A los 16 años, querido por sus compañeros del colegio de Barranqueras, Sebastián era serio candidato a abanderado. La faltaba el aire, lo vieron en el hospital, le dieron turno para casi un mes después y lo mandaron a su casa. Sin embargo, en el colegio lo notaron muy débil, le dijeron a la madre que lo llevara otra vez al hospital. Estuvo 48 horas en una sillita playera, en un pasillo del Hospital Perrando en Resistencia, Chaco. Allí murió.
Como ninguno de los cinco ascensores del Perrando funcionaba, unos camilleros del hospital transportaron por las rampas a un paciente que sufrió un ataque cardíaco. Tenían que ventilarlo pero las rampas no eran lo suficientemente anchas como para que pasara la camilla y la médica que sostenía la ventilación con bolsa. La única solución fue que la doctora se subiese a la camilla con el paciente y así fueron llevados por los camilleros. El paciente falleció al llegar a terapia intensiva.
Una tarde todas las alarmas de los respiradores se dispararon simultáneamente. Sin médicos en el lugar, una enfermera tuvo que ir apagando una a una las alarmas. Los familiares de los pacientes que estaban recibieron una respuesta clara de parte de la enfermera: no hay aire acondicionado y con una temperatura de 40º en la ciudad, era lógico que ocurriera.
No es una salita menor estallada por el coronavirus.
Es el estado en que se encontraba el mayor centro de referencia sanitaria de la provincia del Chaco antes de la llegada de la peste.
Sebastián Sosa murió el 15 de noviembre. Lo de la camilla subida a mano es de mitad de enero. Lo de las alarmas de los respiradores fue en octubre del año pasado. Cuando falleció Sebastián, el director del Hospital era el Dr. José Bolaños que reconoció que “las condiciones estaban lejos de ser las ideales”. Sebastián recibió oxígeno y fue atendido en la sillita de playa durante dos días. Bolaños aseguró muy tranquilo que “hubiera muerto en cualquier situación de internación”. Aún hoy, los compañeros de Sebastián, los chicos de cuarto año de la Escuela de Enseñanza Secundaria 15 de Barranqueras no saben de qué murió su amigo.
“El Perrando agoniza” dijeron en un comunicado los 41 jefes de servicio del Hospital Julio C. Perrando, el centro de mayor complejidad de la provincia del Chaco. Hablaban en febrero de pacientes que recibían tratamientos en el piso de la guardia, neonatos atendidos en condiciones muy precarias, falta de insumos reactivos para diagnosticar enfermedades complejas, mal funcionamiento de estudios de radiografía. Y más de 500 cirugías postergadas.
La peste estaba llegando mientras el ministro de salud nacional decía que eso no iba a ocurrir y, como en todo los órdenes, fue una radiografía exacta para revelar dónde estábamos parados. La repuesta era obvia: en ningún lado. Provincias arrasadas por la demagogia y el feudalismo; provincias a merced de los humores del clientelismo político y el fraude con el atraso y la miseria como disciplinadores; provincias paradas en ningún lado. Hizo falta la peste para que el gobierno que dio impulso a la ley que estableció el 7 de octubre como el día del orgullo villero viese de qué se tratan las villas miserias, ¿dónde quedó el orgullo si ahora ni siquiera se animan a llamarles villas, le dicen “barrios vulnerables”? Eso, cuando están piadosos. Cuando son expeditivos directamente los convierten en ghetos, sin agua, sin electricidad, sin alimentos. Y enojándose si alguien dice “gheto”.
La peste mostró a todos tal cual eran. Lo monstruoso y lo sublime de un país en vías de descomposición. Los cinco ascensores del Perrando ya no andaban antes de la peste. De los seis quirófanos sólo funcionaban dos antes de la peste. El Dr. Bolaños tuvo que renunciar antes de la peste.
No, no fue la peste la que creó un hospital imposible. Sólo lo delató más claramente. Como dijo una médica al diario La Nación en febrero: “La crisis de salud pública es a nivel provincial y ocurre dese hace más de 12 años, cuando se dejó de invertir. El caso de Sosa es sólo uno más: en Chaco son muchos los que mueren sentados”.
