Tal vez el último antecedente de este divorcio pueda encontrarse en las elecciones que convirtió a Celso Jaque en gobernador de la provincia, allá por 2007. Esa fue la última vez que el peronismo mendocino había decidido abrirse de la política establecida desde la Casa Rosada y poner un candidato propio en la provincia. El kirchnerismo había estrechado lazos con el cobismo y la decisión fue no apoyar abiertamente a ningún candidato en Mendoza.
El justicialismo local se convirtió en una réplica de las decisiones tomadas por Cristina Fernández. Un nivel de obsecuencia que tuvo picos máximos luego de las elecciones generales del 2011 que catapultó a Francisco Pérez al Sillón de San Martín.
De ahí para adelante, todo fue agradecimiento por parte del gobernador. Se entiende: si no hubiese sido por CFK, difícilmente un justicialista podría haber recibido la banda luego de la mala imagen que había cosechado la gestión de Jaque. El efecto arrastre fue clave: con el poder de voto de Cristina, sólo un festival de tijeretazos hubiese evitado que el peronismo renovara el poder por cuatro años.
Los caciques y referentes del peronismo histórico agacharon la cabeza y asintieron cada una de las indicaciones que llegaron desde Buenos Aires y que iban agrandando la figura de militantes de La Cámpora que iban copando puestos dentro del Ejecutivo y encabezando listas legislativas sin tener un pasado político conocido.
En lo orgánico, todos se cuadraron. Fuera de la cámara, las críticas eran durísimas. Por primera vez desde el retorno de la democracia, el PJ local parecía haber perdido toda capacidad de negociación para armar su estructura provincial. Incluso, su armador histórico, Juan Carlos Mazzón, atravesaba una suerte de luna de miel con la Nación.
Moverse de los lineamientos que marcaba el kirchnerismo duro era visto casi como acto de traición. Lo supo el propio candidato que ahora llevará el Frente para la Victoria, Adolfo Bermejo, que se atrevió en algún momento oponerse a un proyecto de ley oficialista en el Congreso y terminó en una lista de personas investigadas por la AFIP.
Las legislativas de 2013 fueron clave. El triunfo de la oposición por una amplitud aplastante desnudó las fracturas del peronismo provincial. Sin embargo, lejos de pronunciarse esas grietas, hubo grandes acuerdos y negociaciones que dejaron afuera a quien había sido la figura protagónica en la obediencia debida con la Rosada: Francisco Pérez.
El resto, con Ciruca como bandera, se pintó la cara de naranja y se encolumnó detrás de la ambición presidencial de Daniel Scioli, el candidato que el kirchernismo se ve obligado, a partir de la intención de voto encuestada, a tomar como propio.
Cuando el gobernador reaccionó y vio que cada vez tenía menos poder puertas hacia adentro, su relación con Cristina ya estaba completamente desgastada. El ninguneo al que fue sometido en un acto televisivo dejó en claro cuál era la realidad en el vínculo Provincia-Nación.
Peleada con todo el peronismo vernáculo (Mazzón incluido), CFK intentó hacer punta de playa y hacer una demostración de poder a través de Guillermo Carmona, quizá uno de los primeros kirchneristas que dio Mendoza.
La apuesta K fue fuerte. Puso a disposición del actual diputado toda la estructura que La Cámpora y el colectivo Unidos y Organizados tenía en la provincia. Se sacó fotos con el candidato y mandó como emisarios a sus ministros más fuertes y fieles en la actualidad: Florencio Randazzo (el presidenciable K), Axel Kicillof y Alicia Kirchner.
El golpe fue muy duro. Atrás quedaron las operaciones que mostraban encuestas con un crecimiento pronunciado que ponía a Carmona casi mano a mano con su contrincante interno. La única verdad –dixit del General- es que Bermejo le sacó más de 13 puntos de diferencia, que el kirchnerismo nunca estuvo cerca de dar pelea y que el peronismo mendocino, después de muchos años, y a pesar de que deberá negociar los votos con Carmona, volvió a ser dueño de las decisiones del Arco de Desaguadero hacia el oeste.
