El festejo de Javier Milei.

Todo indica que los argentinos se han tomado en serio esto de las reformas estructurales que podrían conducir a un funcionamiento económico propio de un país normal. Tanto es así que lo demuestra el rotundo e inesperado triunfo conseguido este domingo por el gobierno de Javier Milei, en una nación que llegó a las legislativas de medio término en medio de uno de los procesos de ajuste más profundos y dolorosos de su ya tortuosa historia.

El 40 % holgado de votos obtenido, frente al 31 por ciento del peronismo, ha confirmado una vez más que la ciudadanía supo identificar en el kirchnerismo —principal adversario del gobierno libertario— al responsable de la debacle de los últimos años, lo cual no es poco. En una primera síntesis, la interpretación del resultado de las urnas puede entenderse como una extensión de ese crédito cuasi milagroso conseguido por Milei a fines de 2023 para, ahora sí, desbloquear la segunda fase de un plan tan revolucionario como penoso y desgarrador para la mayoría de los argentinos, aunque esperanzador como nunca antes.

A ello se suma un condimento insoslayable: para más de cuatro de cada diez votantes, el perokirchnerismo no solo no ofrece ya un alivio social, ni siquiera en atajos, sino que probablemente, por sus medidas y decisiones, haya llevado al país al fondo del colapso.

Lo ocurrido este domingo, visto desde la pesadumbre que ha venido agobiando a la sociedad, es cuanto menos impresionante, inesperado y extraordinario. Podría compararse, en cierto modo, con el triunfo de medio término que logró Mauricio Macri en 2017, antes de iniciar la pendiente que lo arrastró hasta su derrota de 2019. Pero tampoco las similitudes son del todo válidas: Macri, como se sabe, evitó hundir del todo la daga para terminar con lo malo cortando por lo sano. Milei, en cambio, no solo inició su ajuste con control absoluto del gasto en áreas tradicionalmente intocables —como las sociales, que dieron sustento a los gobiernos populistas—, sino que lo hizo con una ausencia total de sutileza y de orden de prioridades, lo que ha resultado aún mucho más llamativo el apoyo conseguido.

Es probable que los votantes hayan ido a las urnas mirando más hacia el futuro que hacia el pasado. Se trata de una postura naturalmente paradigmática, al igual que la llegada de Milei al poder y sus medidas. Por ahora se deja de lado el método, las formas, la estrategia asumida y ese costado malicioso —el de la corrupción— que podría ponerlo en pie de igualdad con el kirchnerismo, para soltar un poco más las riendas de las transformaciones. Si durante tanto tiempo se apostó por recetas que prometían la gloria pero perpetuaban el pobrismo más brutal, ¿por qué no seguir ahora a un “loco” que propone atravesar las llamas, sin atajos, para alcanzar un nivel todavía no desbloqueado?

Impactante e impresionante, sobre todo para quienes, desde la oposición más cerrada contra Milei, creyeron que alcanzarían el primer peldaño en la reconstrucción de un vínculo con un electorado que gobernaron durante más años que los que lleva la democracia recuperada en 1983, sin resultados positivos.

En Mendoza, el resultado electoral no pudo haber sido mejor para Alfredo Cornejo, su gobierno y aquella —ahora vieja— sensación de mal acuerdo con el presidente para encarar el examen de ambas gestiones. El 53 por ciento de los votos obtenidos por la alianza entre Cambia Mendoza y La Libertad Avanza se convirtió en el más holgado de los triunfos provinciales logrados por el oficialismo nacional. Casi 30 puntos de distancia con la segunda oposición de origen peronista.

Hace varios años que Mendoza viene marcando, en muchos aspectos, caminos a seguir que a nivel nacional suelen aplicarse con cierto delay. Entre ellos, una oposición cerrada al kirchnerismo que lleva más de una década. Los votantes mendocinos parecen tener algo claro: con la muestra de gestión que ofreció Cambia Mendoza en estos diez años no alcanza, porque el ritmo es lento en ciertos frentes donde podría acelerarse —como en las reducciones tributarias—, aunque también reconocen que la alternativa de cambio no puede ser aquello que se dejó atrás en 2015, al menos por ahora.

Argentina —y Mendoza, en proporción aún mayor— han ratificado que lo ocurrido en 2023 no fue un arrebato de enojo contra un estilo de gestión que terminó con más de 200 % de inflación anual. Puede tratarse de algo más profundo: quizás un cambio de paradigma, tan extravagante y a la vez revolucionario en medio del dolor de los ajustes, como pocas veces se haya visto. Un proceso en el que, paradójicamente, se sufre y se lamenta, pero también se deposita una cuota inédita de esperanza.