“Bailar es expresar cosas con el cuerpo. Unas lo hacen de una manera y otras de otra. Todas son válidas si uno dice la verdad con el cuerpo”, repite Elsa Agras. Y luego, aparece un torbellino de ideas y recuerdos. A los 86, su voz, su cabello blanco nieve y su bastón no son los propios de la ancianidad sino los de una mujer recorrida por las huellas del tiempo, la sabiduría y un espíritu más inquieto que nunca.
Nació en Villa Urquiza en 1925 y ha dedicado gran parte de su vida a la danza. Pero fue a los 76 que encontró su verdadera vocación: enseñar a bailar a mujeres adultas que nunca habían bailado antes. Así, hace 16 años, en un galpón que le prestó un amigo en Palermo, creó el Ballet 40/90, una compañía de danza que hoy tiene más de 60 bailarinas y varios espectáculos. Sobre el escenario sus producciones despiertan ganas y un afán de superación que conmueve. Sea un tango, una habanera, un valsecito criollo o una ronda con música celta, los 40/90 son mucho más que un espectáculo de baile de quienes mueven el cuerpo en orden y compás, sino que transmiten la verdadera alegría de vivir. Ni una de las integrantes es ni ha sido una profesional de la danza. Por el contrario, las luces, las lentejuelas y los aplausos eran una cuenta pendiente en sus vidas que habían postergado por la maternidad, la profesión o el olvido de sí.
Con talento, sensibilidad y una amplia formación en danza clásica, teatro y Clown, Elsa y sus “chicas”, como a ella le gusta llamarlas, crean los espectáculos más desopilantes y divertidos que dejan a los espectadores con una sensación de alegría y vitalidad digna de experimentar. Tal es así, que la historia de este ballet despertó la curiosidad de Darío Doria, un documentalista que la convocó para filmar “Elsa y su Ballet”, un documental sobre su trabajo que se estrenará en noviembre de este año. Y eso no es todo, el próximo 19 de agosto presenta su próximo espectáculo “A los hechos, pechos”, en el Teatro Garrick de Caballito.
Elsa nos cuenta todo sobre el ballet que creó y que aún dirige con el entusiasmo del primer día. Agras es, sin dudas, una mujer fuera de lo común que ama la danza como a la vida misma.
¿Cómo presentaría a al ballet para quien no lo conoce?
El Ballet 40/90 empezó hace 16 años de una manera rara, artesanal. Yo quería que pudiera bailar gente que nunca había bailado, que por algún motivo nunca pudo. Un amigo me prestó un lugar en Palermo y ahí empecé. Hice propaganda con la comisión de fomento de Palermo. Y vinieron dos personas. Pero no tenía claro qué quería. Yo no creé un ballet. El ballet me creó a mí. Aprendí a ver lo que hacía y a ver qué me respondían mis alumnas. Cuando convocamos a los interesados, aparecieron personas de distintas edades, lo cual me dio la idea de que no había por qué hacer esa diferencia generacional. Odio la frase “tercera edad”. Por eso el nombre 40/90. 40 es joven, 90 no, y sin embargo todas bailan juntas. Por eso negamos el rótulo tercera edad.
¿Todas quisieron cumplir algún sueño postergado?
Algunas sí. Otras llegaron con curiosidad y se entusiasmaron porque empezaron a descubrir cosas. También es un lugar de contención para las chicas. Se ayudan entre ellas, han dado pasos en sus vidas que no se animaban a dar. Algunas se divorciaron (se ríe). Hay mucho empeño. Allí se conectan con sus ser, aparece la sensualidad. Para enseñar no sólo es importante saber bailar, sino ser capaz de despertar sensaciones.

¿Cómo fue su formación?
Yo estudié danzas muchos años con muy buenos maestros. María y Ángeles Ruanova fueron mis grandes maestras, así como Esmée Bulnes. Nunca pude ser profesional, porque eran otros tiempos y no me dejaban. Pero sí me dejaron enseñar. Enseñé danza en mi barrio desde los 16 hasta los 42 años, hasta que a mi padre lo atropelló un colectivo y dejé todo, y me dediqué a otras cosas. Años después, a los 76, retomé ese camino. Me volvió la idea de bailar y seguir enseñando. Pero probablemente si yo hubiera seguido mi carrera en la danza no hubiera podido llegar a armar esto. Hubiera estado bastante más estructurada a mis 86 años.
¿Qué hizo durante el tiempo en que no trabajó?
En el lapsus me dediqué a aprender técnicas corporales como el clown. Me contacté con Marcelo Katz y hago clown con él hasta el día de hoy. El clown me llena de ideas y de libertad que aplico después en mis clases.
¿Cómo es una clase?
Trabajo con grupos de a 20. Doy clase en el mismo lugar donde voy a presentar el espectáculo. Primero hacemos un calentamiento de cuerpo. Pero eso lo hacemos jugando. Las técnicas las aprendo en el clown y otras las invento yo. Porque también hay que calentar el espíritu. Siempre hay un motivo para jugar. Es notable lo que logran las chicas. Jugamos por ejemplo “a la mancha culo”, es la mancha pero hay que tocarle la cola a la otra. Pero lo más lindo es que se ejercita la capacidad de asombro. El asombro , el poder de la imaginación y la risa son cosas que uno no debe perder nunca.
¿Siempre trabaja con mujeres?
