En la columna ecológica de hoy, vamos a tocar un tema que es de gran actualidad, lamentablemente en la Argentina.
Se trata del MONOCULTIVO. Este término responde a la práctica agrícola de utilizar el suelo para cultivar un sólo tipo de especie vegetal, en general árboles, plantas comestibles, hortalizas, etc.
En su grado extremo, el monocultivo hace referencia a la plantación reiterada, año tras año y cosecha tras cosecha, de la misma variedad de cultivo en la misma parcela de tierra. Y entonces, ¿cuál es el impacto medioambiental del monocultivo? ¿Qué nos lleva a hablar de este tema en esta columna?
Para entender esta problemática, lo más importante es comprender el concepto de ecosistema. Un ecosistema es un sistema ambiental compuesto por muchas especies animales y vegetales interdependientes, de las cuales cada una cumple su función.
Los monocultivos atentan contra el equilibrio de los ecosistemas naturales, ya que maximizan el impacto de una especie vegetal en particular sobre el medio ambiente, en desmedro de otras especies cuya presencia se ve disminuida notablemente en el ecosistema en cuestión, cuando no desaparece por completo.
Para entender el impacto sobre el ecosistema, es importante ver cómo están conectadas todas estas especies dentro de un ambiente natural. Tomemos por ejemplo nuestra pampa húmeda. En la misma, si no sembramos nada, crecen de forma natural cientos de especies de pastos, yuyos, arbustos, árboles, etc. Es decir, en definitiva, una multiplicidad de especies vegetales que hacen al equilibrio de este ecosistema. De este equilibrio dependen también, a su vez, muchas especies de animales que usan estas plantas como alimento, cobijo, resguardo del sol y el clima, como zonas para apareamiento, etc. Además, estas especies animales contribuyen a su vez también a la conservación del medio vegetal, abonando la tierra con excrementos, polinizando las flores de árboles y plantas, etc.
Es decir, como explicamos anteriormente, un sistema interdependiente. Todos los ecosistemas naturales en nuestro planeta están configurados de esta manera. A medida que la mano del hombre entra en acción, el equilibrio de los ecosistemas empieza a modificarse, llegando a destruirse en algunos casos si el hombre no es cuidadoso al realizar estas modificaciones.
Es por este motivo que el tema del monocultivo se encuentra tan debajo de la lupa en nuestros días. A nivel económico, analizando la productividad del suelo, el monocultivo es una de las mejores soluciones para hacer rendir cada metro cuadrado de tierra al máxima. Se siembra en una determinada parcela un sólo tipo de cultivo, se utiliza un sólo tipo de semillas, todo se hace con la misma máquina, se cosecha todo al mismo tiempo y en la misma época del año, etc.
La problemática principal es que, así como esto tiene incontables ventajas a nivel de productividad, desde el punto de vista medioambiental todas estas ventajas económicas presentan graves desventajas ecológicas: la pérdida de biodiversidad hace que especies que antes encontraban allí su alimento ahora no lo hacen. El suelo se ve afectado por una especie vegetal que consume únicamente un tipo de nutrientes, vaciándolo rápidamente mientras que las concentraciones de otros tipos de nutrientes aumentan drásticamente, por no ser consumidas por otras plantas que originalmente se habrían encontrado en ese suelo.
A nivel de las plagas, las mismas se adaptan y fortalecen al encontrar pocos factores naturales de defensa en plantas de la misma especie (que pueden, por ejemplo, enfermarse todas al mismo tiempo, y con las mismas plagas). Así es como, también, la respuesta del hombre es utilizar siempre el mismo tipo de plaguicidas sobre el mismo suelo, para los mismos cultivos… Es decir, un enorme círculo vicioso medioambiental.
En nuestro país, este problema se ve exacerbado por la alta productividad, elevado precio y gran demanda internacional de la soja y otros cereales y granos. Los campos son alquilados para producir una vez tras otra el mismo tipo de cultivo, con el agravante de que los capitales que alquilan los campos cosechan la siembra (o mejor dicho, el producto económico de esta), dejando los daños en el suelo como consecuencia para los propietarios de la tierra a largo plazo.
Sin embargo, no todo es negativo. La existencia de este problema, y una mayor toma de conciencia progresiva a nivel global, hace que los criterios de cultivo y siembra comiencen a cambiar de a poco y a tener más en cuenta los factores medioambientales.
En contraposición al monocultivo surgen otras alternativas de siembra de cultivos compartidos. De este modo, al sembrar distintas especies vegetales en los mismos suelos, las mismas se fortalecen entre sí. Además, se pueden sembrar especies distintas con tiempos de cosechas distintos y momentos de floración distintos también. De esto modo, los granjeros se aseguran trabajo durante todo el año de forma pareja, aprovechando los ciclos de la naturaleza y minimizando el uso de agentes externos intensivos como pesticidas y fertilizantes (tendientes a reducir el impacto negativo del empobrecimiento del suelo causado por el monocultivo).
Estos son todos conceptos afines a la agricultura orgánica. Tenemos un gran camino por recorrer como sociedad aún, para preservar la biodiversidad y nuestros recursos naturales, y hacer que no deba primar siempre el criterio económico de rentabilidad a corto plazo sobre los criterios ecológicos de sustentabilidad a largo plazo.
El caso del monocultivo es tan sólo un síntoma de una problemática global que se presenta en todos los aspectos de la vida socioeconómica y, como siempre, desde esta columna intentamos poner al alcance de nuestros lectores los medios para informarnos y poder tomar conciencia al respecto.
Quique Fontán Balestra
