La caída de Bashar al Assad marcó el cierre de 50 años de un régimen opresor sostenido por Rusia, Irán y el grupo libanés Hezbolá. Sin embargo, su derrocamiento deja una gran incertidumbre sobre el futuro de Siria, ahora bajo el control de una coalición islámica liderada por Hayat Tahrir al Sham (HTS), una milicia que anteriormente fue el brazo armado de Al Qaeda.

Estados Unidos y la Unión Europea celebraron la salida de Al Assad y la catalagoron como un “acto de justicia”, pero también señalaron los riesgos que implica este cambio en el frágil equilibrio de Medio Oriente.

La coalición rebelde, apoyada por Turquía, deberá enfrentar el desafío de consolidarse en un país fragmentado por Múltiples facciones, incluyendo a los kurdos, las Fuerzas Democráticas Sirias (SDF) y un debilitado Estado Islámico, que aún representa una amenaza en la región.

El líder de HTS, Ahmad al-Sharaa, conocido anteriormente como Abu Mohammed al Golani, ha intentado transformar su imagen, dejando atrás su pasado como guerrillero islámico. Ahora se presenta como un defensor del pluralismo y los derechos de las minorías.

Sin embargo, su historial de violaciones a los derechos humanos y una recompensa de 10 millones de dólares ofrecida por Estados Unidos por su captura dificultan esta renovación.

Turquía, actor clave en el conflicto, podría desempeñar un papel de moderador en esta nueva etapa. Según Said Chaya, del Consejo Argentino para las Relaciones Internacionales, el futuro de Siria dependerá de si los grupos rebeldes logran acuerdos representativos para el pueblo.

Turquía ha utilizado su influencia en la región, respaldando milicias islámicas y manteniendo bajo control a los kurdos, quienes buscan la creación de un Kurdistán independiente en territorios repartidos entre Siria, Irán, Irak y los propios turcos.

Con la retirada de Irán y Rusia del escenario sirio, surgen interrogantes sobre posibles acuerdos con Turquía y Estados Unidos para moldear el futuro político del país. Además, el próximo gobierno estadounidense, encabezado por Donald Trump, podría redefinir las prioridades de Washington en Medio Oriente, apuntando a una continuidad en su alianza con Israel y un distanciamiento del conflicto sirio.