La relación es cuatro a uno. Para entenderlo mejor: del lado chileno, en el Paso Los Libertadores, se demoran cuatro horas para controlar a la misma cantidad de gente que, del lado argentino, en Horcones, tardan solo entre cincuenta minutos y una hora. Y no se trata de una cuestión de exhaustividad en la manera de trabajar y escudriñar las cargas y los equipajes de los pasajeros.
De hecho, tampoco está relacionado con la cantidad de cabinas habilitadas: 14 allá y 8 acá. Tiene que ver con experiencia, decisión y diligencia. Pero, sobre todo, voluntad política y compromiso para que el paso funcione y deje de tener una burocracia vetusta que complica el tránsito entre los dos países más que la Cordillera de los Andes.
El fin de semana extralargo para los argentinos se convirtió en un martirio para aquellos que decidieron aprovecharlo cruzando a Chile. Se sabía que iba a ocurrir, y era la primera prueba de fuego luego de que el embajador argentino en Chile, Jorge Faurie, pegara un par de gritos y pateara escritorios para mostrar su malestar sobre las pésimas prestaciones del sistema Cristo Redentor.
Para el diplomático, la dilación en los trámites aduaneros y de migraciones responde a las pocas ganas de establecer un protocolo expedito, que favorezca el intercambio de personas de un lado al otro de la Cordillera.
La respuesta, lejos de lo esperado, se convirtió en caos. Hasta doce horas de demora para llegar hasta el edificio de Los Libertadores y completar el tramiterío.
Si bien en un primer momento se informó que había 14 cabinas habilitadas, los casi 35 mil mendocinos que fueron testigos de la espera tortuosa aseguraron que nunca funcionó a pleno el edificio inaugurado hace pocos años y con el cual los chilenos hicieron ostentación por la agilidad que ganarían.
“Es un secreto a voces que fue intencional. Que fue un mensaje directo para Faurie. De hecho, tenemos fotos de empleados aduaneros chilenos leyendo sus celulares mientras los argentinos esperaban”, reconoció un funcionario mendocino.

La Coordinación del Paso, por la parte argentina, está a cargo de José Báscolo, que volvió a ese puesto menos de un año después de haber renunciado en medio de fuertes críticas a la administración de Centro de Fronteras. Pero esta vez lo hizo en silencio. Decidió no hablar más. Y frente al desmadre de estos días, no hubo respuesta.
Faurie contra todos y todos contra Faurie
El 15 de marzo, sólo dos semanas antes del cruce masivo de Semana Santa, Faurie estuvo recorriendo las instalaciones del principal paso fronterizo entre Argentina y Chile. Y la experiencia terminó de la peor manera. El embajador habría cuestionado con dureza la política de controles fitosanitarios chilenos y habría arremetido contra un organismo que resulta más que familiar para los mendocinos que viajan a Chile: el Servicio Agrícola Ganadero, más conocido como “el SAG”.
“Mi país ya era potencia agrícola mientras ustedes recién aprendían a comer”, aseguraron los funcionarios chilenos que fue la frase pronunciada por el embajador.
“No. No recuerdo haber tenido ninguna expresión así respecto de esto. Creo que fue una reunión positiva”, señaló Faurie cuando fue consultado por el diario El Mostrador.
El 18 de enero, en Mendoza, el funcionario de la Cancillería ya había tenido un cruce con el cónsul chileno en nuestra provincia, David Quiroga Hinojosa. En ese momento, lo increpó por no ver del otro lado de la Cordillera la intención de mejorar el Sistema Cristo Redentor. Sucedió pocos días después de haber asumido como embajador en ese país. Intentó ser disruptivo; terminar de una vez por todas con la casta del Cristo Redentor. Y, por ahora sólo despertó la venganza chilena.
