FERNANDA, 37 AÑOS

“Con tres amigas muy queridas, desde hace un tiempo nos juntamos a cocinar. Caro, la más grande, es una sibarita de aquellas y se lo pasa buscando condimentos y elementos nuevos en el Barrio Chino o en los mercados y mercaditos. Lo que hacemos, una vez por mes, es preparar comidas de diferentes países: México, Japón, Italia, Marruecos, Vietnam. Seguimos las recetas al pie de la letra y lo pasamos genial. Mientras cocinamos, tomamos un vinito, arreglamos el mundo, nos reímos, nos ponemos al día y después nos comemos todo. Muchas veces invitamos a algún otro amigo, pero nunca somos muchos. Queremos que el placer o la panzada sigan siendo nuestros, para pocas”. 

CAROLINA,32 AÑOS

“Tengo unas amigas con las que somos súper unidas y hace tres años a una de ellas se le ocurrió una idea genial: que cada una de nosotras organice un programa distinto y original una vez por mes. Como justo somos cuatro, decidimos que los miércoles sean nuestros, así que tengo que pensar y organizar una salida cada treinta días, y el resto de los miércoles, “obedezco” y lo paso espectacular. Es muy lindo porque se hizo como una suerte de competencia, pero una competencia amorosa, para ver a quién se le ocurre la mejor idea; lo bueno es que gana una sola, entre comillas, pero ¡lo disfrutamos todas! Nos juntamos a las ocho de la noche en la casa de una y ahí la organizadora nos dice si vamos a una función de circo, al teatro, a ver ópera, a comer a un lugar nuevo u original, a recorrer las calles de algún barrio que no conocemos… Hacemos de todo, pero lo mejor es que dejamos maridos o novios y nos divertimos juntas un largo rato. Todavía no tenemos hijos… vamos a ver qué pasa después. Es un encuentro que nadie se quiere perder”.

SANTIAGO, 65 AÑOS

“Desde que me jubilé, pude dar rienda suelta a un montón de intereses que tenía pendientes. Soy muy amiguero, cultivo la amistad con mis amigos, los cuido, los quiero, los disfruto todo lo que puedo y a lo largo de la vida he tenido grandes compañeros, pero hay una persona que llegó a mi vida hace solo tres años y se convirtió en un compañero de ruta. Con Enrique, lo que nos unió al principio fue la pasión por los barcos y así hemos viajado juntos durante meses el año pasado, pero ahora tenemos un nuevo ritual que nos encanta compartir.

Hemos descubierto la bicicleta y los fines de semana nos subimos al auto y rumbeamos para Capilla del Señor, San Pedro, o nos vamos en lancha a la Isla Martín García. Dejamos el auto y armamos recorridos por un par de pueblos, y andamos un promedio de 150 kilómetros por día.

A los dos nos encantan los pueblos y la naturaleza, así que vamos de un lugar a otro, hablamos de nuestras cosas, comemos en los bodegones que encontramos en el camino y volvemos siempre con quesos y cosas típicas. Hacer estas escapadas nos permite un contacto con una vida más simple y, de paso, no nos perdemos de vista”. 

GABRIELA, 44 AÑOS

“Bibiana vino a vivir a San Isidro, desde su San Nicolás natal, en 1979, y con su familia se instaló en el mismo edificio en el que vivía yo. Nos hicimos muy, muy amigas, pero al año y medio se volvió a San Nicolás. No te puedo decir lo que lloramos en esa despedida. Teníamos 14 años y nos prometimos que nunca íbamos a dejar de ser amigas. En esa época no había e-mail y Bibiana ni siquiera tenía teléfono, así que nos escribíamos cartas, una vez por semana o cada quince días. Mantuvimos ese ritual durante doce o trece años; por carta nos contamos nuestros casamientos, el nacimiento de su primer hijo y creo que hasta el nacimiento de mi primera hija. Una vez, una carta que le mandé me vino de regreso: se había mudado y después de eso nos perdimos, hasta que el año pasado ella me encontró por Facebook. Sentí una alegría como si hubiera abierto un cajón y hubiera encontrado una joya perdida hacía mucho tiempo. Ahora retomamos el ritual de escribirnos, pero por correo electrónico. Y estoy esperando poder tomarme un micro para ir a verla a San Nicolás”. 

RICARDO, 43 AÑOS

“Somos un grupo de amigos que nos conocimos cuando teníamos alrededor de 20 años. Unos años después, la mayoría se fue yendo del país: a Georgia, a Londres, a San Diego. Hace unos años la esposa de Facundo, que vive en Londres, tuvo la idea de que nos reuniéramos en algún lugar del mundo. No sé si lo hizo con la secreta intención de librarse del marido durante una semana, pero nos encantó la propuesta y la adoptamos como encuentro anual. El primer viaje fue en 2010; fuimos a Panamá. Pensábamos hacer vida de playa y navegar, pero nos pasó de todo: yo no pude salir del país porque tenía el pasaporte vencido, así que tuve que renovarlo contrarreloj y partí unos días más tarde. Cuando llegué, descubrí que el velero con el que contábamos se había estrellado contra las rocas, así que nos quedamos todos en tierra. Igual lo pasamos bárbaro. El año pasado nos encontramos en Florianópolis y este año, en noviembre, nos vamos a la Patagonia. Todos coincidimos que haber podido recrear un espacio de encuentro, después de tantos años, sin hijos, ni esposas ni obligaciones por unos días es algo increíble”. 

