Un militante de izquierda posa como si se enfrentara a un pelotón de Prefectura.

Pallywood es la unión de las palabras “Palestina” y “Hollywood”. Surgió luego de la investigación sobre el presunto crimen de un nene palestino en manos de las fuerzas israelíes durante la segunda intifada. Pero el hecho nunca ocurrió. Fue inventado. Una ficción.

Es la noción de cómo se puede construir una realidad a partir de la desinformación. Un relato redactado a partir de hechos falsos que, de manera intencional, son presentados con una narrativa que busca impactar, conmover.

No es casual que los movimientos de izquierda a nivel internacional estén alineados con las organizaciones terroristas islamistas. Se mueven bajo la misma matriz. Impostan la realidad. Le dan una forma caprichosa, acomodaticia a sus intereses.

¿Se acuerdan del supuesto misil israelí que había matado una noche a 500 palestinos en un hospital en la Franja de Gaza? Bueno, después se supo que era un cohete propio de Hamás y que, por error y para ser precisos, cayó en una playa de estacionamiento y generó una decena de víctimas propias.

La idea es impactar. De nada sirven después las publicaciones de “fact check” si total la mentira se diseminó en las redes sociales; en algunos casos, con la complicidad de medios que tienen un mínimo prestigio y que se apuran a publicar para no perder un falso concepto de primicia. Primicias que, por lo general, parten de prejuicios. Por ejemplo, “policía mala, abuso policial, represión”.

¿Pero a alguien le interesa saber la verdad? Como si fuera una escena de Los Simpson, existe la verdad y la verdad. Una permanente doble vara (o doble rasero, como les gusta a los españoles) para ocultar las reales intenciones.

Desde el miércoles, la izquierda -como mano de obra barata del kirchnerismo- busca el caos. Desafía a las instituciones democráticas. “Si no me votan, qué me importa. Yo voy y la pudro en la calle”. Entonces vienen las imágenes distópicas, fuerzas de seguridad por todos lados, palos, gases, balas de goma… Y la victimización.

Las imágenes no hablan por sí solas. Hay que contextualizarlas y describir en qué situación se dieron. Si no, es una postal inerte. Un fraude.

Mostrar como una foto Pulitzer a un militante solitario de izquierda enfrentándose a un pelotón de Prefectura es por lo menos indecente si no se advierte que fue una foto armada. Que ese militante le hizo chistes a los efectivos y que posó para docenas de fotógrafos que se prendieron a la puesta en escena. Lo mismo con los “jubilados combativos” que durmieron cuatro años y en una noche enfrentan a la infantería.

Por eso, antes de marchar, Romina del Pla, Gabriel Solano y Vanina Biassi se ríen a carcajadas. Saben que el sector woke del progresismo argentino saldrá a levantar el índice y a acusar de represión a la primera de cambio.

Basta con armar algo de bardo para que el relato sea perfecto. Se ríen de todos. Viven del Estado hace años. Son gestores de la pobreza. Provocadores seriales.

Lo mismo con las caídas de Eduardo Belliboni. A la primera de cambio termina por el piso. Y así no hay revolución posible.