Trabajé toda mi vida y ahora, que puedo hacer una pausa y dedicarme a otras cosas, me siento una vaga”. “Me voy a Europa después de ahorrar mucho tiempo y no puedo evitar sentir culpa frente a otros que no pueden pagarse el viaje”. “La semana pasada me compré una campera que me encantaba, gasté unos pesos de más y ahora no la puedo disfrutar”. “Necesito salir un poco más con mis amigas, pero me siento mal si dejo a mis hijos al cuidado de otros”. “Me da no sé qué no llamar muy seguido a mis padres que viven en el interior y están viejitos”.

¿Quién no tuvo este sentimiento alguna vez? Son muchas las situaciones en las que aparece en nosotras la culpa, esa sensación de estar haciendo algo malo o de no estar haciendo lo que deberíamos hacer; ese sentimiento que asoma, vuelve y puede convertirse en una mochila muy pesada. ¿De dónde viene la culpa? ¿Por qué nos sentimos culpables y qué podemos hacer para aliviarlo? ¿Qué hay de cierto en la idea de que las mujeres somos más culposas que los varones?

Una vieja amiga decía, entre risas, que las mujeres sufrimos de “nosequeismo”, de ese sentimiento que no podemos poner en palabras con claridad y expresamos con un vago “Me da no sé qué”: “Me da no sé qué dejar a los chicos por dos días, pero tengo que viajar por trabajo”; “Me da no sé qué irme antes de vacaciones, pero no aguanto un minuto más sin descansar”; “Me da no sé qué no ayudar a mi amiga a preparar su examen… ¡no puedo decirle que no!”.

En Sophia quisimos preguntarnos por qué las mujeres sentimos culpa por todo y para eso fuimos a consultar a varios especialistas. Antes de empezar, estuvimos de acuerdo en que no es lo mismo sentirnos mal por una situación por la que somos realmente responsables, o por haber dañado a otros, que asumir culpas o cargar con situaciones que no nos corresponden, ser tan culposas.

Diego De Mare, médico especializado en Psiquiatría, nos ayuda a entrar en el tema confirmando nuestra hipótesis inicial. “En términos generales, las mujeres poseen una mayor conciencia empática, esto es, una mayor sensibilidad por lo que el otro pueda sentir y por lo que hacen o dejan de hacer los demás –explica–. Al tomar demasiado en cuenta los sentimientos de los otros, e intentar satisfacer plenamente sus deseos y necesidades, las mujeres pueden sentirse en mayor medida culpables. Esta actitud es típicamente femenina y aparece, a veces, aun cuando no exista una demanda desde afuera”.

Desde su perspectiva y experiencia en el consultorio, agrega que con la vida que llevamos en las grandes ciudades, tan exigida para las mujeres, es más difícil no sentir culpas: “Las mujeres tienen muchos “frentes abiertos”. Por un lado, deben desarrollar una vida familiar y personal plena; tener salud, verse bien, mostrarse felices… y, por el otro, tienen que trabajar un montón de horas, estar actualizadas, ser eficientes y apoyar a sus maridos, muchas veces en condiciones desfavorables y con preocupaciones por un futuro que en ocasiones es incierto. En este contexto, siempre terminan sintiéndose en falta, y eso genera culpa. Lo importante es ver que esto ocurre por la imposibilidad de cumplir con tantas exigencias a la vez y no porque uno no intente hacer las cosas bien”.

Señal de alerta

Pero ¿qué rol cumple la culpa en nuestras vidas? Los especialistas dirán que, si aparece como un sentimiento de incomodidad cuando hacemos algo que sentimos que estuvo mal, la culpa que implica responsabilidad puede ser algo positivo; una señal de alerta que nos ayuda a corregir errores y a ser coherentes con nuestros valores. Ahora, cuando la culpa se convierte en una reacción exagerada por cosas de las que no somos realmente responsables o culpables, termina por convertirse en un sentimiento que nos controla y nos limita, quitándonos libertad de acción.

