Hay dos cosas que cambiaron radicalmente mi ritmo de vida hace dos meses. Sin embargo, por la desaparición de una de ellas en las últimas horas, casi todo ha vuelto a foja cero, y el sueño y el cansancio, por desgracia, están ganando terreno. Claro está que no es para desesperarse, porque se puede remediar, pero vale la pena recordar y advertir lo que padecí por culpa de la mala suerte y, lo tengo que reconocer, el desconocimiento. Pero, bueno, todo puede variar en los próximos días, teniendo en cuenta que Papá Noel o los Reyes se darán una vuelta por casa. Porque esperar un largo tiempo puede ser contraproducente. Se la extraña, y no saben cómo.

En un acto de injusticia, a Benicio, mi pequeño hijo de un año y dos meses, lo dejaron sin su pelota, un mini balón de fútbol Nike de cuero que lo enloquecía y mantenía entretenido por horas. Había pasado a ser su amigo imaginario, su gran compañero. Se trataba del mejor regalo hecho por mi hermano, el Leo. La desgracia se produjo a miles de kilómetros de casa, en el aeropuerto internacional de Tokumen, en Panamá. Fue justo en el momento en que una agria y pintarrajeada azafata, con años de horas de vuelo encima, pispeó con ojos saltones entre uno de mis bolsos de mano mientras hacía malabares, junto a mi esposa, para subir con el bebé al avión, que lloraba porque segundos antes había sido privado por mí de seguir jugando con la redonda.

     Así al pasar la Puerta 26 y cruzar la manga de la nave, presto a ingresar, la tan malvada mujer, me espetó un “Señor, por favor, espere un momento”. Entonces fue cuando todo se complicó. La expresión de mi hijo en el rostro lo decía todo cuando vio que la pelota ya estaba en manos de una extraña mientras los minutos pasaban por la discusión de que ¿una diminuta e insignificante circunferencia puede ser un problema? Por favor… -Siento vergüenza por mis compañeros de la compañía que no les hayan quitado el fútbol. Todos corríamos riesgo con su accionar. No hay posibilidades ni vuelta atrás. Vayan a sus asientos. -Por favor, le pido, por el bebé. Mire, quiere la pelota. La explicación era una sola. -¿No me escuchó señor? Ya le dije que por la presión del avión, al estar inflada puede reventar y provocar un accidente. Ahora será enviada al depósito.

       Allí quedará esperando por ustedes. Grrrrrrrr. Mucha bronca acumulada en pocos segundos. Supe después, para más enojo, que en los aviones se alcanza sólo 70% de la presión atmosférica normal, por lo tanto, había muchas probabilidades de que reventara, siempre y cuando estuviera muy inflada. Y no estaba tan llena de aire. Pero, bueno, no había alternativa. En segundos, el avión estaría en el aire. Todo era un problema, (de)presión. La pelota se iba. Nunca más, o hasta el regreso. Claro, muy difícil, por ahora y por un largo tiempo. Muchos se preguntarán por qué no la desinflamos. Pero la verdad es que en ese momento no había con qué. Además, el avión empezaba a rugir para despegar. Y en los aeropuertos, por lo general, todo horario se cumple. No había tiempo ni forma de quitársela a la mujer, porque la cosa se podía poner peor. Sólo hubo unos segundos para masticar más ira, escuchar al bebé llorar y pensar en la madre de la experimentada azafata.

      Y sí, mientras el pequeño saltamontes se dormía, por mi cabeza se cruzaba la imagen del fulbito de cuero blanco con su pipa negra impresa y la tristeza de mi hermano al contarle lo de la querida moza del aire. Cómo no haber llevado un pico, un clavo, un alambre, algo para intentar sacarle lo poco tenía. La desesperación por no poder hacer nada y ver a la gran señora llevarse el mejor regalo y juguete fue indignante. Pero, bueno, queda el consuelo de que el diminuto elemento que hacía feliz a toda la familia haber provocado una tragedia aérea de dimensiones incalculables. Aún retumban en mis oídos y en mi cabeza las últimas palabras de la azafata y su impávida e inmutable cara, mientras mi hijo rezongaba y el despegue estaba por concretarse.

    “Si consigue ya algo para desinflar la pelota, se la devolvemos”, me retrucó, prácticamente en el momento en que se cerraba la puerta del Boeing. Ah, la otra cosa que cambió mi vida hace un tiempo y que nos deja un momento de respiro en la crianza del bebé, por suerte, en medio de su energía e hiperactividad, es la comida. Afortunadamente, eso lo mantiene muy concentrado y entretenido, pero no tanto como el pequeño balón, que ahora pasa sus horas durmiendo en un frío depósito de Panamá. Esperamos que, con el tiempo, la querida pelota se desinfle sola, así nadie tiene excusas para negarle su tan merecido regreso. Allí está, más sola que Kung Fu o que Wilson en El náufrago. Un bajón. Qué depresión. Se la extraña, y no saben cómo.