Me gusta esta costumbre que tiene el Teatro Independencia de llenar localidades. Era esperada la obra, con esa sensación de que se iba a disfrutar sin importar si se conocía a la actriz o al texto y por suerte no defraudó. Lo único que podría decirse que molestó a la audiencia fue la media hora de demora previa al comienzo del espectáculo (aun para el impuntual público mendocino). Pero la espera por ver a Erica Rivas en “Matate, amor” valió la pena. Me encantaría que se mantenga este entusiasmo siempre, sin la necesidad de que sean elencos e intérpretes traídos de Buenos Aires quienes nos motiven a llenar los teatros locales.
En la obra la naturaleza se mostraba como protagonista. La escenografía y los sonidos nos introducían en un bosque y un ambiente lejano al centro de nuestra ciudad. Un lugar recóndito en el medio de algún lugar incierto en el cual una mujer vive con su familia. “Un viaje a lo profundo de este bosque” nos vaticina la persona que lo presenta.

Podemos ser testigos de las intimidades de una mujer consigo misma (o no tanto) que nos cuenta verdades debajo del cenital, despotricando contra la vida que le ha tocado vivir, muchas veces sin que pudiera decidirlo. Una mujer sin miedo a decir o ser quien quiere, como una Hedda Gabler sudamericana. “Una falsa mujer de campo” que dice lo que otras sólo se animan a pensar.

Nos cuestiona si alguna vez nos pusimos a pensar sobre estas decisiones de familia y personales, sobre quiénes somos y quiénes son las madres cuando se apagan los reflectores y están a solas con su soledad, en medio de una familia con sus conflictos, temores y dolores ocultos.
Se matiza la obra con toques de comedia que por momento nos hacen sentir como en una conversación entre Inodoro Pereyra y la Eulogia en medio de la soledad del campo y por otros entre Nora y Torvaldo en la Casa de Muñecas de Noruega.
Una necesidad de escapar de la vida que quizás no salió como estaba en los planes en un primer momento, pero que nos empujó a vivir de una determinada manera, con las personas que nos rodean.
Ser quizás como un ciervo (¿un ciervo?), con las libertades que nos da la naturaleza. La libertad de vivir un día a la vez, de disfrutar aquello que podemos vivenciar, aunque sintiendo una verdadera repulsión por lo cotidiano.

Una interpretación sólida de Erica Rivas, por momentos introspectiva y por momentos explosiva, que supo cautivar y emocionar a casi todo el público y lo llevó a reflexionar en lo que se plantea, llevándose una ovación de pie.
Una obra que empieza en un momento puntual, se recorre a sí misma en un orden determinado, pero que termina en la cabeza de los espectadores. Nos pregunta realmente: ¿ese bosque es un lugar físico o estamos ahí todos los días y no nos dimos cuenta todavía?
Ficha técnica:
Dirección: Marilú Marini
Unipersonal de Erica Rivas
Jugo cultural, equipo:
Sofía Silva
Gina Luco
Romina Cano
María Pereira
Mina producciones