Hubo marchas y vigilias desde la muerte de Sebastián y el gobernador Jorge Coso Capitanich, como si hubiese llegado desde un nave extraterrestre y nunca hubiera tenido la más mínima relación con nada que se llamase “Chaco”, canchereó en su lucha contra el ex gobernador Domingo Coso Peppo, de su mismo partido pero de la vertiente Peppismo, no Capitanichsmo y con gran pompa y prensa mandó los nuevos aires acondicionados, anunció inversiones millonarias, hizo arreglar dos de los ascensores.
Ya el 24 de marzo, en el Hospital Perrando había seis médicos, un bioquímico, dos enfermeras y un administrativo infectado. La respuesta de la nueva directora, la doctora Nancy Trejo fue hacer “un llamado a todos los profesionales de la salud para que estén más comprometidos y se involucren más porque lamentablemente hay mucha gente que trata de salvarse ellos mismos”. Sí, le tiraba la responsabilidad a los profesionales de la salud.
Para el 14 de abril ya se sabía que de los 199 casos que tenía Chaco, 105 eran del personal de salud y de esos, 60 eran del Perrando.
Poco después, mientras la ministra de salud provincial Paola Benítez y la doctora Nancy Trejo se sacaban fotos en los ascensores, los profesionales de la salud del hospital realizaban como podían, hostigados por la policía provincial, una marcha multitudinaria. ¿Qué pedían? “Estamos cansados de que nos criminalicen y nos acusen como si nosotros tuviéramos algo que ver con la difusión de la pandemia y no la inutilidad de las medidas que han tomado. Estamos hartos de que judicialicen cada palabra o cosa que decimos” contó una médica al Diario Chaco el 30 de mayo pasado. Sin elementos de protección, sin interlocutores, sin llegada a los medios nacionales, los médicos del Perrando, como tantos otros en todo el país escuchaban los ecos lejanos de los aplausos, veían por televisión a funcionarios que hablaban de bonos de 5000 pesos y volvían, cada vez más tristes, a sus trabajos poniendo en riesgo su vida.
El 7 de junio la doctora Corina Acosta publicó en su Facebook un llamado desesperado donde decía entre otras cosas: “Somos médicos en el campo de batalla, en la primera línea de fuego, protegiéndonos como podemos, los equipos de protección personal que vestimos nos los compramos nosotros… Estamos expuestos las 24 hs/7 días! Nos turnamos para cubrir las guardias de Terapia Intensiva, quedamos dos residentes y tres plantas, estamos agotados, frustrados, decepcionados. Pero aún así seguiremos firmes, o a rastras, como sea, hasta que nos dé el cuerpo por nuestros pacientes críticos que dependen de nosotros”. La respuesta no se hizo esperar. La directora Nancy Trejo y el codirector Daniel Pascual la intimaron para que ratifique o rectifique sus declaraciones, asegurando que los pedidos de Corina en Facebook “fueron irresponsables, sin fundamento y generan incertidumbre a la población”. Al día siguiente un grupo de madres mostró, también en las redes, comida con gorgojos y gusanitos que les daban en el hospital. Ofuscada, Nancy salió por los medios nacionales a decir que de las 56 raciones servidas, una sola tuvo ese problema. Se ve que los gorgojos no entienden eso del distanciamiento social y se juntaron todos en un solo plato. Además la doctora dijo con respecto al “ratifique o rectifique” que ella nunca persiguió a ningún médico. “Ratifique o rectifique” debe querer decir “te amo” en chaqueño. Hay que consignar que la doctora Nancy se terminó contagiando, también.
A todo esto, el gobernador Coso Capitanich permitió “de palabra” al pastor evangelista Jorge Ledesma, al día siguiente de la marcha de los médicos, la realización de un encuentro de “auto-culto” por el día de Pentecostés, donde se juntaron cientos de fieles. La Fiscalía Federal de Resistencia le abrió una causa a Ledesma por quebrar la cuarentena pero Capitanich dijo que él se lo había permitido. Así como de pasada. Mientras tanto el Barrio Toba de Gran Resistencia fue objeto de represión policial brutal y se convirtió en el primer gheto con montículos de tierra impidiendo el paso. Las voces de sus habitantes pidiendo agua, comida y atención médica tuvieron mucho menos repercusión mediática que las desventuras contadas por los habitantes de la villa 31 en Buenos Aires; lo mismo ocurrió con la muerte del referente de aquella comunidad, Juan Rescio, fundador del coro Quom Chelaapi, una semana después de la muerte de su esposa. Juan y su esposa no alcanzaron a los medios nacionales y el Presidente Coso no le dedicó unas palabras, como a la referente de la Villa 31. Eso sí, Capitanich dio 3 días de duelo, porque el cinismo no es unitario.
