Una casa de barrio. Entrás por el portón al patio que costea las habitaciones. El veredín, el jardín con canteros, la parra con uva criolla y la infaltable churrasquera. Don Diego hacía los preparativos para el asado. El Mapa, el Trucho, el Negro, el Canito y el Pato habían llegado temprano. Tomaban una cerveza y hablaban de fútbol… –¡Mirá, Mapa! Ese año teníamos un equipazo, papá –decía Canito, canchereando con el vaso en la mano–.
Atrás Sorín, Pochetino, Ayala y Samuel. En el mediocampo Aymar con Verón. Por el lateral derecho Zanetti, ¡un tractorcito Zanetti! Y adelante Crespo y Batistuta, ¡había que tenerlo noventa minutos a Batistuta!, había que aguantarlo ¡eh! –¡Callate, Canito! –el Negro meneaba la cabeza en señal de desaprobación–. Así nos fue con el tractorcito, nos volvimos del Mundial en el primer avión. –¡Eran pecho frío hermano!, unos giles corriendo detrás de la pelota –remarcó el Trucho–. ¿O no es así don Diego?. –A ese equipo no se le dio. Pero el fútbol siempre es más que unos tipos corriendo una pelota.
¡Es una ceremonia, querido! –declaró don Diego–. Los jugadores, los hinchas, la cancha, la pasión, el gol… Igual que aquí en el asado hacen falta los comensales, la carne, la parrilla, el vino. –Don Diego hablaba con emoción, con encanto–. Estas reuniones son un rito que forma parte de nuestra identidad cultural –agregó–. Mientras charlaba con los muchachos, el viejo prendió el fuego, como lo hicieran los gauchos hace siglos en la vastedad de las pampas. En ese momento se abrió el portón y entraron el Pelo y el Oreja. Traían bebidas que se compraron, haciendo una vaquita para la noche de asado.
El Oreja se acercó al tablón, prendió una pequeña radio y sintonizó el partido… –Si hoy ganamos, jugamos la Libertadores, ¡Patito, eh! –pronunció en tono burlón y frotándose las manos, sabiendo que el Pato no era del palo–. –Para que llore el Parque entero –agregó el Mapa–, sirviendo cerveza a los muchachos. –No sea que se coman tres o cuatro choris ustedes y les caiga como bomba el asado, porque me cago de risa ¡eh! –inquirió ácido y desafiante el Pato. De fondo se escuchaba el sonido del éter. La radio… –¡Han llegado las hinchadas, señores! Los comensales están listos, le han puesto luz y calor esta tarde noche al Feliciano Gambarte.
¡Han encendido la leña y se caldea la parcialidad! Canturrean cada uno con los suyos porque el partido promete acción. Se espera alrededor de la cancha. ¡El Expreso recibe a Gimnasia y Esgrima de La Plata, con el sueño puesto en América. –¿No es así, Cabezón Mancini?–. –¡Así es, Cabrini! Esperamos la salida de los equipos para comenzar a degustar la contienda. ¡Muy importante para las aspiraciones de la Bodega! Volvemos a estudio para la tanda publicitaria, Cabrini.
Junto a la parrilla, los muchachos esperaban por el asado y el partido mientras seguían sus conversaciones. –Entre los partidos memorables que jugamos en el barrio, está la final que les ganamos a los de la Cuarta Sección, ese partidazo inolvidable que empatamos contra el equipo del Garraci y ¡mamita mía!, esos partidos contra los equipos que se traía el Chacho. De locales en el Polideportivo no nos ganaba nadie –recordaba el Mapa–. –Lo que pasa es que en esa época estábamos con toda la pimienta –afirmó el Trucho–El Canito y yo en el fondo éramos impasables, el Piri que ordenaba en el medio, el Negro y el Oreja ¡los habilidosos! Y para definir, el Mapa o el Pelo, que te acomodaba un derechazo cortito de treinta metros al ángulo.
¡Se abrían los defensores de cualquier equipo cuando pateaba este animal! ¿Te acordás, Negro? –Sí. ¿Pero cuando nos pintaron la jeta los del 1 de Mayo…? ¿De eso no nos acordamos ahora, no? – tiró todo abajo e interrumpió el Canito. –¡Lo que pasó en ese partido, es que entramos mal parados tácticamente, Canito! –agregó el Pato–. –¡Otra vez con lo mismo, Pato! –inquirió el Negro– ¿Cómo haces para ganar un partido como ese? Nosotros entramos bien, Pato.
Pero ellos también y además corrían el doble que nosotros. –¡Che! A mí se me seca la garganta y ustedes siguen charlando giladas –interrumpió don Diego–. Escúchenme bien: en primer lugar, el fútbol es preponderantemente técnico. No es lo mismo un jugador de buen pie, habilidoso, ¡un duque con la pelota! que un picapiedras. Esto hace una gran diferencia ¿O es lo mismo un asado de tira de novillo, que carne de toro? ¡Vamos viejo! En segundo lugar es un juego de equipo, un juego táctico.