FLORENCIA, 15 AÑOS

“Somos seis chicas, de entre 15 y 16 años, que una vez por mes nos juntamos y hacemos lo que bautizamos como ‘el Cabildo abierto’. Vamos al colegio juntas y nos hicimos muy amigas en un campamento de segundo año. Nos vemos en una casa y, en determinado momento, decimos que abrimos el Cabildo y nos contamos las cosas que pasaron durante el mes. Si alguna tuvo un raye con la otra, se lo dice y hablamos de cosas importantes. La idea es que, en esa reunión, hablemos de cosas más serias porque el resto del tiempo, lo que hacemos es reírnos, divertirnos mucho. En el Cabildo hablamos de nuestras cosas, de los problemas familiares que podamos tener y siempre terminamos llorando. El Cabildo es un momento de parar a reflexionar un poco en medio de todo lo demás. Es una especie de ritual: cuando llegamos, intentamos sentarnos siempre en la misma posición, una al lado de la otra, y respetamos cierto orden o nos pasamos energía con las manos. Para mí estar con ellas es como un descanso de mí misma. Yo soy más eléctrica, más ansiosa, y tal vez llego con mis rayes y está esa amiga que es más tranquila y puede ver todo desde un punto de vista más neutral. Tener amigos para mí es imprescindible, no me imagino una vida sin ellos. Sería un embole o muy triste no poder compartir la vida con otros. Ellas son una linda compañía”.

MARÍA EUGENIA, 39 AÑOS

“De la época del colegio me quedaron diez amigas muy queridas, con las que nos vamos a Mar del Plata todos los años. Paramos en la casa de una de las chicas y pasamos el fin de semana todas juntas. Desde el primer viaje pasaron siete años y nunca dejamos de ir… eso sí, siempre sin chicos. Cuando estamos allá, nos reímos porque hacemos la ‘pijamada’: compramos comida y comemos en pijama. Si hace frío, nos emponchamos y vamos a la playa, salimos a caminar por Güemes o tomamos el té con cosas ricas…. Lo bueno de estar con las chicas es que, a esta altura, somos hermanas de la vida.

Compartimos diferentes etapas y nos conocemos de memoria; con la edad, nos volvimos más sinceras y más auténticas. Cuando estamos juntas, somos como somos, amables o malhumoradas. Ahora nos vamos en agosto”. 

FABIANA, 46 AÑOS

“Llegaba a su fin mi primer embarazo y crecían mis nervios ante la proximidad del parto. Había repasado cien veces los libros, practicado las respiraciones, preparado cuna y ositos y pañales, pero algo faltaba: una bendición. No disponía de un credo ni pertenecía a iglesia alguna, pero sí tenía mi grupo de fieles: Pat y Carola, mis aliadas y compañeras de ruta desde la adolescencia. No hubo más que pedirlo: una tarde de invierno nos reunimos las tres y, casi sin mediar palabra, posaron sus manos sobre mi panza y echaron a rodar sus deseos para la niña que venía, invitándola, recibiéndola, contándole desde el vamos cuál era el mundo que la esperaba.

Aquel rito fue el primero de muchos. Casamientos, encuentros, despedidas, reencuentros. Llegaron los hijos de Caro y les dimos la bienvenida en íntima ceremonia. Pat inauguró casa, y festejamos juntas su transformación en hogar. Al fin se sumó Miren, cuarta mosquetera, portando el don de la liviandad y la risa. Y aunque hoy cada una tenga vida y amores propios, juntas somos algo más: las cuatro paredes de la casa de todas. Celebrarnos y celebrar la vida es una y la misma cosa”. 

ARIEL, 24 AÑOS

“Formo parte de un grupo de músicos amigos, de José C. Paz, Bella Vista y Morón; esa es nuestra pasión, el centro de nuestros encuentros, ya sea que toquemos o vayamos a escuchar una banda. Siempre nos juntamos a tocar en una sala de ensayo, vamos a un bar donde nos encontramos aunque llueve o truene, y cuando viene el calorcito, nos cruzamos a la plaza de José C. Paz, abrimos el auto y la música sale por los parlantes. O vamos a Tigre, a pasar un par de días de música y aire libre. Lo que más nos une es tocar música, zapar e ir a ver bandas. Somos todos muy distintos: yo soy periodista, hay un chico que es ferroviario, otro que es maquinista del San Martín, hay un chico que labura en una empresa de lácteos, otro que atiende al público en una empresa de venta de música, y entre las chicas, hay una que estudia para ser contadora… Nos podemos quedar hablando horas sobre los grupos que nos gustan, y si hay una guitarra de por medio, podemos zapar y cantar hasta la madrugada”.

VERÓNICA, 44 AÑOS

“Cuando cumplí 15 años, en 1983, mi papá me sacó una foto con mis dos mejores amigas, Fernanda y Cynthia, en mi nueva habitación, que había sido mi regalo de los 15. Después de eso, en cada cumpleaños, era papá el que insistía: ‘Póngase las tres, que les saco una foto’. Así se fue convirtiendo en un ritual y en cada uno de mis cumpleaños, el 9 de mayo, nos sacamos la misma foto. ¡Y papá ya forma parte de esa tradición! Me gusta mucho ver esas fotos; nos matamos de risa viendo los cambios en la moda y en nuestros peinados. Me encanta que haga tanto tiempo que lo hacemos y me da alegría ver la cantidad de años que hace que estamos juntas, con el cariño intacto”.