Los psicólogos hacen una diferencia entre la “culpa reparatoria”, aquella que nos permite pedir disculpas y reparar nuestro error, y la “culpa persecutoria”, que es esa que nos “persigue”, no nos permite perdonarnos y nos impide vivir tranquilamente.

“Los seres humanos de todas las culturas sentimos culpa, a excepción de los psicópatas, al darnos cuenta de que dañamos a otro –explica la psicóloga y antropóloga Fabiana Porracin–. En función de esto, la culpa es sana, constructiva, útil y necesaria”. Una cosa es tener buenos valores y ceñirse a una conducta y conciencia moral recta y otra cosa es ser culpógeno y sentir culpa cuando no deberíamos tenerla. Según De Mare, hay que marcar una diferencia entre ser culpables y ser responsables: “Desde la terapia, de lo que se trata es de construir personas más responsables y menos culposas”.

Virginia Gawel, psicóloga y docente, vincula la culpa femenina a la autoexigencia. “A la hora de hablar de ser culposo, hay tipologías que conviene tener en cuenta. En las personas muy autosuficientes, hay un ideal que lo abarca todo y una entrega o un compromiso a una causa que podría ser una empresa –explica–. Cuando el parámetro no se cumple, viene la culpa porque el ideal estaba muy alto. La solución para este problema es apelar a la sabia compasión e intentar bajar el nivel de expectativas, y ser amables con las limitaciones propias y ajenas.”

La especialista sugiere ser valorativos en relación con quiénes somos y quiénes son los demás, y reemplazar los ideales por objetivos. A un objetivo se puede llegar más cerca o más lejos. Un ideal, en cambio, siempre está lejos.

“Por razones culturales es bastante común que la buena gente sea gente culposa. Al buscar vivir ejerciendo valores, se tiene un alto nivel de autoexigencia y no es raro, en esa exigencia, caer en el automaltrato. Cuando uno no se trata bien a sí mismo y se exige demasiado, no es difícil encontrar sucursales afuera, esto es, maltratadores exigentes, personas que remarquen que lo que hicimos está bien pero no es suficiente. Si eso viene desde afuera y desde adentro engancha con mucha autoexigencia, el resultado es la culpa”, dice Gawel.

Permiso para disfrutar

Si nos remontamos en el tiempo, en la generación de nuestras madres y abuelas era muy común encontrar a mujeres sufridas o “fregonas”, que no se permitían salir y disfrutar porque tenían que lavar la ropa, ocuparse del marido y los hijos, y trabajar de sol a sol.

“En aquellas épocas en las que a las mujeres se les inculcaba tan fuertemente el mandato de ser serviciales, sumisas y aceptar el trato que fuere, cualquier situación que llevara al sentimiento de placer generaba culpa porque las distraía de su mayor cometido en la vida: servir a los demás”, explica Diego De Mare para aclarar que, felizmente, algo está cambiando y hoy las mujeres ganamos una mayor autonomía y el derecho a disfrutar, más allá de las obligaciones matrimoniales y domésticas.

“A las personas que han vivido toda su vida haciendo “lo que se debe hacer” les resulta mucho más costoso y trabajoso aprender a vivir sin culpa”, agrega Fabiana Porracin. Para la especialista, la culpa tal como la entiende la cultura judeocristiana ha dejado marcas imborrables y condicionantes en muchos de nosotros. El trabajo, entonces, será sacarse lo que ella llama “una anteojera” para poder vivir mejor.

Cuando la culpa funciona como barómetro emocional, los sentimientos pueden servirnos como señales de alerta para revisar áreas de nuestra experiencia en la infancia que no han sido elaboradas y de las cuales necesitamos ocuparnos. Si cuando éramos chicos nos decían que no hiciéramos determinadas cosas bajo amenaza de castigo, lo más probable es que en algún lugar sigamos esperando que llegue una reprimenda en el momento menos pensado. “Si la persona que hoy siente culpa tuvo que lidiar con padres o profesores que la hacían sentir culpable con frases como “Deberías avergonzarte por lo que hiciste” o “Tendrías que haberlo hecho mejor”, quizás haya que revisar ese recuerdo y alivianar esa pesada carga”, explica la psicóloga Cecilia D”Felice.

