Hay un problema.

Bueno, uno.

Uno para empezar por algún lado.

Porque, como veremos, tenemos muchos más.

Así como estamos no vamos a ningún lado.

Pero no podemos dejar de ser así.

Algunos están convencidos de que con esta grieta, con este nivel de enfrentamiento no tenemos futuro, no hay salida.

Y es cierto.

Pero no sabemos cómo superarla porque si para hacerlo significa que hay que obviar la justicia, eliminar el castigo a los culpables y el premio a los honestos, es bastante evidente que no es la solución.

No podemos vivir con la grieta.

No podemos vivir sin la grieta.

Necesitamos un pacto, dicen.

Y aventuran, los más clishés, “de la Moncloa” que siempre quedaba bien pero ya está tan gastado que no da ni para chiste.

Un pacto que incluya al oficialismo, a la oposición, a la UIA, a la Iglesia, a los sindicatos, a Messi, a Hilda Chiche Duhalde y todos los vacunados vip, a García Moritán, a Pampita, a Nicole Neuman y al Poroto Cubero, a Piñón Fijo y a sus hijos, a Agustín Frodo y a Mora de Gran Hermano, a la homofóbica Milagro Sala y a los que la reivindican en la marcha del orgullo gay, todos juntos, mirando hacia un futuro venturoso.

Que será claro, limpio, dorado y peronista, pero moderado, como los mejores días y coso.

Hace falta moderación, mucha, mucha moderación, dicen algunos, convencidos.

Mientras tanto la realidad, tan en otra ella, mira y se ríe.

En una localidad del interior de la provincia de Formosa, el 27 de octubre organizaron un asado en homenaje Eber Solís, ahijado del gobernador Gildo Insfrán y casualmente vicegobernador de la provincia. Cuando ya estaban a punto de sentarse, los invitados vieron azorados como un grupo de personas apareció de repente munido de tenedores, platos y lo que fuera y con premura, pincharon carne, chorizos y morcillas y se mandaron corriendo hasta perderse en el monte.

Les chorearon las achuras.

¿Cómo se llama el pueblo?

El chorro.

Sic.

Los que piensan que hay que sentarse en una gran mesa de concertación no tienen en cuenta que en cualquier momento viene una horda de famélicos y se afanan los chinchulines porque el hambre no entiende de componendas.

Vayan ustedes a hablarle de moderación a la mitad de argentinos que se saltean al menos una comida diaria.

Suerte con eso.

Se complica todo bastante más cuando queda claro que no es ya el hambre el principal problema.

Es la sed.

En Miraflores, Chaco, un productor se largó a llorar pidiendo agua para consumo humano y para los animales, que hacía cuatro día que no bebían nada, al gobernador Jorge Capitanich.

Sumado a la mesa de acuerdo y vamos todos a mirar para adelante, el gobernador chaqueño -que rompía diarios en conferencia de prensa porque no le gustaba lo que los periodistas escribían sobre él- miró con cara de “¿y a mí qué?” y dijo que iba a ocuparse del tema, que iba a armar una reunión sin periodistas y listo.

Bueno, dale, superemos los ánimos caldeados y pidamos moderación.

Mientras, los animales se mueren de sed y los chaqueños dejan de llorar para ahorrar lágrimas.

¿Es que superar la grieta será aceptar la sonrisa de Capitanich ante un hombre desesperado, convalidar el estado de hambre y sed?

¿Habrá que ser genuflexos ante los caudillos peronistas que usan el dinero de la coparticipación para construir sus castillitos de represión que los separan de la miseria a la que condenan a los suyos, que los votan porque entre comer y ser libres, eligen comer, sin entender que libres podrían mejorar?

Mientras tanto, moderación, acuerdo y todos tirando para el mismo lado con fe, con alegría, con turismo, con sol y con empatía.

Tenemos la certeza de que nada funciona, de que todo está roto, de que a nadie le importa, de que no hay repuestos y de que fábrica no entrega porque no va a venir el barco de la China.

Estamos congelados en un pasado continuo.

Lo vemos día a día, en cada conversación nerviosa, en cada señora que agarra la lata de café y la suelta como si le hubiese dado una patada cuando comprueba lo que cuesta; en cada chico que le pregunta al padre “¿y hoy por qué no hay clase, pa?”; en cada jubilado que llama con vergüenza a sus hijos a ver si lo pueden invitar a comer y en cada hijo que se pelea con la burocracia de PAMI que sigue asegurando que presta servicios que no presta.

La avalancha de sucesos nos aplasta cotidianamente, un disparate es tapado por una barbaridad que es superada por un despropósito que es aventajado por una fechoría, que es sobrepasada por una insensatez y después una arbitrariedad y después un insulto y después un atropello y vuelta a empezar.

Pero dicen que lo que hace falta es bajar dos cambios, moderación, acuerdo y todos tirando para el mismo lado con fe, con alegría, con turismo, con sol y con empatía.

