La pobreza en Argentina es tan cruda, tan dramática, que la mera sospecha de que los índices puedan ser manipulados para cualquier aprovechamiento genera desagrado.
La grieta, además de ser política, es el lugar en que cayeron los valores republicanos.
Porque, detrás de los números, en realidad, hay gente que la está pasando muy mal.
Porque todos los días, más allá de lo que marquen las estadísticas, se suman personas que caen bajo la línea de la pobreza. Son quienes, a pesar de tener un trabajo en blanco, no logran un estilo de vida que vaya de la mano del esfuerzo que están haciendo. Son los que, a pesar de pagar impuestos, deben procurar recursos para acceder a sistemas de salud, educación y seguridad mínimamente decentes que el Estado se olvidó de garantizar.
O, peor, necesidades básicas que el Estado no puede ni quiere satisfacer.
Si no se toman en serio los datos, si existen dudas sobre el origen o si hay pruebas de que fueron adulterados, entonces no queda ningún tipo de esperanza de que haya un sector buscando soluciones. Lejos de eso, es el problema, enquistado y socavando, que evita cualquier posibilidad de crecimiento.
No queda ni una pizca de pudor. Se ve en las peleas públicas, en las internas del poder para beneficios de pequeños sectores que gozan de privilegios. Se observa en la fantasía en la que viven algunos personajes que desprecian por completo el sufrimiento de un pueblo casi sin expectativas.
A nadie le interesa la pelea de Cristina Kirchner con Alberto Fernández. Mucho menos si la pareja del presidente juega a la princesita de revista.
Tampoco que los índices de pobreza en Mendoza varíen hacia arriba o hacia abajo. La realidad está en la calle, ahí se están dando situaciones críticas y parece que nadie las ve.
