El Pasaje San Martín, el primer edificio en altura de Mendoza, esconde historias que trascienden la belleza de sus vitrales y su arquitectura. En los últimos años, un esfuerzo de investigación ha comenzado a derribar mitos y desentrañar los mensajes que sus constructores y moradores guardaron celosamente.
Este proceso, liderado en gran parte por los propios habitantes del lugar, descubrió tecnología de primer nivel oculta en el edificio, escritos cifrados en la cúpula y murales que se adjudicaban a otro autor.
En pleno desarrollo del masterplan para su puesta en valor antes de su centenario que será en 2026, el administrador del pasaje, Osvaldo Aruani, y el intendente del edificio, Leonardo Aguilera, comenzaron en plena pandemia a reconstruir la historia a través de datos certeros en colaboración con la Municipalidad de la Ciudad de Mendoza y la Dirección de Patrimonio de la Provincia.

Aguilera explicó a El Sol que el Pasaje San Martín tiene un mensaje arquitectónico profundo y desafiante desde su concepción, “ya que se rebeló ante la sociedad y la cultura sismofóbica de su época. Su mera existencia invita a reconsiderar la historia y a conectarse con la tecnología y los visitantes que han dejado su huella a lo largo de los años”, dijo.

“Los viajeros del tiempo”
Uno de los hallazgos más intrigantes fue la identificación de antiguas estaciones de inspección, discretamente ocultas en las paredes del edificio.

Fabricadas por la marca estadounidense Detex a principios del siglo XX, eran utilizadas por los serenos encargados de la vigilancia del edificio. Su función era marcar la hora y los minutos de sus rondas en un reloj que contenía un papel, el cual podía ser desbloqueado posteriormente por un supervisor utilizando una llave especial.
Estos detalles, para quienes encabezan la pesquisas, son piezas importantes de la historia del Pasaje San Martín y que muestran su evolución a lo largo de los años. Así, cada uno de esos relatos quieren que sirvan como eje para que visitantes se adentren al lugar y por eso la administración compró dos relojes para mostrar al público, similares a los usados en la época.

La identidad de los ángeles
Camino al penúltimo departamento de la torre existe una serie de murales que, se creían, eran autoría de Hernán Abal, quien vivió allí y era director de la Academia Provincial de Bellas Artes.
La leyenda decía que el pintor le comentaba a sus amigos que su casa estaba cerca de los ángeles. Es por eso que en las paredes, incluso, aparecían entidades que se habían dormido en los escalones esperándolo y otros, que se burlaban de él porque existía otro inquilino que estaba más próximo al cielo, el que habitaba el último piso.

Sin embargo, Clara Abal, la hija del artista, echó por tierra ese relato oral transmitido por los vecinos, al contarles que su madre, Blanca Sgró, conocida como Blancabal, fue quien realizó las pinturas en la década del 80.
De hecho allí hay una frase que ella utilizaba para atender el teléfono: “Aleluya, hermanos”. En la puerta de entrada, a su vez, retrató a su marido como un rey, pero portando pinceles en vez de espadas y a ella y sus dos hijas a su lado.

“Esta historia revela cómo construimos patriarcalmente un relato muy cómodo donde el protagonista es el hombre”, indicó Aguilera y recordó que debido a esto, el año pasado, para el Día de la Mujer se le hizo un homenaje póstumo a Blanca.

La cúpula del punk
La cúpula del Pasaje muestra escritos e ilustraciones que han intentado descifrar en esta investigación y que datan de la década de los 80 y los 90.
“Creemos que subían estudiantes de Arte y que se dejaban mensajes como en una especie de muro de Facebook. No queremos pintarlos porque son parte de la identidad del lugar”, dijo Aguilera y destacó que antes se podía ingresar fácilmente.

El trazo de un cuerpo desnudo y la imagen de un militar se destacan en las paredes todos con la misma carbonilla en la que se replicaron frases como “Quiero tu sexo, quiero tu corazón” y “Tu religión no tiene sexo“.
Sumado a esto, se puede ver el nombre de la banda Kinder Videla Mengele, liderada por Mito Murillo y que fue la primera banda punk del interior del país, fuera de Buenos Aires, que surgió en la década de los ‘80 y que sacudió la movida cultural local.
Consultado por El Sol, el artista visual Egar Murillo, hermano del líder de la banda, reconoció extractos de dos letras de su autoría: “Mi religión” y “Sexo”.

“Las letras son contestatarias y la de ‘Sexo’ es en contra de la objetivación de la mujer. Son canciones de 1985 más o menos”, dijo. Si bien negó que los miembros de Kinder visitaran la cúpula, precisó que tenían amigos que vivían en el Pasaje.
Así, la banda más rebelde de Mendoza, se encuentra inmortalizada en lo alto del edificio que también rompió los cánones del momento, elevándose en una provincia que crecía en forma horizontal.
El habitante de la última ventana y los detalles a la vista
“Muchas veces veo a turistas que miran hacia arriba y se preguntan ‘Quién vivirá allá arriba’ y sonrío por dentro”, contó Aguilera, quien, precisamente habita el último departamento, destinado a los encargados.
Más allá de las historias ocultas, existen detalles a la vista, en una fusión de estilo y a la vista de los mendocinos confluyen 300 metros cuadrados de vitrales cocinados en hornos de Francia que permiten el ingreso de luz natural, junto a 3 ascensores ingleses de la marca Otis que aún continúan en funcionamiento.

Estiman que esta tecnología centenaria fue la primera del oeste argentino.
Sumado a estos, existen frisos exteriores que emulan la ornamentación de los edificios griegos.

“Es un gesto hacia la cultura grecorromana que es parte del patrimonio y que está tapado por el smog, los carteles y la ignorancia. El peor enemigo es la ignorancia si podemos ir revelando estos detalles tenemos la esperanza de poner el valor el edificio desde otro lugar y un disparador para muchos aprendizajes”, destacó Aruani, administrador del Pasaje.