Disminuir la culpa

Lo importante es ver qué podemos hacer con los sentimientos de culpa cuando se enciende la campana de alerta. Aprender a verlos como una oportunidad para empezar a cambiar conductas puede llevarnos un tiempo, pero tendrá su recompensa.

Todos queremos ser mejores como pareja, como padres, como amigos y empleados, pero si el sentimiento de responsabilidad se agolpa sobre nuestras espaldas volviéndose abrumador y nos lleva a olvidarnos de nuestras propias necesidades, eso finalmente no ayudará a nadie.

“Lo primero que le aconsejaría a una persona típicamente culposa –dice D”Felice– es que se pregunte si lo que está haciendo realmente debería hacerla sentir así. En mi experiencia con los pacientes, nueve de cada diez veces esa persona no debería sentirse culpable”.

Gawel propone trabajar con la culpa, para liberarnos de la angustia que nos produce, revisando lo que hemos hecho, pero sin castigarnos: “Hay personas que tienden a generarse culpas por los condicionamientos socioculturales, como si consideraran que la culpa es parte del bien. Desde ciertas miradas, muchas veces se malentiende la espiritualidad y hay que sentir culpa por tener éxito, felicidad, talentos o bienes materiales, y, desde ese lugar, la persona puede hasta autosabotear lo que tiene o le pasa. La espiritualidad bien entendida no dice que no disfrutemos de la vida, sino que, por el contrario, encontremos la felicidad y disfrutemos de ella como un derecho y hasta como un deber, porque si nos fue dada, no puede desperdiciarse. En todo caso, podremos pensar en nutrirnos de ella para compartirla con los demás”.

Diego de Mare sugiere pedir ayuda terapéutica cuando la alarma de la culpa suena demasiado seguido. “A una mujer que siente culpa por todo puede servirle una terapia que la ayude a reconstituirse como sujeto autónomo, como individuo y no como objeto del deseo de los demás –aconseja–. La terapia puede ayudarla a apropiarse de su propio deseo de vida, a reconstituir su autoestima y a legitimar las consecuencias positivas y placenteras de sus acciones y sentimientos. La idea, finalmente, será que vea que puede darse permiso para disfrutar”.

Virginia Gawel recomienda un ejercicio de amabilidad para adoptar: intentar tratarnos a nosotros mismos como tratamos a los que más queremos. “Si sentimos culpa cuando estamos paseando, descansando, cuidando de nosotras mismas y pasándolo bien, lo bueno será reconocer ese sentimiento y trabajar para que desaparezca poco a poco. Este trabajo puede llevar un tiempo; es un trabajo de observación de uno mismo para aprender a ser más gentiles con nosotros mismos, que no es ni más ni menos que lo que haríamos con un amigo –señala–. A un amigo le diríamos con gusto: “Descansá tranquilo, merecés este descanso, trabajaste todo el año, disfrutá del viaje”. ¿Por qué no decirnos lo mismo a nosotros mismos?”.

¿qué hacer?

El desafío es convertir la culpa en…

• Una señal que sirve para cuestionarnos por qué hacemos lo que estamos haciendo y para entender cuál es la conducta por la que sentimos culpa.

• Un momento de reflexión para ver cómo surgió la culpa, sin entrar a desvalorizarnos ni hundirnos en la crítica y el sufrimiento.

• Una oportunidad para reparar el daño causado o para pedir perdón a las personas afectadas por nuestra conducta.

Si el sentimiento de culpa nos afecta de tal forma que nos impide un análisis claro, conviene pedir ayuda a un profesional. Un buen terapeuta puede ayudarnos a desestructurar la culpa y a entender por qué nos reprochamos sin límite.