El 4 de agosto de 1987 Chos Malal festejaba su centenario con una fiesta fenomenal y un acto político histórico encabezado por el presidente Raúl Alfonsín, el que hablaba desde el escenario haciendo gala de su famosa retórica. Pero, a un costado del escenario, desde las filas de militantes del Movimiento Popular Neuquino, los que horas antes del inicio del acto habían chocado con las columnas de militantes radicales por los principales espacios de adelante, un hombre, mientras tocaba el bombo, no dejaba de insultar al presidente ni de gritar que pasaba hambre. Calentón, al escucharlo, lo buscó con la mirada y cuando lo encontró, Alfonsín lo miró a los ojos y le destinó una de las frases más famosas de la historia: “¡A vos no te va tan mal, gordito, ¿no?!”.

El hombre al que le respondió Alfonsín se llamaba Sergio Valenzuela, tenía ocho hijos y en ese momento se encontraba desocupado. Tras los insultos, sería detenido por la custodia del presidente acusado de desacato. Treinta y tres años después, el 26 de agosto del 2020, el nombre de Valenzuela, de 66 años, volvería a ocupar las primeras noticias por fallecer de COVID en el hospital de Zapala en donde se encontraba internado.

La inestabilidad económica, el mal humor social, la presión descarnada e impiadosa de los gremios sindicales que no daban respiro, empujaban a los sectores críticos y opositores a mostrarse cada vez más violentos con una administración acechada, a la que intuían débil y en retirada. Con lo que no resultaba ni raro ni extraño que en algún acontecimiento público al que asistía el presidente cualquiera lo increpara. Algunos meses antes de aquel episodio en Neuquén, el 2 de abril, y al cumplirse cinco años del desembarco argentino en Malvinas, el capellán José Miguel Medina, al que se lo vinculaba con los militares dictadores y defensor del régimen que habían protagonizado entre 1976 y 1983, atacó a aquel presidente desde el púlpito sin escrúpulo alguno. Con Alfonsín en la primera fila de la iglesia Stella Maris, no tuvo empacho en acusar al gobierno de corrupto, de disgregar a la familia y de llevar adelante una política de división de los argentinos. Todavía hoy se recuerda la respuesta del presidente, desde el mismo púlpito, al religioso al que invitó a denunciar de inmediato los hechos que “el presidente desconoce”, diría Alfonsín.

Aquellos años eran duros de verdad. No sólo se lidiaba con la economía, con la inflación, con el dólar indomable, sino también con el sabotaje constante de los gremios opositores que, a su vez, contaban con el apoyo de una dirigencia peronista que no había logrado renovarse; la excepción clara era la de Antonio Cafiero y unos pocos más, los que mantenían una actitud complaciente y de colaboración con la gestión. Años que bien describe la película Argentina 1985, la que acaba de ganar el Globo de Oro en la antesala de los premios Oscar. Años en los que la presión militar por los juicios en su contra y por el pedido de un “Punto final”, darían pie a una serie de seis sublevaciones de los denominados “carapintadas”, aportando más incertidumbre a un clima por demás convulsionado.

En perspectiva y cuando se está a pocos meses de que la democracia argentina cumpla sus primeros cuarenta años, no se puede ser otra cosa que pesimista frente al estado actual de la dirigencia. Poco se ha crecido y muy poco se ha aprendido en cuanto a elegir las mejores herramientas y armas, si se quiere, para resolver los problemas que se acarrean, especialmente, los económicos, porque, por suerte, no existe ninguna amenaza de rompimiento institucional, ni asonada alguna que se precie como las que se padecían en aquellos primeros años en donde la democracia se nos presentaba embrionaria, frágil y acosada por varios fantasmas, desde ya.

Un mal de estos tiempos, para colmo, tiene que ver con esa serie de epidemia de escraches que no sólo el militante, activado y en alerta constante, despliega contra un dirigente opositor, cualquiera sea. Es cierto que desde la clase política el ciudadano no recibe otra cosa que malas noticias y una incapacidad manifiesta para resolverle los problemas más acuciantes. Pero nada los justifica. En menos de una semana el presidente Alberto Fernández ha sido objeto de insultos, improperios varios y reclamos airados en dos oportunidades. También han sido alcanzados por este tipo de ataques cobardes y antidemocráticos Mauricio Macri, Horacio Rodríguez Larreta y Patricia Bullrich, entre los referentes opositores.

Ayer, nomás, el presidente debió interrumpir su línea discursiva en un acto cuando recibió reclamos e insultos de parte de una de las personas que lo escuchaba a lo lejos. “Gracias al compañero que está tan enojado gritando”, dijo Fernández dirigiéndose a un militante que lo increpó a lo lejos, en momentos en que se inauguraban las instalaciones de un hospital en Exaltación de la Cruz, en Buenos Aires. El incidente fue mostrado incluso por la transmisión oficial del acto que se hacía en directo por el canal de la Presidencia.

Así como nada justifica la modalidad de los escraches, del tipo de los que se extienden hacia cualquier parte del país, la grieta, el resentimiento y el rechazo por el otro le impide a la dirigencia calmar las aguas. Lo demuestra la agenda de gobierno, sólo concentrada en ese ataque directo y obsceno contra el Poder Judicial. Con lo que cada incursión oficial se suele transformar en un combustible para el fastidio general, de propios y extraños, hay que decir. Además de alejada y desvinculada de los problemas, la dirigencia suele reaccionar confundida y atontada frente a un reclamo de toma de conciencia cada vez más claro y desesperado por parte de la ciudadanía: no la entiende, no la comprende y la enoja, y, por supuesto, y sólo por piedad y clemencia se dice que, impotente, echa culpas afuera.