Llamativamente, Rodrigo de Loredo salió temprano de su búnker para anunciar que había perdido las elecciones para intendente en la Ciudad de Córdoba. Apareció en el escenario con los referentes nacionales que los acompañaban y, sin medias tintas, dijo que su contrincante, Daniel Passerini, había ganado. Hizo un repaso de los principales puntos de su campaña, lamentó la baja participación en las urnas y se ofreció a colaborar con la nueva gestión. Es casi un lugar común, pero lo hizo, y no ocurrió absolutamente nada.

El caso de De Loredo es extraño en estos tiempos de malos perdedores; de resentidos incapaces de leer el mensaje que se desprende de los resultados electorales.

Perder es siempre una oportunidad para hacer un trabajo de introspección y analizar qué pudo haber salido mal. Por qué los votantes no acompañaron o, en todo caso, qué ofrecieron las alternativas que resultaron ganadoras.

En democracia, la derrota debería conllevar la misma responsabilidad que una victoria. No asumirla, no entenderla imposibilita la imperiosa necesidad de tener una oposición fuerte, que sepa corregir errores propios y construirse como alternativa de gobierno en el futuro. Los proyectos políticos exitosos no conocen de cortoplacismo.

Cuando eso no ocurre, los oficialismos se quedan cómodos y, en esa falsa sensación de bienestar, en ese relajamiento, comienzan a surgir problemas que impactan de lleno en las instituciones.