Mientras la pandemia avanza y no se perfilan claros aún en el horizonte, en Mendoza hay una realidad que subyace, que viene arrastrándose desde hace años y es cada vez menos silenciosa, que merece atención en el corto, mediano y largo plazo: las condiciones de vida de los ciudadanos. Los números de la cotidianeidad de los mendocinos no dejan de ser preocupantes, a pesar de algunas leves mejoras puntuales a lo largo de las décadas. Es que las necesidades básicas insatisfechas siguen siendo una verdadera preocupación para miles de comprovincianos que no logran despegarse de la pobreza estructural, y que, con el correr de los años, se hace más compleja. Y lo que es peor aún, bajo este contexto, las asimetrías y diferencias se acrecientan cuando los ojos se posan en lo que ocurre puertas adentro de la provincia, donde la política suele relegar y olvidar su función de cambio. Así, mientras que las zonas urbanas muestran menos dificultades de acceso a bienes y servicios fundamentales, la situación más crítica de una importante porción de los mendocinos se observa en las regiones más rurales y alejadas. Allí es donde se produce la grieta y la fragmentación, que deja sin sentido toda discusión política. Allí, donde aún hay hacinamiento en el hogar, porque falta hasta el inodoro o los más chicos no van a la escuela. Hace falta que el Estado analice con mayor detenimiento los fríos números y reconfigure planes y prioridades. La deuda social con estos mendocinos debe saldarse, justo ahora, que se transita un futuro aún más incierto. Son situaciones de privaciones ya inadmisibles.
Privaciones inadmisibles, más allá de la pandemia
