Foto: Gemini

No sé tejer. Me gustaría saber. Las personas que conozco que son buenas en crochet o en dos agujas hacen cosas preciosas y además disfrutan mucho de esa actividad. Una vez una mujer me dijo que a ella, tejer, le ordenaba el pensamiento. Colores vivos o neutros, lanas, hilos, más gruesos, más finos, de aspecto rústico o de una suavidad extrema.  Las texturas diferentes van tomando forma, hasta hay quienes se atreven a dibujos complicados, guardas grecas en la parte de debajo de un pullover o en la delantera de un chaleco. Las manos van por un lado, la cabeza va por otro. Hace muchos años se habían puesto de moda las máquinas de tejer, Knittax y Jukicard eran las marcas más conocidas. Una especie de carro se deslizaba por un tablero, una pasada, una vuelta de tejido. Además se podía hacer diferentes puntos, jersey o fantasía, y hasta se podía combinar colores usando el portaovillos. El telar ya es otra cuestión, requiere más compromiso del cuerpo, no son sólo las manos y la cabeza vagando por ahí. La trama y la urdimbre. Según el tamaño del telar hay que estar parada y levantar los brazos y estirarse para llegar a pasar los hilos y que la tela se vaya armando.

Hace unos días leí que durante la Primera Guerra Mundial los servicios de inteligencia de Bélgica convocaban a mujeres  que vivían cerca de las estaciones de tren para que observaran y luego registraran en el tejido muchos datos: los horarios, las cargas, la cantidad de vagones de los trenes alemanes y lo que les pareciera importante. Claro que ese registro era cifrado, en los puntos se armaba un código, la técnica se llama esteganografía una manera de comunicar mensajes de manera secreta. Tejer como una forma de espionaje. ¿Quién iba a desconfiar de viejecitas tejiendo en el banco de un andén? Sin embargo, la entrega de la prenda “cifrada” implicaba riesgo. Ya en la Segunda Guerra Mundial en Londres se creó una organización secreta que realizaba ese tipo de operaciones encubiertas. Una chica de esa organización, una espía, se lanzó en paracaídas en Normandía, debía recabar información del enemigo en esa región. Llevaba su kit de tejido.  Los datos que iba conociendo, los codificaba, armaba puntos donde se podía descifrar luego todo lo que había podido averiguar. “Escribía” en inocentes tricotas de lana.

Más allá de usar códigos secretos, si se piensa con detenimiento, a veces escribir es como tejer. La única diferencia es que las manos van al teclado y registran los rumbos de la cabeza. No se  disocia ni se hace un esfuerzo por disimular lo que se quiere contar. El texto es el tejido. Cada palabra, cada letra es equivalente a una cadenita, una vareta o una vuelta de Santa Clara. Y los pensamientos se ordenan.

Según lo que se quiera decir o a quien vaya dirigido el mensaje, se elegirán diferentes palabras, se escribirá un WhatsApp o se enviará un mail. O quizá se pueda tejer una bufanda a esa persona especial a quien queremos tanto. O  escribirle una carta de amor en papel perfumado. Es casi lo mismo.