La verdad es que, hasta ahora, la denominada “guerra contra la inflación” no ha sido más que un compendio de declaraciones altisonantes que no se convirtieron en medidas estratégicas o de fondo para apaciguar la suba galopante de precios.

Lejos de eso, el Gobierno nacional está entrampado en sus disputas internas, donde ya nadie sabe quién tiene el poder para tomar decisiones de alto costo político, como se requieren en este momento. 

El último round lo protagonizaron el secretario de Comercio Interior, Roberto Feletti, y el ministro de Economía, Martín Guzmán, lo que demuestra que la guerra entre los dos bandos que hoy integran el Gobierno es indisimulable. En esos cruces, nadie aporta soluciones. Solo buscan echar culpas y  responsabilidades de los constantes traspiés que repercuten como nunca en una agudización de la crisis social.

En este caso, el kirchnerismo ha decidido jugar fuerte y ya no muestra ni disimulo ni reparos en socavar la figura del presidente Alberto Fernández. Lo hace desde las entrañas mismas del Frente de Todos porque, a pesar de las peleas, quienes responden directamente a Cristina Kirchner mantienen sus cargos en puestos estratégicos.

Mientras esto ocurre, la conflictividad social va en aumento. Hay un diagnóstico claro sobre el drama que está ocurriendo en Argentina en áreas clave: educación, seguridad y salud. A nadie parece importarle. La tensión está puesta en otro lado, cada vez más alejada de lo que necesitan los argentinos.