Se leen, se escuchan y se ven noticias sobre la partida de Leopoldo Jacinto Luque e inmediatamente viene la asociación de imágenes con la Selección Argentina de fútbol, uno ve al bigotudo sonriendo y triunfal en ese Mundial de 1978.

Y se vienen las secuencias del mes de junio cuando este hombre nacido en Santa Fe (3 de mayo de 1949) fue el más sufrido y armó combos de vivencias, para alimentar lo amargo y dulce, que puede resultar un momento. Primer partido frente a Hungría (triunfo de 2-1) con uno de Luque. Segundo encuentro, Argentina venció a Francia (2-1) con otro gol de Luque, pero debía cargar con una luxación del codo derecho.

Y a continuación, tras su paso por una clínica cuando estaba en la concentración sus padres le fueron a avisar de un accidente de su hermano Cacho, que viajaba de Santa Fe a Capital para ver el partido. Había muerto carbonizado. Pasaba de un problemita físico a un drama familiar

No jugó ni contra Italia, ni contra Polonia. Reapareció contra Brasil (0-0) pero terminó con un ojo negro por el codazo del defensor brasileño Oscar.

Con el codo entre algodones y el ojo en compota le hizo dos goles a Perú (6-0) y la acción tras su segundo tanto, se mimetizó con la imagen del poster oficial del Mundial ’78. Argentina ya estaba en la final.

Y ese 25 de junio, tras el festejo del tercer gol, el brazo de un holandés chocó con la nariz de Leopoldo. Camiseta manchada con sangre, sudor y lágrimas para uno de los campeones mundiales que terminó con 4 goles por detrás de los 6 de Mario Kempes.

A Leopoldo siempre le costó bastante lograr sus objetivos. Nunca la tuvo fácil. Pero vivió grandes momentos de felicidad en River Plate (5 títulos de 1975 a 1980). Le costó que Unión de Santa Fe reconociera su talento y lo prestó a Sportivo Guadalupe (Santa Fe), Gimnasia de Jujuy, Central Norte de Salta y también a Rosario Central (debut en primera: 4 partidos y 3 goles en 1972).

Racién después de eso, Unión se dio cuenta que tenía un gran delantero. Se lució en Unión y llegó el pase a River Plate. Y sus momentos de brillo y gloria en el club y la Selección.

De vuelta a Unión (1981), pasó por Tampico (México), Racing Club, Santos (Brasil), Boca Unidos de Corrientes y regreso a la primera A con Chacharita Juniors en 1984. Redondeó 261 partidos y 100 goles en el fútbol argentino de la división mayor. Y en la selección mayor jugó 45 partidos y convirtió 22 goles. Era hora del retiro y su nueva función como director técnico.

Unión fue el primero que el dio la oportunidad, luego Central Córdoba de Santiago del Estero y Belgrano de Córdoba hasta que llega en enero de 1990 a dirigir a Deportivo Maipú la segunda rueda del Nacional B (temporada 89-90) y después continúa una gran porción del torneo 90’91.

En su vida sentimental formó parejas que dejaron hijos y divorcios. Primer matrimonio (2 hijos) y segundo (3 hijos) y además de separación de bienes con casas y departamentos que quedaban en poder de las madres. La vida de Leopoldo continuaba siendo dura y la cuenta bancaria se iba quedando flaca.

Un negocio de venta de indumentaria deportiva en Buenos Aires y una pizzería, con estafas y malos negocios, de sus socios, lo dejaban con menos sustentos económicos. Lo ganado como futbolista se iba por venas abiertas de matrimonios frustrados y “amigos” estafadores.

Leopoldo y su amor por Mendoza

A Leopoldo le gustó Mendoza y la eligió como residencia del 90 en adelante. Armó un nuevo hogar con su reciente pareja pero fueron días duros. Dirigió a Independiente Rivadavia, Atlético Argentino, Cicles Lavalle… Y entre esos hechos en los clubes recibió una ayuda del Gobierno de Mendoza conducido por Rodolfo Gabrielli (de 1991 a 1995).

Le dio trabajo en la Escuela de Fútbol dependiente de la Secretaría de Deportes y también llegó a ocupar un cargo el cordobés Mario Kempes, que vino en busca de refugio. Dos campeones mundiales de 1978, acorralados por distintos pasos económicos en falso, desembarcaban en Mendoza, ayudados por la gobernación.

A Leopoldo Luque no le iba muy bien en la dirección técnica de equipos mayores pero tenía docencia para inculcarles buenos propósitos a los más chiquitos. Kempes sólo estuvo un año y partió para volver a jugar en Chile e Indonesia. Eran sus últimos intentos.

Luque se afincó en Mendoza y hace 10 años tuvo un problema cardíaco cuando dirigía a Atlético Argentino en un torneo Regional. Le recomendaron que tomara la vida con más calma y sin presiones.

Vino el llamado desde la dirigencia de River Plate para hacerse cargo del reclutamiento de jóvenes talentos en la región cuyana. Eso le gustaba.

Atento a levantar el teléfono o acudir a entrevistas sobre el fútbol de la selección o su querido River, no se negaba nunca y era el único referente, a ese nivel en Mendoza, para hablar de Mundiales, Copa América o partidos definitorios.

Recibió homenajes y aguadaba que la AFA o la FIFA, reconociera a los Campeones Mundiales con pensiones económicas permanentes. Le hicieron un documental titulado “Jacinto Luque, vida de campeón”.

Desde Holanda vinieron dos jugadores del ’78 para revivir los momentos de la estadía de los Naranjas en Mendoza y para recordar la final. Hasta los invitó a comer un asado a su casa. Así era Leopoldo, atento y sincero.

Nunca fue olvidado. Pero su corazón que regulaba latidos lentos y el Covid  que se metió, empeoraron la frágil estructura del goleador santafesino.

A los 71 años descansa en Mendoza, el lugar que eligió como morada de más de 30 años y donde se comportaba como un vecino común. Aunque los abuelos y padres le señalaban a los pequeños “Este señor fue campeón Mundial con Argentina”. Y a Leopoldo se le acomodaban las palpitaciones y se alargaba su vida.