Este viernes la comunidad del Perrando y de toda la ciudad y la provincia recibieron un golpe, literalmente, mortal. El fallecimiento del Dr. Miguel Duré, jefe de residencias del hospital, una de las personas más queridas y respetadas dentro del ambiente médico de la provincia, dio paso a muestras de respeto y aprecio como quizás muy pocos argentinos puedan hoy recibir. La carta de los residentes, despidiéndolo, es fulminante: “Subestimaron la situación desde el primer día. Hicieron alarde de la remodelación arquitectónica de dos salas de internación, la cual actualmente no tiene camas y no tiene los insumos necesarios para la protección del personal de salud.
Quisieron silenciar a quiénes mostraron la realidad del hospital en la pandemia… Nos trataron de irrespetuosos y poco solidarios en la única reunión que tuvimos. Incluso expresaron “estar cansados de nosotros”.
Se pasearon por los medios de comunicación diciendo que la situación “estaba controlada”, cuando se inauguró una estructura que debía ser de apoyo a la unidad destinada para pacientes infectados, y que hasta el día de la fecha no se encuentra en funcionamiento, sabiendo que la sala de internación destinada a casos positivos colapsa. Nos hicieron quedar mal como Provincia, como ciudad, al emitir frases que denigran a nuestra vecina Corrientes, en lugar de entablar una comunicación para generar mejores vínculos y aprendizajes ante tal situación, como es una pandemia.
Fallaron.
El sistema de salud falló. Este es el resultado. Personal de salud infectado. Un médico que ya no está… “No usan los elementos de protección personal”. Podrido de escuchar y leer eso. Más que nadie sabemos lo que tenemos que usar o no. No es el primer microorganismo contagioso que se nos cruza…“No usan los elementos de protección personal”. Colocar un tubo en tórax a un paciente COVID que se está muriendo, con un barbijo de tela vegetal y uno quirúrgico encima, no es por elección señores.
“No usan los elementos de protección personal”. Basta.
No hay.
Que descanse en paz Doc.”

Coso Capitanich, quizás con la misma claridad con la que un día decidió casarse con Sandra Mendoza, expresó sus condolencias por la muerte de Duré. La respuesta de quienes conocieron a Duré no se hizo esperar: le recordaron todos sus antepasados, de la peor manera. Ayer, al día siguiente del entierro del Dr. Duré, anunció la incorporación de terapistas, médicos clínicos, enfermeros, kinesiólogos, que en julio comenzarán a pagar el bono de 5000 pesos, el porcentaje por función que le corresponde a los jefes de servicios del Perrando, la incorporación de 48 residentes, un partido del Barcelona contra Chaco For Ever, El Circ Du Soleil con funciones gratuitas, la reunión de Soda Stereo, Virus y Los Abuelos de la Nada, un gran desfile de las scolas do samba premiadas del carnaval de Río de Janeiro y una vuelta de Manaos Cola para todos. Nunca fue flojo para prometer, coso Capitanich. Finalmente, se felicitó por lo hecho hasta hoy: “El manual indica que lo que había que hacer, lo que hicimos nosotros”. Y para terminar con una nota de realismo, recordando que forma parte de un gobierno de científicos dijo: “para mí que soy profundamente creyente, Dios nuestro señor nos ayudará, lo invocamos permanentemente, su oración será fuerte”, sonándose los mocos con un pañuelo naranja.
Los médicos autoconvocados de todo el país se manifestaron en honor del Dr. Duré. El Presidente Coso, que ya comentó los viajes de Susana Giménez y mostró al hijo de Dylan por las redes, no dijo una palabra sobre ese hombre bueno, de 53 años que murió salvándole la vida a los demás, condenado por la desidia de un estado que se lo pasa asegurando que está presente mientras desprecia a sus mejores hijos.
