También a las teorías conspirativas hay que tomarlas en serio de vez en cuando. Una vez por semana, Roger Launius, historiador del Museo Smithsoniano del Aire y el Espacio, en Washington, comparece ante el público. A sus espaldas hay un modelo del módulo de exploración Eagle, en el que los astronautas Neil Armstrong y Edwin Buzz Aldrin descendieron a la Luna el 20 de julio de 1969.
Muchos de los presentes escuchan a Launius con la boca abierta, asombrados por las palabras del historiador. La llegada de los primeros hombres a la Luna, ¿acaso fue una mentira, un espectáculo filmado en un estudio de Hollywood? En Estados Unidos, ninguna otra teoría conspirativa es tan chistosa y divertida y tiene tan largo aliento.
“A los americanos simplemente nos encantan tales teorías”, dice Launius. Los atentados terroristas del 11 de setiembre del 2001 fueron puestos en escena por el propio gobierno. El presidente Barack Obama, en realidad, no es un auténtico ciudadano estadounidense, y detrás del asesinato de John F. Kennedy en 1963 se esconden oscuros poderes de la industria del armamento: casi ningún pueblo en el mundo se entrega tan fácilmente a las especulaciones más fantasiosas como el norteamericano. ¿Será la consecuencia de la tradicional desconfianza de los estadounidenses hacia toda clase de autoridades?
Apenas habían pasado algunos meses desde el alunizaje cuando empezaron a surgir las primeras dudas. Nunca llegamos a la Luna. Una estafa estadounidense de 30.000 millones de dólares es el título del libro con el que Bill Kaysing dio un fuerte impulso a los rumores en 1976.
El libro se publicó en una época marcada por el escándalo Watergate, la Guerra de Vietnam, con todas sus mentiras propagandísticas y la implicación de la Agencia Central de Inteligencia (CIA, en inglés) en oscuras intrigas.
Sin dudas, muchos ciudadanos estadounidenses estaban dispuestos a creer que “los de arriba” eran capaces de cualquier cosa. En el 2001, el canal televisivo Fox News volvió a alimentar los rumores con una larga emisión. En algunos momentos, hasta 10 por ciento de los estadounidenses daba crédito a la “mentira de la Luna”. Según Launius, “incluso hoy, un promedio de seis por ciento de los estadounidenses” cree en la teoría de la conspiración.
Los argumentos de los que ponen en duda la realidad del alunizaje van desde “la bandera que ondeaba” hasta la “ausencia de estrellas” y “las falsas sombras” en las imágenes televisivas. El argumento central es este: en la década de los 60, la técnica aún distaba mucho de hacer posible la llegada del hombre al satélite de la Tierra. Sin embargo, Estados Unidos, en plena Guerra Fría, simplemente no podía permitirse una derrota ante la Unión Soviética, por lo que, desesperado, inventó una gran mentira.
Una y otra vez, los escépticos sacan a colación, como prueba, la famosa bandera de las barras y las estrellas que Armstrong y Aldrin clavaron en la superficie rocosa de la Luna: la bandera ondeaba al viento, cuando en la Luna no hay ningún soplo de aire. Quienes rechazan la teoría de la mentira alegan que la bandera se movió por las vibraciones que se originaron cuando los astronautas la colocaron en su sitio.
¿Y la ausencia de estrellas? ¿Cómo se explica que no se ven estrellas en las imágenes difundidas por la agencia espacial NASA? El argumento de la NASA es el siguiente: la luz de las estrellas es demasiado débil para que aparezca en las imágenes cuando el tiempo de exposición es normal, un fenómeno que conoce cada fotógrafo en la Tierra.
¿Y las falsas sombras? En las imágenes de la NASA, los objetos y las personas no proyectan sombras paralelas. Sin embargo, como en la Luna la única fuente de luz es el Sol, queda demostrado de forma contundente que todo fue filmado con varios proyectores en un estudio de Hollywood. Aquí también el argumento contrario de los expertos es sencillo: como la superficie de la Luna no es totalmente plana, la proyección de las sombras no puede ser 100 por ciento “correcta”, un fenómeno que también existe en la Tierra.
Silly (absurdo, ridículo), dice Launius cuando en su conferencia semanal se refiere a los argumentos de los que sostienen que todo no fue más que un gigantesco teatro ilusionista. Sin embargo, también él sabe que es imposible acabar con la teoría de la conspiración. “La mejor cosa que podríamos hacer sería volver una vez más a la Luna, simplemente para demostrar que estuvimos allí”, sentencia.