Juango López, el reportero de policiales, estaba en la cancha. Como siempre, llegaba sintiéndose el jugador número doce. Compartir esa misa pagana con miles de devotos le producía la sensación del nosotros. Dejaba de ser un solo tipo para ser muchos, para ser todos, para ser álguienes. Estaba acompañado por su amigo, el Loco Martínez. Habían llegado una hora antes y, de inmediato, se metieron en el rito de cada encuentro: los cánticos, los papelitos, el aire erizado de objetos estridentes y, por supuesto, el choripán perdiendo grasa. Juango, como buen leproso, se relamía pensando en ganarle al equipo visitante, Gimnasia y Esgrima.

     Con el Loco recordaban los choques del último partido: cascotazos, corridas, patadas y la yuta a los tiros para dispersarlos. Cuánto vértigo junto. Esta última imagen desenterró, a su pesar, el informe que había empezado a escribir sobre otro enfrentamiento. Una contienda entre dos listas de un sindicato después de conocerse el resultado de la elección. Fraude, estafa, robo de urnas. Era lo menos que denunciaba la lista perdedora. La entrada de los árbitros para revisar la cancha provocó el primer espasmo popular. Los chiflidos estallaban en todas las tribunas: locales y visitantes se unían para compartir al enemigo. Mientras tanto, el Juango chupaba un trago de gaseosa y se enfervorizaba al compás de la chiflatina. Pero, cuando entraron los equipos al rectángulo verde, la música brotó espontánea, sus oídos fanáticos sólo escucharon: “Lepra, mi buen amigo, esta campaña volveremos a estar contigo…”. Sin embargo, pensaba el Juango, los cánticos de los adversarios gremiales no eran tan devotos.

     Las internas del SOPA habían sido feroces. Y comenzó el primer tiempo. Los treinta minutos iniciales fueron pesados, aburridos. Poco acercamiento a la valla rival de parte de ambos adversarios. López y su amigo se chupaban el pañuelo, rezaban y maldecían. Hasta que a los cuarenta, los azules metieron un gol. Un golazo. Los leprosos deliraban y saltaban como pulgas, abrazándose a cualquier tipo que estuviera cerca. Los banderines flameaban, en tanto, las gargantas no agotaban el grito, no apaciguaban la ovación. Mientras, el arquero, fusilado, se arrodillaba en el suelo y se cubría la cara con las manos. En el segundo tiempo se trabó el juego. Los tiros libres se perdían lejos de la red, jugaban a la pura defensa. El partido se convirtió en una cadena de choques que le dieron mucho trabajo al juez. Hubo varias amarillas y una roja, por supuesto, tarjetas acompañadas cada vez por las puteadas de los hinchas del equipo castigado.

     En los últimos minutos, el estadio se estremeció en una silbatina total. Sin embargo, pensaba Juango, estas expresiones eran arrorró de niños frente a las salvajadas de los partidarios de las listas del SOPA. Se habían hostilizado mal: choques pugilísticos, agarradas a golpe de palos y piedras, quema de neumáticos. Y lo absurdo, pensaba el periodista, era que los dos aspirantes a secretarios generales habían declarado, palabras más palabras menos, que “defendían la misma camiseta, los mismos derechos para todos los trabajadores y luchaban por la unidad”. La última pitada lo devolvió al griterío. Los cánticos de Independiente Rivadavia movían las tablas de la popular. Al cronista se le zangoloteaba la panza. “Grande la Lepra, somos los mejores, no pudieron con nosotros”, le gritaba a su amigo. Parece que la verdadera acción se produjo al finalizar el partido. Dicen que López y Martínez estuvieron demorados varias horas en la comisaría. Yo no lo puedo afirmar.