La memoria se lleva en la piel, como un tatuaje. Aunque Alejandro Mirochnik, sobreviviente del atentado a la AMIA, se haya alejado 700 kilómetros de la Ciudad de Buenos Aires y no frecuente el barrio de Once hace años, el lunes 18 de julio de 1994 viaja con él donde quiera que vaya. 

En cada paso que doy me acuerdo de la AMIA. Mi pierna está quebrada en mil pedazos y a pesar de eso tengo una vida muy sana y muy deportista. Mi pierna sigue quebrada de la rodilla hacia abajo y eso hace que aún hoy me siga doliendo el corazón”, relata Mirochnik a El Sol a horas de presentarse en una charla en la Mansión Stoppel (Av. Emilio Civit 348 de Ciudad) para mantener encendida la llama de la memoria y la justicia, a 28 años del peor atentado de la historia argentina en el que murieron 85 personas.

Ese lunes por la mañana, Alejandro Mirochnik estaba en el edificio de Pasteur 633. Quedó atrapado en un ascensor, con su pierna fracturada en tres pedazos: tibia, peroné y astrágalo. 

En 1994 Alejandro tenía 32 años y hacía 16 que estaba empleado en el Departamento de Prensa de la DAIA. Como cada mañana había salido a buscar los diarios al kiosco de Pasteur y Corrientes. Volvió, y subió al ascensor, pero nunca llegó al quinto piso.

A las 9.53 de aquel lunes la historia de Argentina cambió para siempre: un coche bomba voló el edificio de la mutual. Mató a 85 personas y dejó heridas a más de 300, entre ellas Alejandro, que no se enteró de la magnitud de la tragedia hasta la tarde. Cuando lograron rescatarlo, horas después, supo que hubo un atentado.

Si bien soy un hombre feliz y alegre, hay una congoja desde hace 28 años que se pregunta por qué pasó lo que pasó, qué pasó conmigo, qué me hicieron. Fue un atentado, fue un crimen. Mataron a mi tío Naum “Bubi” Mirochnik, quebraron a mi familia”, reconoce Alejandro.

Y admite con un dolor indeleble: “Creo que nunca se va a saber qué ocurrió en AMIA. No hay interés que esto se sepa”.

Cada día agradece con alegría el estar vivo. Para él, hace 28 años comenzó una nueva vida. Está casado con Marcela y tiene un hijo de 22 años: Joaquín. Y asegura: “Tengo una vida por delante”.

“Desde sus cinco años que le cuento de AMIA a Joaquín, y no lo entendía. A sus 18 años me hizo una entrevista porque es YouTuber. Fue una de las más conmovedoras”, cuenta Alejandro, emocionado e insiste en un mensaje que desde hace 28 años elige difundir como sobreviviente: “No hay que olvidar, a mí me gusta hablar con los jóvenes para contarles lo que pasó y para que se mantenga vivo el pedido de justicia”. 

YouTube video

Consultado por su vínculo con AMIA luego del atentado, Alejandro explica que decidió alejarse. Dos años después del 1994 dejó de trabajar en la mutual: “Escuchar las sirenas cada 18 de julio me hace mucho daño y no quise ir más. Yo me fui de AMIA, hoy vivo en Traslasierra, Córdoba. Rehice mi vida y soy docente”.