Nos miramos y nos preguntamos: ¿cómo vamos a pasar un año así?

Los números de la deuda que dejará este gobierno a lo que venga el año próximo se cuentan en billones.

¿Se entiende?

Billones.

En inglés, un billón es mil millones, pero en español un billón es un millón de millones.

En Argentina un billón es un uno con doce ceros después.

1.000.000.000.000.

Bueno, hoy, el Banco Central debe nueve billones: $ 9.000.000.000.000 (si uno se la diese de que entiende la jerga diría que es lo que se debe de leliqs, notaliqs y pases pasivos, los papelitos que le da el Banco Central a los bancos para sacar los billetes de la calle o como dicen los economistas “secar la plaza”. Qué va’cer, hablan así).

Con los intereses que paga, el año que viene, la deuda del Banco Central con los bancos será de la friolera de dieciocho billones de pesos: $ 18.000.000.000.000

Sí, todos los trenes, todas las escuelas, todas las jubilaciones, todo un país.

Ojo, esta deuda es sólo la del Banco Central a los Bancos.

Se deben 18.000.000.000.000 aparte de lo que se debe al Fondo Monetario, a todo lo que se debe al extranjero, a la deuda indexada a la inflación que tomó este gobierno peronista de Alberto y Cristina, otro compromiso que todos saben, es impagable.

18 Billones es únicamente lo que debe el Banco Central a los bancos.

Este solo dato debería ser constante en los discursos oficialistas y especialmente, opositores.

Apenas se dice.

Apenas.

Si alguien está pensando en cómo enfrentar este problema, no nos enteramos. Entre otras cosas porque apenas nos enteramos de este dato que no es tapa de ningún medio, ni motivo de comentarios profundos en ningún lado.

Y sin embargo, deber 18 billones de pesos sólo en uno de los ítems que debemos, con lo crudo que es, no es lo peor que pasará.

Lo peor será que llegaremos con la cabeza explotada, el alma hecha percha y las ganas por el piso.

Sin confianza.

Y con hambre.

Y con sed.

¿Por qué hicieron todo tan mal?

¿Tan ineptos pueden ser?

No importa, lo que se escucha es que hay que pedir moderación, charla, mesa y consenso.

Por más inútiles que sean.

Entre tanta pifia oficial, está pasando inadvertida la torpeza enorme con la que manejaron el Censo Nacional.

El 18 de mayo se paró el país para que los censistas recorrieran casa por casa para saber cuántos somos. Hubo millones de pesos gastados en publicidad oficial bastante obvia.

En ese momento el INDEC anunció que “a los tres meses vamos a tener los primeros datos preliminares, y a los 8 meses los primeros datos finales”

El 18 de agosto no hubo un solo dato.

La gente de ElhijodeLavagna salió a decir que “los datos de las planillas resúmenes no cumplen con los estándares que requiere el instituto”.

O sea “mala mía, lo siento”.

Dos meses y medio después, el jueves pasado, el titular del INDEC, ElhijodeLavagna -que está presente en todos los viajes al exterior del ministro de Economía sin que su actividad al frente del ente estadístico así lo exija, negociando en París mientras su función específica hace agua- dio en un hilo de twitter una serie de confusas explicaciones para decir lo mismo que ya había dicho en agosto: “los resultados no se difundieron en la fecha prevista porque un número significativo de planillas resumen que se completaron el día del Censo no cumplen los estándares de calidad suficientes”.

O sea, la gente que enviaron a llenar las planillas no fue capaz de llenar las planillas de un modo más o menos eficaz.

“Mala mía”, una vez cada tres meses.

 Además de lo mal que hicieron las cosas, se hizo interminable el proceso para que los censistas cobraran su trabajo.

Y algunas perlitas del asunto.

El trabajo de censista hasta el censo 1990 era gratis, una especie de honor para ayudar al país a saber cuántos somos. En gran parte era realizado por docentes y empleados estatales.

El peronismo del ’90 decidió que se pagaba, qué tanto honor.

Hoy todavía hay 12.356 personas que no cobraron, según el INDEC, porque… pusieron mal sus propios datos para recibir el dinero.

Sí, gente que no supo poner su número de CBU para cobrar es la que fue encargada de recolectar los datos. 

El costo original del censo iba a ser de 12.954 millones de pesos pero se supone -no hay información en la página del INDEC- que rondó los 17.000 millones de pesos, según publicó la periodista Agustina Said en eldiarioar.com en mayo del año pasado. No hay mayores precisiones.

El censo en la República Argentina se hace desde 1869.

Es la primera vez que hay estos problemas. 

Gracias peronistas, ni eso pudieron hacer.

La concertación, la mesa donde arreglaremos el presente y todos hablaremos de un futuro maravilloso, ¿deberá obviar estos pifies, para que no haya momentos incómodos?

