–¡No vengo más, nunca más! Es una barbaridad, qué se creen. ¡Cuatro horas acá adentro! Y vos: “Vamos al súper, vamos al súper”. No, dejate de joder, no vengo nunca más. –Sí, sí, tenés razón. –Es una locura. Una hora para comer, dos horas para hacer las compras y ¡una hora en la caja! Y mirá lo que llevamos en el carro. Una porquería. Un fangote de guita, tiempo perdido y mirá, mirá lo que llevamos.

No alcanza para nada. –Sí, sí, tenés razón. –No vengo nunca más, mirá, ni la mitad del baúl vamos a ocupar con las bolsas. ¿Y para qué alcanza esto? Para nada. La Nochebuena nos vamos a mirar las caras en vez de comer. –Bueno, calmate, ya está. –Pero vos insistías, me taladraste la cabeza con que acá era más tranquilo y más barato. Tsss. En todos lados está igual de caro. La guita no alcanza para nada. Pero lo peor es que me hiciste perder el último del año. Todo por hacerte caso. ¿Quién me manda a hacerte caso? Soy el pavote más grande de la provincia. Se me van a cagar de risa. Imperdonable, imperdonable. –Bueno, no es para tanto. –¿Qué no es para tanto? Vos no pensás, ¿no? ¡Me perdí el último del año! Todo porque la señora viene al súper, no a comprar, vos venís a pasear como si fuera un shopping. ¡¡¡Esto no es un shopping y, además, sabés que odio los shoppings!!! –Bueno, basta. Me cansaste. Lo único que hiciste desde que entraste empujando el carro, fue quejarte. No es el tiempo ni lo que gastamos. Admití que te quejaste desde que entramos. O peor todavía, desde que salimos de la casa. ¿Cuándo querías hacer las compras? ¿Y los regalos para los chicos?

Ya me imagino otra pelea. Nunca me querés acompañar. Y bueno, lo siento, este es el único día que podemos los dos. –Papá, tengo hambre. –Jodete. –Pero che, no le contestes así. Tomá un caramelo. A ver, que busco en la cartera. Uy, ¿dónde lo puse? –Cartera de mujer. No lo vas a encontrar nunca. Chupate el dedo. –Basta, no le digas eso. ¿Dónde está el caramelo? Esperá que en algún lado tiene que estar. –¿Qué te juego que no lo encontrás? No es una cartera, es la caja de Pandora. –Malo. –Ehhhh. ¿No tenés por casualidad un destornillador? –¿Vos me estás cargando? –No, bueno, a lo mejor. ¿Tenés o no? –La pinza de depilar tengo. Nunca tendría un destornillador. Para eso estás vos. ¿No tenés ninguno en el auto? –Ehhhh. Justamente ese es el problema. –¿Qué problema? –El auto. –¿Qué es esto, un acertijo? –No, no.

La llave está adentro del auto. Me la dejé adentro. –¿Qué? No, esto es el colmo. Me retás como a una nena y resulta que cerrás el auto con la llave adentro. –Pasame la pincita. –¡Acá está! –Pasámela. -No, el caramelo, lo encontré. Tomá, mi amor. –¿Y la pinza? –Ya va. Ahora tengo que encontrarla. –¡Dios mío! ¡Qué día! Dale. –¡No me pongás más nerviosa de lo que estoy! –Es que me estoy asando. ¿O no te das cuenta que estamos al rayo del sol? –Si no venías, igual ibas a estar al rayo del sol. –¡No vas a comparar! Es otra cosa. –Es lo mismo. –No, nunca lo vas a entender. Encima, era el último del año. –Acabala con eso de que era el último del año. ¿Querés que te saque las cuentas?

A ver. Cuatro o cinco por mes, cinco por dos, diez, me llevo uno, cinco por uno, cinco, más uno, seis. ¡Sesenta veces! ¿Te das cuenta de la injusticia? ¡Sesenta veces en el año! Yo no tuve tantas alegrías como vos, querido. –Ah, bueno, empezamos con los reproches. –Vos te lo buscaste. Sesenta. Mirá vos. Y deben ser más. Yo no tuve sesenta, lindo. Ni ahí. –Bueno, bueno, no hablemos estas cosas delante del nene. –Ah, ¿y ahora te preocupás por el nene? Sesenta. Y yo una vez por mes, con suerte. Después dicen que la culpa es de las mujeres. Que siempre nos duele la cabeza, que nos viene cuatro veces por mes. Si yo hablara. –Terminala. Hablemos en la casa de eso.

 Estamos en una playa de estacionamiento, cocinándonos a fuego lento, con el auto cerrado y ¡me salís con eso! –Sí, te salgo con eso, porque estoy harta. Y encima no encuentro la pincita. A ver, serví para algo y sosteneme la cartera. –’Ta madre. –¡Ayyyy! –¿Qué pasó? –¡Me pinché con algo! Ah, la pinza. Tomá, acá la tenés. –Papá, tengo calor. –Andá debajo de aquel árbol. –Pero no. Vení, ponete adelante del auto. Ahí hay una sombrita. –Quiero una coca. –Ni en pedo, yo, ahí adentro, no vuelvo ni loco. –Dale, dejá de perder el tiempo y abrí el auto. Vamos a envejecer acá. –La culpa es tuya. Fue tu idea, querida. –¿Empezamos otra vez? –Sí, porque podría estar tranquilo, con short puesto, rascándome el ombligo, pero no, a vos se te puso venir acá.

Y encima con esta pinza no puedo abrir nada. –Vos nunca podés. –Mirá, mirá, callate mejor. No me digas eso. ¿No pensaste por qué no puedo? Por tu culpa, querida. –¿Ah, sí? Qué casualidad, nunca me pasó con otro. Solamente con vos. –Agradecé que está el nene porque si no… –Si no, ¿qué? Es la verdad. –Vos nunca entendés nada. Yo trabajo como un burro… –¿Y vos te creés que yo me rasco? ¡¿No sabés el trabajo que da una casa?! –’Ta madre, no puedo abrir este auto de mierda. –Yo me voy. Vení, mi amor. –¿Cómo que te vas? ¿Adónde? –A la casa. En taxi. Arreglátelas solo. Como hago yo, jmmm. –No, no, pará, algo se me va a ocurrir. –A vos nunca se te ocurre nada.

Chau, me voy. –Pero no seas loca, esperá, voy y pido algo para abrir la cerradura. Creo que adentro había una cerrajería. –¿Vos no querés escuchar, no? Te dije que me voy. Aprovechá, y cuando abras el auto, te vas adonde te querías ir, solito, tranquilo, sin mí, sin los chicos. I-de-al. –No, cosita, vení. –Cosita, la po…, mirá lo que casi me hacés decir. Chau. –Rubia, vos sos lo único que me importa. Perdoname, ya ni ganas tengo de ir allá. Dale, quedate. –Tarde, muy tarde te acordaste de tratarme bien. Chau, que te garúe finito. Andate al último del año. Porque vos sí lo podés tener. Yo, no.