“Aprendí el oficio de casualidad” afirma sonriente Carlos Trione, que desde hace 48 años es zapatero y que hoy, con sus 83 años, sigue trabajando en su  taller de calle Rioja antes de llegar a Catamarca, en la ciudad de Mendoza.

Carlos nació y vivió en Godoy Cruz, en el barrio de Comercio, frente al hipódromo. Es un hombre que no tiene grandes  frases ni experiencias traumáticas pero es un maestro de la simplicidad.

Hace 22 años que instaló su taller en calle Rioja, pero antes y durante 26 años, su negocio estaba en la esquina de San Juan y Catamarca, donde ahora  hay una playa de estacionamiento, frente al Arzobispado de Mendoza.

El trabajo

Sus primeros años laborales fueron en grandes casas de comercio atendiendo al público como El Guipur y Casa Muñoz. Pero cambió de rubro cuando su padre zapatero lo necesitó para seguir atendiendo clientes en su negocio.

“Aprendí de ver cómo trabajaban los operarios y ahora, ya pasado el tiempo, en mi taller me ayudan mis hijos Cristian y Sergio”, relató.

El  taller de don Carlos es bello y antiguo. Sus máquinas para coser, pulir, lustrar y ajustar los calzados, tienen 60 años, son alemanas y le dan un toque especial al lugar.

Afirmó don Carlos que todo cambió: “Antes tenía en el taller cinco operarios y tres o cuatro personas más que atendían en el mostrador. Llegamos a tener un cadete para los mandados”.

“Ahora, dijo, tenemos menos trabajo y los zapatos que se usan son una desgracia” y se quejó de los fabricados en China “porque no sirven para nada”.

Afable y atento, el zapatero de media ciudad de Mendoza recordó que muchos de sus clientes se convirtieron en sus amigos.  

“Composturas al paso” anuncia el cartelito de la zapatería. Si bien disminuyó el trabajo y entran menos calzados, el zapatero y sus hijos se las rebuscaron para sobrevivir y comenzaron a arreglar, además de las media suelas y los tacos, carteras, portafolios, valijas, camperas, mochilas y bolsos. “Ahora somos los mecánicos de todo lo que tenga que ver con el cuero” explicó Carlos con una gran sonrisa.

También arreglan zapatillas: les cambian la base, la tela y las pegan.

El zapatero reconoce que vive de su oficio pese a los altibajos de la economía argentina. Mira a sus hijos y se  ríen recordando los malabares que han tenido que hacer para mantener el negocio con sus puertas abiertas. “La peor época que tuvimos que vivir fue con la crisis del 2001. Recuerdo que tuve que vender un lote para poder pagar las deudas que tenía”