¿Y qué hay que hacer con ElhijodeLavagna?

¿La vista gorda?

¿Y con Luis D’elía que festejó que un asesino de 19 años, con antecedentes policiales matase a un señor con moto?

¿Y con las fuerzas policiales y su cobertura política y judicial que no hacen nada mientras ven todos los días como se vanaglorian en las redes los que roban motos importadas sólo para fotografiarse con el botín y las armas, para después quemarlas?

¿Habrá que invitar a la UOCRA a sentarse en la mesa de miremos todos para adelante?

Ojo entonces, tratemos de que no sea en la parrilla de La Plata donde el 25 de octubre se encontraron Iván Tobar, líder de la Agrupación Blanca y Azul de la UOCRA platense y Brian Medina, nieto del benemérito Pata Medina, ex secretario general del sindicato. Porque ahí corremos el riesgo de que se repita el tiroteo de ese día, cuando el Patita se mostró ensangrentado en redes y prometió, simpático: “Los voy a matar”.

Ya se sabe, a las armas las cargan los dirigentes de los albañiles.

El huateque no terminó ahí.

Dos días después, en San Nicolás continuó la balacera entre dos facciones del mismo sindicato y en el enfrentamiento a uno de los manifestantes, Maximiliano Gaitán, lo hirieron profundamente con un arpón. Hubieran usado un fratacho, al menos, para estar a tono, pero no, parece que se quieren meter en la interna de los pescadores (a propósito, la Cámara de Armadores de Pesqueros y Congeladores se quejó por su situación crítica y medio que anunció que ojo, quizás haya poco pescado para hoy y mucha hambre para mañana).

Al día siguiente del tole tole, Mario Almirón, el capo local de los albañiles soltó muy de cuerpito gentil: “Hay que paralizar San Nicolás, que los empresarios empiecen a perder plata y dejen de financiar a esta mafia opositora”. Cuentan los testigos que habían corrido pastillas y alcohol en el sarao público.

Pero bueno, hay que bajar dos cambios y tomarse de la mano, mirar al futuro que al final todos somos argentinos, ¿no?

El diputado Kirchnerista Marcelo Casaretto se puso a ver un partido de básquet durante la sesión del presupuesto 2023 en el Congreso. Unos días antes, había justificado su sueldo presentando un proyecto para suprimir los descenso de la actual temporada de la liga del Fútbol Argentina. Es argentino, vamos para adelante.

La diputada de Juntos Por el Cambio, Margarita Stolbizer se fue a dormir mientras seguía la sesión, para que las cámaras no la tomaran durmiendo. Es argentina, vamos para adelante.

Los diputados de La Libertad Avanza, Javier Milei y  Victoria Villarruel y la diputada de Avanza Libertad Carolina Píparo votaron en contra en general del presupuesto y a pesar de que se aprobó y ahí comenzaba la discusión, punto por punto, se fueron. Son argentinos, vamos para adelante.

Lo más interesante es que, permitida por todas estas defecciones, salió una tasa nueva y a nadie se le ocurrió que el problema principal -además de los que no estuvieron en la votación- fue los que sí estuvieron. Si hay una nueva tasa es porque los que tenían que frenarla no la frenaron pero, ESPECIALMENTE, por los que la propusieron. Si es cierto que es la “Tasa Milei” más cierto es que es la “Tasa Frente de Todos”, que fue quien la incluyó calladamente en el presupuesto. Pero claro, los peronistas nunca tienen la responsabilidad de nada. Por eso hay que bajar un cambio, sonreírles y decirles, bueno, ¿qué le hacen 18 billones más de manchas al tigre.

¿Cómo no te vas a sentar en la mesa de la vicepresidenta que sin ninguna prueba culpa del intento de asesinato que sufrió a su enemigo político?

¿Qué incapacidad de empatía tenés que tener para no saludar como igual al presidente que se mete en las causas judiciales de sus adversarios?

¿Cómo no aceptar alegremente a quien quiere disciplinar a los medios de comunicación para que ni se les ocurra decir “qué belleza las hinchas de Croacia” como indica el manual del Inadi y te dice que lo reemplaces con un “mucha presencia de mujeres en este partido”, como si tuviera alguna relación?

¿Por qué no sentir un igual a Víctor Santa María, dueño desde Página/12 hasta Aspen FM, haciendo un berrinche porque un personaje de ficción le resulta ofensivo, pobre muchacho, corazón de cristal que debe soportar que un portero, perdón, encargado, no sea ensalzado en una miniserie como lo que es, un héroe nacional?

Hay al menos 18.000.000.000.000 de problemas que solucionar antes de sentarse en la mesa fraternal.

Y acá está el centro del intríngulis.

No tiene sentido sentarse sin primero discutir los dieciocho billones de problemas.

No se solucionarán los dieciocho billones de problemas si no nos sentamos.

¿Por dónde se empieza?