Somos mujeres porque los hombres no han venido, no porque no queramos hombres. Aparece la cosa machista me parece. Tuve un hombre que el día de la función me dijo enseguida vuelvo… y nunca apareció. Se fugó. Después no vino nadie más. Tengo en mi clase dos mujeres de más de 80. Cuando las veo me agarra un ataque de ternura.
¿Qué es el ballet para usted?
El ballet tiene una característica que es la alegría y la libertad. Es una aventura dentro de uno y que se comunica en el escenario. Bailar es expresar cosas con el cuerpo. Unas lo hacen de una manera y otras de otras. Todas son válidas si uno dice la verdad con el cuerpo. Es una disciplina que genera algo vital en quién lo ve. Es un canto a la vida.
¿Recuerda su primera actuación?
A los 8 años. Tengo una foto. Fue en la casa suiza en una fiesta de fin de curso. Bailé un Cakewalk con maracas, un baile del sur de estados Unidos. Se llama así porque a los que bailaban mejor les regalaban una torta. Desde ese día no dejé nunca de bailar. Tuve un accidente hace 14 años, y desde entonces uso bastón, pero eso no me impide bailar. Sigo con mis temporadas de clown.
¿Con el bastón?
Sí, es muy gracioso porque son todos jóvenes y salgo yo con mi bastón al escenario. Pareciera que lo que hago no es tan malo porque la gente se ríe bastante…
¿Quiénes han sido sus referentes?
Pina Bausch, sin dudas. Tuve el honor de conocerla personalmente en un camerino en Wuppertal, Alemania. Estuve con su elenco también. Nunca me voy a olvidar.
¿Qué le quedó de ese encuentro?
Todo. Soy absolutamente “pinabauschiana”. Desde que la conocí empecé a mirar todo con otros ojos. Me enamoré tanto de lo que ella hacía que al menos una vez por semana miro lo que hace. Me gusta su ironía y su desconcierto. Muchas de las obras que monto están inspiradas en ella. Soy muy irreverente con los pasos, y no son fáciles. Eso lo aprendí de Pina porque admiro la libertad y la inteligencia llevada al escenario.

¿Cómo se hace para llegar con tanta vitalidad a los 86 años?
Tengo la teoría de que la gente se va a muriendo de a poquito. Lo que me interesa está arriba. Por eso no le escapo a la muerte ni me interesa parecer más joven. Es para mí una forma de aprovechar la vida. El cuerpo se puede ir deteriorando pero la mente no, si uno alimenta las neuronas siguen vivas. En los tiempos que corren, hay un menoscabo de la ancianidad. Como que el anciano se tiene que quedar en la casa, o salir con un familiar. A uno lo van acomodando a ciertas reglas y a mí no me gustan las reglas, prefiero aprender. Yo dirijo el ballet pero también sigo aprendiendo. El cineasta Juan Manuel de Oliveira tiene 101 y está filmando una película. Para mí es un ejemplo, yo trato de aprender de esas personas.
¿Qué es lo que más placer le da en esta etapa?
Tengo muchos placeres. Uno de los más lindos son mis nietos. A veces se cree que cuando uno se dedica a esto abandona a la familia. Lo que yo hago también tiene que ver con el amor a mi familia. Saben que yo me muevo, hago cosas aparezco por televisión. Para mí es otra forma de amor. Yo no les pido que me acompañen a ningún lado. Elijo dar antes que pedir.
¿Un ejemplo?
Después de mi accidente me aconsejaron que no tomara más colectivos. Pero el otro día me dieron ganas de subirme al 95. Y le dije al chofer que iba a ir hasta la terminal. Yo estaba paseando. Él me dijo: “¿usted no conoce buenos aires?” Yo le dije que vivía en el exterior, en Oslo. Cuando le dije eso el señor se puso más amable. Y me empezó a mostrar la ciudad. Me divertí muchísimo. Son momentos libres, de juego. Tenemos que aprender a jugar. Como dice Fellini: “Todo el mundo en alguna etapa de su vida debería hacer clown” y yo lo deseo fervientemente.
Ahora está trabajando en su próximo espectáculo.
Sí. Se llama “A los hechos, pechos” un espectáculo en donde mostramos que no le tenemos miedo a los hechos, le ponemos el pecho. También me gusta el Teatro Garrick, donde vamos a hacer la función. Es un teatro en la Av.Avellaneda, en Caballito que tiene la idea de llevar la cultura a los barrios. Eso me encanta, yo siempre fui maestra de barrio, aunque mi formación no es de barrio.
¿Con el tiempo fue desarrollando cada vez más creatividad?
Quizá sí. Este año estoy muy entusiasmada con lo que voy a hacer. Sobre todo cuando los bailes me salen redondos. Creo que tiene que ver más con lo que se busca en los años que con los años. Estoy cada vez más preparada porque sigo estudiando. De mi profesor de clown recibo muchísimo…
¿Cómo surgió el documental?
El documentalista Darío Doria fue a ver una exposición de fotos entre las que había una del ballet. Le contó a un amigo y su amigo le dijo que su madre estaba en ese ballet. Sorprendido vino a ver una clase y se entusiasmó. Empezó a venir seguido. Filmaba tanto que para nosotras fue algo natural, no sabíamos cuándo estaba grabando y cuándo no. Cuando vimos la película nos emocionamos mucho, llorábamos y nos abrazábamos. Ahora tengo ganas de escribir lo que fue esa filmación para nosotras.