No da igual un tres, cinco, dos; que un cuatro, cuatro, dos, según la situación, como tampoco sirve ordenar en la parrilla de cualquier forma las achuras, los embutidos y los cortes de carne. Y por último, es un juego estratégico. ¡Hay que saber en qué momento oportuno atacar, cómo esperar para jugar de contragolpe y cuándo presionar al rival! ¡Lo mismo que al asado, darle el tiempo justo de cocción! –¡A la flauta! Usted es un filósofo, don Diego. ¿Dígame cómo formó usted esta parrilla? –preguntó respetuoso el Pelo. –Coloqué las mollejas, los chinchulines, las morcillas y los chorizos en primer lugar. Al medio y con posterioridad, el vacío y el bife de chorizo.
Aquí adelante y por último agregué las costillas y el matambrito. Si todo sale bien, ¡tenemos un golazo de sabor, pibe! Todos festejaron las ocurrencias de don Diego y siguieron el ritual, mientras por la radio seguía saliendo humo… –Ya está el Lobo platense en la cancha y ¡allí está!, ingresa el equipo bodeguero. ¡Qué recibimiento, Mancini! A ver si nos puede brindar la formación titular, Cabezón… –¡Cómo no, Cabrini!, fiel a su filosofía, ha puesto toda la carne en el asador el técnico.
Tres en el fondo, cuatro mediocampistas, un enganche y dos puntas, Cabrini. –¡Pitazo inicial de Soldatti! Comenzó el partido, caballeros. El Cascarudo toca para el Pipa, avanza el Tomba por la izquierda con el Chino, va hasta el fondo, tira el centro para Jairo… ¡Uhhhhh! Casi estuvo el primero desde el comienzo, señores. ¿Quién auspicia el encuentro, Mancini? –“Se puede relatar el asado, se puede degustar el partido! Pero que no falte en su mesa vino tinto Triunfante ¡Vino Triunfante! Pida la damajuana de diez litros con etiqueta azul y blanca ¡Vino Triunfante!”.
Don Diego daba los últimos retoques a los cortes de carne para servir en la mesa. Según el estilo campero, sirvió el asado en orden y no faltó el canto al unísono con las copas en alto ¡un aplauso para el asador! Paralelamente… –¡Atención! Sale jugando por el fondo el Expreso. Toca el Quico con García, se junta con los del medio y buscan al Mago. Lo marcan dos. Toca el Mago y busca la devolución. Pisa la pelota cerca del área rival.
Arranca por la derecha, deja el tendal. Siempre el Mago. ¡¡Le pegóooo!! ¡Goooool! ¡¡¡¡¡Golazo, que lo parió!!!!! Una jugada cocinada por todo el equipo que culmina con el arranque individual del Mago. Un gol jugoso, un sueño hecho realidad. El Tomba uno y el Lobo platense cero. ¡El sueño de América, Mancini! –Así es, Cabrini. ¡Toque y toque!, ¡vuelta y vuelta! Todo para confirmar el magistral momento de la Bodega.
El objetivo cumplido y este gol ¡para chuparse los dedos!, Cabrini. Mientras, sobre el tablón, sobremesa de truco, charlas y recuerdos: –En el primer campeonato barrial que ganamos, el Trucho tenía la plata recaudada de las inscripciones de los equipos –acotaba el Negro– teníamos que comprar los trofeos para la entrega de premios del día siguiente. –Sí –agregó el Canito– Nos fuimos los del equipo al centro, compramos nuestros trofeos y con la guita de las medallas del segundo puesto nos dimos una panzada de pizzas y gaseosas.
¡Nos morfamos la guita! Lo peor es que al otro día apareció el Perita en la casa del Mapa a pedir las medallas de su equipo. –¡Cómo nos reímos ese día! Estaba como avispa el Perita. –¡Che! Pero las trampas del Gordo Miranda con el equipo del Poli eran peores –retomó el Oreja tras un silencio– El Pelo jugaba en la categoría setenta y cuatro con el documento del hermano menor. Cuando agarraba la pelota el Pelo, el Gordo le gritaba de afuera: “¡Arco!” Para que pateara este animal.
Cada vez que le pegaba era gol, ¡qué turro el Gordo! –¿Y en ese partido contra Cementista? –recordó el Pelo– El Gordo pedía cambio y en cuanto se descuidaba el árbitro le decía al que iba a salir que se quedara. Terminamos el partido con dos jugadores de más en la cancha, porque no salía nadie. –¡Truco! –cantó el Pato – –¡Quiero retruco! – dijo el Pelo… La noche profunda puso de cierre el telón. Las brasas se hicieron cenizas y la radio se apagó.
