No puedo soslayar un tema que desde muchos años ha sido tan debatido y que periódicamente aparece, inevitablemente. No se ha logrado un acuerdo coherente. Además, las opiniones son casi enfrentadas. Para traer un poco de luz entre tanta oscuridad de pareceres, sugiero que, en primer lugar, tengamos en cuenta la plétora de casos que se van presentando.
Indudablemente, las creencias religiosas, como de costumbre, pretenden mezclar las leyes divinas con las terrenas. Opino que debemos respetar ambas, pero nadie puede arrogarse ser dueño de una verdad absoluta. Concretamente digo que ante el diagnóstico certero y probado de muerte cerebral, las dudas pasan a integrar falsas esperanzas basadas en posibles milagros. No pretendo incursionar en el tema esotérico, teológico y, en definitiva, de la fe, que propugna una virtud en base a episodios no confirmados. A la altura de nuestros conocimientos médicocientíficos se puede aseverar que el diagnóstico correcto es irreversible.
Deseo agregar que la medicina no es una ciencia exacta, pero las decisiones deben también estar avaladas por el sentido común (el menos común de los sentidos) basado en la experiencia, responsabilidad, ética e innumerables factores, que pueden reglarse. Personalmente opino que el límite entre mantener la vida del paciente y el hacerlo durar a pesar de que ya está en estado vegetativo es bastante claro.
El método de los transplantes lo tiene como premisa en sus procederes. No pretendo cerrar el diálogo ni mucho menos, pero desearía que, juntos, reflexionemos sobre cuando es el mismo paciente quien no desea seguir existiendo y su decisión está certificada por un estado de lucidez aceptable. Por supuesto, no es un tema sepultado, perdonando la expresión. No debemos perder la capacidad de asombro y, por supuesto, el contacto con la realidad, para no caer en mezquinos pretextos afectivos, espirituales o emocionales. Con todo respeto,“por ver el árbol, no vemos el bosque”. ¿Existirá un libro, no tan sagrado, de praxis terrenal? Por supuesto, es la vida misma, sin vericuetos ni mistificaciones, al igual que la muerte.
