Poca pintura, unos jeans gastados, una con campera de gimnasia y otra con polera blanca; ambas con muchos anillos y estrenando un par de aros de fantasía, obsequio “para la ocasión” de la oficial pública del Registro Civil, Antonia Pinelli.
Así, dos internos de la Penitenciaría provincial (Carlos Melendres y Alberto Acuña) cambiaban su identidad de género ante una oficial del Registro Civil, convirtiéndose en las dos primeras personas del país en lograr un documento de mujer en contexto de encierro.
Lo permite la Ley nacional 26.743, de Identidad de Género, promulgada en mayor de este año. Gracias a la nueva normativa, Sandra, Griselda y Laura fueron las primeras personas -en libertad- en cambiarse de género.
Las dos chicas están privadas de libertad desde hace varios meses. Ambas conviven junto a 12 internos más en el Pabellón 14, especialmente dispuesto para albergar “personas que tienen derecho a la diversidad y a vivir tranquilas por su elección”, según destacó el director del Penal, Sebastián Sarmiento, para explicar que en ese reducto separado del resto están los homosexuales y, hasta ayer, hombres trasvestidos.
“Mi nombre es Pamela Janett; Janett con doble ‘t’ por favor”, aclaró la primera reclusa, de 31 años, antes de firmar con su nueva identidad.
Pamela entró a la cárcel por robo. Es la segunda vez que está entre rejas por el mismo motivo. Esta vez está desde hace dos años y le queda una pena de casi 6 para salir en libertad.
Ella se enteró por televisión que a partir de mayo podría cambiarse el nombre y con ello, legalizar la identidad que ya había elegido desde los 16 años. “Estoy chocha. Me puse re contenta cuando me enteré que podía hacer el cambio. Yo me visto como mujer hace mucho tiempo y tuve apoyo moral de la mayoría de mi familia. Me faltaba el apoyo de las leyes para poder trabajar y estudiar sin problema”, contó Pamela Janett.
De noviazgo, poco y nada. Pamela confiesa que sale con “un hombre muy mayor y no se quiero casarme por ahora, porque tengo que llevarlo al médico y esas cosas”.
Diana, vieja pionera
Diana Karol tiene 52 años. Se siente mujer desde muy chica pero comenzó a vestirse como tal desde hace 25 años.
Es la tercera vez que Diana queda presa. Esta vez fue acusada por homicidio agravado, aunque aún espera que se dicte la sentencia.
No es la primera vez que esta mujer en pionera ante la ley. Hace dos años protagonizó el primer caso de matrimonio gay en contexto de encierro.
Aunque su libertad peligra por varios años, según admiten las autoridades penitenciarias, Diana dice sentirse feliz porque ya cumplió los dos sueños más importantes: legalizar su femeneidad y casarse con el hombre de su vida.
Diana asegura que en la cárcel, ella y su compañera se sienten cómodas. “Ya nos conocen todos. Volvemos a cada rato”, dice, risueña, Diana.
“Ya somos como dinosaurios viejos”, replica Pamela.
En el futuro, aún quedan planes que cumplir. La joven Pamela quiere estudiar Ciencias Políticas, ahora que ya terminó el nivel secundario.
Diana quiere seguir estudiando Sociología. Mientras, ambas ya se promocionan para poder conseguir algunas changas hasta que obtengan el título y, por si aparece un oferente se ofrecen: “Yo se fotografía y se computación. Se bajar las fotos del celular a la computadora. Hago de todo”, se vendió Diana.
Pamela asegura que ya tiene un futuro asegurado: irá al hospital Central ha limpiar o ayudar en la cocina. “Ahí tuve trabajo antes de entrar, así que no creo que me falte trabajo”, dice.
Después de la firma en el Registro Civil móvil, todos los presentes aplauden. Ellas se dan dos besos en las mejillas, posan para las fotos y vuelven a su Pabellón para celebrar su libertad, aunque sea intramuros.
