las inclinadas un poco más hacia un lado o hacia otro y, por supuesto los extremos, o manifestaciones que se dicen y se llaman a sí mismas garantes del sistema y que creen contar con el derecho de veto a los miembros del foro, de bajar o levantar el pulgar a sus integrantes, una suerte de sommeliers de la joven democracia argentina.

La llegada de Javier Milei al poder ha desatado toda serie de pasiones en la política nacional, y claro que también de la región, en donde se vive y se percibe casi la misma discusión que surge del enfrentamiento ideológico. Ahora bien, esa revolución que agita el debate se acentúa cuando quien accede al poder tiene su origen en la derecha o centroderecha. La izquierda, por razones harto explicadas, que lo único que han conseguido es profundizar el misterio y el mito a su alrededor, más que aportar razones objetivas que se lo permitirían legítimamente, se ve con ese derecho de veto cuando tiene enfrente a un oponente de la derecha y lo ejerce sin tapujos, de manera obcecada y obscenamente, hay decirlo.

Milei llega con 55 por ciento de apoyo popular en el balotaje. Más de 14 millones de personas lo votaron, o bien porque creyeron en su ideario libertario, o bien porque lo vieron como un vehículo, un medio, para darle un fin a un modelo que ha empobrecido a los individuos sin darles esperanza de mejoras a futuro, o por ambas cosas. Esa victoria por sí misma debiese obligar al respeto, mínimamente, de la voluntad popular, claro está, y de permitir, democráticamente, y como corresponde, que el presidente electo, una vez al frente del poder institucional, despliegue su plan de gobierno. Porque se trata –nada más y nada menos– de aceptar lo que la mayoría ha decidido. Tan simple como eso. Pero, para los extremos, suele ser complejo, como para quienes se arrogan el derecho de hablar y decidir por los demás, de censurar o de aprobar y de otras tantas miserias colaterales que trae aparejado el ejercicio mismo dentro del sistema.

A nivel regional, el presidente venezolano Nicolás Maduro ha sido de los primeros en mostrar la hilacha apenas conocido el resultado electoral. “Ha ganado la extrema derecha neonazi en la Argentina”, comenzó diciendo el lunes en su habitual programa de televisión. Lo que vino después fue mucho más preocupante, aunque nada asombra del venezolano acusado de violar sistemáticamente los derechos de quienes no coinciden con él en su país: “Nosotros no vamos a callar, porque es una tremenda amenaza la llegada de un extremista de derecha con un proyecto colonial, absolutamente colonial, arrodillado al imperialismo norteamericano”.

De Maduro, se sabe, se puede esperar algo así y mucho más. Hacia dentro del país tampoco llama la atención la reacción de ciertas organizaciones y corporaciones molestas por el triunfo del libertario y mucho más por el futuro de su situación, bajo amenaza de que la zona de confort en la que mueven sufra modificaciones. La incertidumbre está en muchos argentinos frente a lo que viene o pueda llegar a venir. Es lógico y pareciera que hasta humano, según los expertos y especialistas del mundo de la psicología, claro está. Pero no es menos cierto que la voluntad de los millones que le han dado el triunfo a Milei lo han hecho, seguramente, en la convicción de que habrá que pasar sobresaltos e incomodidades desconocidas para despojarse de los sobresaltos e incomodidades conocidos, permanentes y de arrastre por tantos años.

Los primeros en reaccionar han sido las estructuras de los medios públicos, por medio de sus dirigentes, que llegaron allí por una decisión política, ocupando cargos que son políticos, desde ya. Seguramente acompañados de trabajadores que tienen derechos adquiridos, pero que, sin embargo, manifiestan abiertamente no estar dispuestos a someterse a un ámbito de competencia, de méritos y capacidades varias, llevarán adelante un plan de resistencia a la intención del nuevo gobierno de convertir a esos medios en privados. Ya el gobierno de Cambiemos, el de Mauricio Macri, entre el 2015 y el 2019, evidenció la oposición violenta en las estructuras públicas por el sólo hecho de ser un presidente ajeno a la ideología de algunos de sus empleados y sindicatos, por supuesto.

Lo que ya es para la cultura democrática argentina parte de un comportamiento común y esperable, esto de las reacciones y rechazos airados, intolerantes, extorsivos, no tendría que ser un motivo como para que no se trabajase entre todos para desterrarlos, o cuanto menos, contenerlos a una mínima expresión. Las toneladas de piedras tiradas a fines del 2017 contra el parlamento todavía están frescas en la memoria de los ciudadanos que no aceptan tal nivel de violencia porque se está en contra de una medida tal o cual.

Todavía son cuestiones que, lamentablemente, han servido como para que Macri, en una entrevista televisa, tuviera expresiones poco felices como ese tono de advertencia frente a una oposición violenta al gobierno de Milei cuando este empiece a rodar. Macri trató a los reaccionarios que enfrentaron a su gestión de “orcos” los que, a su entender, ahora “deberán pensar bien antes de tirar piedras porque los jóvenes van a defender la república”.

Y la organización Madres de Plaza de Mayo no le fue en saga, también. Por medio de un comunicado tuvo expresiones obvias, comunes y que se suelen decir siempre frente a un nuevo gobierno, tales como que “no tiene un cheque en blanco” en sus manos. Pero, curiosamente, fue más allá al sentenciar que “los gobiernos son democráticos cuando mejoran la vida de los pueblos”, pero cuando sirve para hacerle una declaración de guerra, “se convierten en una tiranía”. Visto así, ¿dónde habrá quedado el gobierno de Alberto Fernández para Madres de Plaza de Mayo? O en qué lugar de su calificación y catadura propia descansarán los dos gobiernos de Cristina Fernández de Kirchner, por ejemplo. No sólo curioso y extraño es todo, o casi todo en el país, en el que la doble vara ha sido siempre la dominadora de la escena pública.