Tomarse vacaciones de una misma es un lujo muy económico que una puede darse de vez en cuando. En mi caso particular, por ejemplo, eso ocurre cuando llevo a mi hijo a la plaza. Allí, un sinfín de estímulos externos me alejan de mis hondas preocupaciones acerca del ser y la nada (en realidad mis preocupaciones más bien rondan el hecho de cómo no hacer nada y poder ser, pero shhh, no se lo digan a nadie).

A continuación, algunas de las actividades que me ocupan in situ: subir a la calesita, a las hamacas, al sube y baja, esquivar al señor que alquila los autos a batería y vende pochoclos y globos de helio (¡sus precios son a mano armada!).

Y, tema aparte, otro ítem que me interesa especialmente es hacer todo lo posible por no entrar al arenero, lo cual jamás me resulta posible, dado el gran atractivo que tiene ese reducto para el público infantil. Un lugar donde la convivencia con otras madres resulta inexorable y entonces a mí no me queda otra que salir enseguida de mis aposentos internos, para escuchar algo más que mis pensamientos acerca de la necesidad de comprar brócoli en el camino de vuelta a casa.

Vamos, que no soy lo que se dice una “chusma de barrio”, pero sí, reconozco que puedo quedarme quietita y silenciosa para no perderme detalle de sus largas conversaciones mientras ¿miran? jugar a sus hijos. Es que –confieso- lo que charlan no tiene desperdicio.

Antes que nada me gustaría ser honesta y contarte algo: detesto los areneros. En serio. No me gustan y es más, me revienta introducirme en ellos vestida de oficina, aunque mi alegría mayor sea llevar a Félix a la plaza al salir del trabajo. Pero te lo digo para que no creas que soy un encanto de madre a la que no le importa que su hijo se trague medio kilo de arena pisoteada por chiquitos traviesos. Eso, en el mejor de los casos. En el peor: que el arenero en cuestión sea el gran inodoro de los perros y gatos de la zona; vacunados y limpitos, puede ser, pero perros y gatos al fin. Por no mencionar la invasión de palomas obesas que sólo se mueven para llegar hasta el maíz que les tiran los chicos.

Créase o no, a mi hijo le encanta introducir una palita llena de esa arena dentro de su boca y luego masticarla, mientras hace ruido a vidrio moliéndose entre sus dientes. Verlo ya me produce cierta inestabilidad estomacal, pero de repente eso deja de inquietarme cuando desplaza la palita hasta su pelo. Entonces una montaña de arena –y asumo que también de piojos- se acumula sobre su cabeza y él me mira con esa cara imperturbable de estar haciendo algo fuera de la ley.

Pero hablemos de las madres del arenero. O mejor dicho, las dejo hablar a ellas, en este breve fragmento del diálogo que escuché la última vez y que te comparto.

–Madre 1: (…) porque aparte yo te digo una cosa: un buen jardín tiene que ser bilingüe. ¡No te queda otra! Yo prefiero invertir en eso, porque después queda con buenos contactos para cuando sea grande.

–Madre 2: No, no sé… yo prefiero que vaya a un jardín que tenga taller de arte, porque el gordo es re creativo y quiero desarrollarle esa faceta. Hay uno por acá que tiene mucho Dalí, mucho Picasso; eso me gusta. ¿No viste que tiene personalidad de artista? Y si no un público, que son bárbaros y además está buena la diversidad.

–Madre 3: ¡Ay mi gorda también, tiene una sensibilidad tan increíble! Me parece que voy a tener que mandarla a un taller de comedia musical. Los viernes tendría que ser, porque es el único día que tiene una hora y media libre, entre el jardín e inglés. Ella va a doble escolaridad, ¿los de ustedes no?

–Madre 1: No, pero lo pienso, eh.

–Madre 2: ¡Yo ni loca! Los chicos tienen que tener espacio para el ocio creativo… ¿Por qué mejor no probás con mandar a tu gorda a uno divino que se llama Jardín de Paz?

(Paréntesis: Yo chocha con el concepto de la Paz, pero el nombre me daba más a cementerio parque, qué se yo. Nada, no me hagan caso, un pensamiento que se me cruzó nomás).

Así, mientras las tres madres planeaban el futuro de sus respectivos hijos, las criaturas se tiraban del tobogán a una velocidad que daba miedo, y luego pendían del pasamano trenzándose en una pelea de cuerpos por ver cuál quedaba colgado más tiempo, hasta que caían y se aplastaban entre sí, llenándose de arena y dándose patadas.

En cierto momento la única nena del trío, de unos 4 años, más o menos, se acercó hasta mí con sus dos colitas preciosas y sin darme tiempo siquiera a decirle “hola que tal, cómo te llamás, cuántos añitos tenés” me vació un balde lleno de arena húmeda sobre las botas de cuero. Acto seguido, corrió a abrazar a su mamá que aunque estaba a medio metro de distancia ni se percató de los acontecimientos.

En fin. Seguí observando las asquerosidades que mi hijo trataba de introducir en su boca, una vez que la arena le dejó gusto a poco y entonces se dejó tentar por una colilla de cigarrillos, un cordón viejo, un chicle masticado, un papel de caramelo, un bicho con alas, un caracol (¿de qué playa sería esa arena gruesa y marrón?)… Esas cosas de arenero; especie de rejunte universal de desperdicios que después suele trasladarse siempre a mi casa.

Y vos: ¿cómo te llevás con las arenas urbanas?