El “techo de América” es desde años para los montañistas un anhelo a alcanzar, una meta que lograr: la hazaña de subir los 6962 metros del Aconcagua.
Y no se trató de un sueño excluyente del género masculino. Décadas atrás, y rompiendo con cientos de prejuicios, hubo mujeres que desafiaron las alturas e hicieron cumbre.
La primera lo hizo el 7 de marzo de 1940. Se trató de la francesa Adrianne Bance, quien fue acompañada por su pareja, el alemán Jorge Link, y los miembros del Club Andinista Mendoza: Pablo Franke, P. Etura, D. López y J. Semper.
Link, un alemán que vivía en Buenos Aires, fue uno de los precursores del trekking en alta montaña y se dedicó a trasladar turistas hasta la cumbre.

En 1944 la ascensión resultó fatal. Bance se fracturó una pierna a 6.900 metros de altura. El alemán decidió quedarse a su lado para auxiliarla y murieron congelados. Los dos turistas que los acompañaban también perdieron la vida.
Los cuatro descansan en el cementerio del andinista, en Puente del Inca. Se trató de la primera tragedia múltiple del Coloso de América y su lápida es una de las más visitadas del lugar.

En 1947 fue el turno de la segunda mujer. La española (residente en Argentina) María Franca Canals Frau, con 22 años, que falleció durante el camino de vuelta en brazos de su novio, quien logró bajar y sobrevivir a la travesía.
La tercera mujer lo hizo en febrero de 1948. La suiza Doris Marmillod tenía 34 años cuando conquistó el Aconcagua y luego volvió a la base sana y salva.

La primera argentina
En 1952 fue el turno de la primera argentina en hacer cumbre. Fue Nelly Noler quien a sus 21 años logró alcanzar la cima y sin siquiera saber qué significaba ese hito: cuando bajó hasta Plaza de Mulas, el campamento base del cerro, la fotógrafa entrerriana Ana Rovner de Severino, la saludó y le dio una noticia inesperada: “Sos la primera argentina que subió al Aconcagua”.
Nelly no solo llegó a la cima en 1952, sino que volvió a hacerlo tres años más tarde, en 1955.

En aquel entonces, el montañismo no contaba con equipos sofisticados, ropa adecuada para moverse en las alturas, ni bolsas de dormir térmicas. “Ahora tienen de todo, es un paseo ir al Aconcagua, si vamos a decir así”, le dijo entre risas Nelly a Gisela Marziotta en su libro “Las primeras”.
De hecho, Nelly contó en esa charla cómo con su grupo fabricaron su propia ropa para el ascenso: “No existían los equipos térmicos que hay ahora, todo lo teníamos que hacer nosotros. Lo único que nos prestó el Ejército, en Puente del Inca, fueron las camperas de plumón de contraviento y los borceguíes. Todo lo demás era casero: dos o tres pares de medias de lana, los mitones (guantes) los hacíamos nosotros, también los pasamontañas. Las bolsas de dormir eran de lana y nos poníamos tres pantalones que no tienen nada que ver con los que se usan ahora. Los calentadores eran muy precarios, a querosene o aeronafta, y a veces no arrancaban”.
Nelly fue acompañada por dos hombres: su amigo Hugo Eduardo Santi, un ex suboficial de Fuerza Aérea, y quien más tarde sería su marido, Rolando Mikkan. Los tres tenían 21 años cuando alcanzaron la cima.

La primera escala del viaje fue Puente del Inca, donde decidieron quedarse diez días para aclimatarse. Luego, se dirigieron hacia Plaza de Mulas, el campamento base del Aconcagua, donde debieron tomarse cuatro días de descanso para ver cómo respondía el cuerpo a la escasez de oxígeno. “Como nos sentíamos bien, dijimos: ‘Bueno, vamos para arriba’. Y eso fue lo que hicimos”, rememora Nelly.
Fueron tres días más para llegar desde Plaza de Mulas hasta la cima. Fue el 16 de enero, cerca de las cuatro de la tarde, que lograron su objetivo.
“Gracias a Dios no tuvimos ningún problema; de los tres que llegamos arriba, ninguno sufrió por problemas de salud. Habremos estado una hora en la cumbre. Cambiamos los banderines del cofre que está en la cima, nos sacamos fotos y después emprendimos la vuelta”, recuerda Nelly en “Las Primeras”.
Para su segundo ascenso, en 1955, Nelly recibió un llamado inesperado: la invitó a Buenos Aires el mismísimo Juan Domingo Perón.
Nelly siguió escalando, recorriendo montañas y refugios de altura hasta el año 1957, cuando nació su primer hijo, Jorge, quien mucho tiempo después también hizo cumbre en el Aconcagua, el 13 de diciembre de 1983.
Muchas mujeres siguieron los pasos de Nelly y continuaron con su legado y el deseo de llegar a lo más alto.

Seguir el legado
Popi Spagnuoli es Guía profesional de Trekking y Montaña, Instructora de Andinismo y es una de las creadoras de “Mujeres a la cumbre”, un grupo que organiza expediciones a la montaña y que en febrero harán su primer ascenso al Aconcagua.
En “Mujeres a la cumbre” el lema es acercar la montaña a las mujeres, eso quiere decir que hay montaña para todo el mundo.

Las guías ofrecen herramientas de trabajo diversas que empoderan a las mujeres, mostrándoles que, si quieren algo, lo pueden lograr. “Avanzamos juntas en la montaña desde una perspectiva integral, alimentando nuestro cuerpo, mente y alma con actividades de reflexión y conexión con una misma y con los demás”, explican.
“Es una expedición al Techo de América, pensada por y para mujeres. Nuestro deseo es facilitar de una manera integral, a todas aquellas que se lo propongan, la posibilidad de encontrar el camino hacia su cima interior y hacia la cima de la montaña más alta del continente americano”, repasa Popi, una de las mujeres amantes de la montaña y guías profesionales que ofrecen “experiencias transformadoras en la naturaleza y con pares”. La propuesta es de 18 días y 17 noches, y se llevará a cabo del 2 al 18 de febrero del 2023.
Ver esta publicación en Instagram
Popi vive en Mendoza hace 25 años y hace 20 que sube el Aconcagua. “Es la montaña en la que me he especializado, la conozco muy bien”, reconoce la experta.
“Es la montaña más alta de América y es el sueño de muchos, todos quieren subirla y no es un imposible. Hay que hacer un camino de preparación previa, estar físicamente sano y haber subido otras montañas antes, en lo posible”, describe Popi.

Cuando mira hacia atrás y repasa la historia de las primeras que lograron la hazaña, celebra que “cada vez más personas pueden tener acceso a estas experiencias”.
Y suma: “Antes iban a la nada misma, todo era más largo, el equipo que existía era super pesado y la gente era más curtida y fuerte también”.

Más allá del logro en lo físico o lo deportivo, Popi explica que se trata de una superación personal: “Son desafíos personales. Llegues a la cumbre o a un punto alto, que es tu propia cumbre. Lo que impulsamos es el desafío de una misma, darlo todo para llegar de forma segura a lo más alto que puedas. Vos lo diste todo y la experiencia es el camino, no solamente llegar a la cumbre”.
Destaca que el mejor momento es “estar solo en la inmensidad” y cree que “esa reflexión es un caminito que va por afuera y por dentro: siempre podemos llegar más lejos de lo que pensamos. La montaña es una gran maestra”.
“El trabajo del guía tiene que ver con acompañar, gestionar la seguridad y acompañar a las personas a seguir sus sueños. Hay que animarse a arrancar”, invita la guía.
