El verdadero amigo no puede tener dos caras. Los antiguos no olvidaban el carácter moral de la amistad ni que la amistad no siempre es sincera o recta. El mismo Siracida, en el contexto de su elogio a la amistad sincera, previene: “Hay quien es amigo cuando le conviene, pero que no te acompañará el día de la tribulación”. Cicerón, por su parte, también recoge prudentes consejos: “Sea, pues, la primera ley de la amistad no pedir cosas vergonzosas a los amigos ni hacerlas si se nos piden”, y, matizando más “Si establecemos como norma justa el conceder a los amigos todo lo que quieran y conseguir de ellos todo lo que nos plazca, será menester una sabiduría perfecta para que tal condescendencia no peque de viciosa”. Tampoco dejaban de lado la prudencia en la relación con los amigos; así el Talmud invita a la discreción: “Tu amigo tiene un amigo, y el amigo de tu amigo tiene otro amigo; por consiguiente se discreto”; ni tampoco el dejarse llevar por la adulación que produce falsos amigos: “La complacencia nos produce amigos; la verdad enemigos” (Terencio). En un tono más positivo, Bernardo de Claraval señala: “Quien es verdaderamente amigo, alguna vez corrige, nunca adula”. Basilio el Grande nos previene contra la envidia, diciendo que “es la plaga de la amistad”. La razón ya la dio Salomón: “El hombre es envidiado por su propio compañero”, en el sentido de que no existe envidia entre los que no se conocen, sino entre los muy familiares.
