La mayoría de las personas tiene una idea doctrinal y con tintes infantiles acerca del karma, al que consideran una especie de ley universal u organismo de justicia estelar que opera como guadaña para pagar deudas y asuntos pendientes vida tras vida. Esta visión está bastante alejada de su idea general. Para los pueblos antiguos, “karma” es la palabra usada para identificar un principio de funcionamiento, el cual señala que todo lo que se realiza en este plano tiene un efecto o una consecuencia inmediata o posterior de igual impacto al hecho realizado. Nada tiene que ver con consecuencias positivas o negativas, ya que esta categoría de bueno o malo depende exclusivamente de las expectativas de la persona que realiza o recibe el karma.

Para facilitar la comprensión y alejarnos de las visiones infantiles que nos ubican en una posición de indefensión, utilizaré una analogía de la física. Momentum es la cantidad de movimiento que un cuerpo tiene; matemáticamente es el producto de la masa del cuerpo por su velocidad en un tiempo determinado. Ahora, imagine que a medida que nos volvemos adultos, no sólo vamos ganando peso corporal, sino también conocimiento y poder; es decir, “ganamos masa”, cuando ponemos en acción nuestro conocimiento y poder le damos velocidad y somos capaces de destruir y crear. Nuestro momentum crea situaciones, permite ayudar o dañar a otros con nuestras palabras, nuestros actos suman o restan a otros lo aceptemos o no. El karma no es una ley en el sentido moral, es una ley física, es un principio de funcionamiento. Y, al igual que las cuatro fuerzas elementales de la física, es ineludible. No despertamos un día tratando de evitar el electromagnetismo o decidimos no experimentar más la gravedad. De la misma forma que las leyes físicas dan orden a la realidad material en la cual vivimos, el karma es un principio ordenador que nos señala la importancia de recordar que todo está vinculado. Todo el Universo se conecta de cierta forma, por eso, una parte de
nosotros, comúnmente llamada alma, guarda residuos del karma. Los residuos del karma son como una especie de cicatriz que aparece posterior al impacto; ya sea lo hayamos recibido o lo hayamos aplicado, como el hueso que se rompe después de un atropello o el músculo que se desgarra luego de un gran esfuerzo.

Los residuos kármicos funcionan internamente como inhibiciones; cuando no podemos dar una razón lógica a nuestro comportamiento o somos incapaces de hacer frente a ciertas situaciones y nos invade una aversión irracional, es probable que estemos frente a una inhibición kármica. Recordemos que detrás de estas situaciones hay un dolor antiguo que tal vez aún está sanando. La sanación no viene de la mano de la comprensión mental, no es necesario acudir a la metáfora mental de vidas anteriores, porque corremos el riesgo de utilizarlo como chivo expiatorio y olvidarnos de lo importante: las inhibiciones están presentes para recordarnos de lo que estamos hechos, nos recuerdan nuestro momentum, el conocimiento y el poder con el cual contamos y sobre cómo podemos emplearlos. La única forma de sanar una inhibición, al igual que un hueso roto o un músculo desgarrado, es esperar y, poco a poco, de forma consciente y cuidada, volver a entrenar.