Foto: Gemini

Cuando yo era chica, me encantaba el dibujito animado que ponían en la tele para que los chicos se fueran a dormir, nos fuéramos a dormir. En realidad, yo me acostaba más temprano y cuando lo pasaban, si aún no me había quedado dormida, me levantaba corriendo para ver a la familia Telerín: Cleo y sus hermanos, el más chiquito era un bebé que llegaba al final de la fila, gateando con su pañal. Los seis personajes iban marchando cantando una canción que invitaba a irse a la cama. Era un dibujo de Televisión Española, pero tuvo tanto éxito que se exportó a Latinoamérica, así que llegó a la Argentina.

Con el correr del tiempo, fueron apareciendo diferentes personajes: el Topo Gigio llegaba para pedir el besito de las buenas noches, o Casimiro, un monstruito de color naranja que cantaba un rock & roll mientras tocaba una guitarra improvisada con telas de araña e invitaba a guardar la ropa y lavarse los dientes también. Goma Goma, era de origen italiano como el Topo Gigio y tenía el segmento destinado a marcar el horario de protección al menor. Patoruzito e Isidorito también tuvieron su momento. Y ahora ¿hay personajes para irse a dormir? Me parece que ya no, cambió mucho la manera de ver contenido audiovisual tanto en adultos como en niñas y niños y los horarios son relativos, se adaptan al interés de quien consume.

El tema de irse a dormir, de descansar es una cuestión que se toma cada vez más a la ligera. Hace muchos años un periodista tenía una muletilla: “tengo 63 años, duermo 4 horas”, era su manera de señalar su dedicación a la audiencia, a su trabajo,  él lo mostraba como algo positivo: dormir es perder el tiempo, el mundo es de quienes están despiertos. La globalización, las posibilidades de comunicación en tiempo real, también hicieron lo suyo: personas trabajando de madrugada conectadas con alguien que está del otro lado del mundo, descansando a deshoras, durmiendo donde y cuando se puede. Benjamín Franklin, ese señor que inventó el pararrayos y aparece esbozando una sonrisa en el billete de cien dólares decía: “si amas la vida, no desperdicies el tiempo, es la materia de la que está hecha”. Pero ¿qué significa aprovechar el tiempo? Antes, cuando aún no existía la luz eléctrica, antes de la segunda etapa de la Revolución industrial, las personas se iban a dormir cuando era de noche y se hacía un sueño bifásico: una primera etapa de unas cuatro horas, desde el anochecer hasta la medianoche aproximadamente, luego un rato de vigilia y nuevamente el sueño hasta el amanecer. En invierno se dormía más que en verano, el movimiento del planeta marcaba el ritmo. Cuando ya hubo luz eléctrica y la actividad se pautaba de otra manera, más allá de las estaciones del año, se terminó ese sueño bifásico y se empezó a organizar la vida, desde la niñez, para sacar el mayor provecho posible al tiempo.  La escuela ya marcaba el ritmo: suena la campana, hay que entrar, vuelve a sonar, recreo, última campanada, final de la jornada. Se preparaba, se armaba la costumbre para cuando hubiera que entrar a la fábrica, cuando sonara la sirena.

Quizá sería hora de reflexionar acerca del tiempo, de qué se trata eso de sacarle provecho: ¿trabajar más? ¿Hacer más sentadillas en el gimnasio? ¿Mirar una serie entera en una tarde? Y, para eso ¿es bueno quitarle horas al sueño? La frase sueño reparador presupone que hay algo para reparar… ¿y el sueño para soñar? ¿El tiempo para soñar?…

Claramente el mundo avanza, va para adelante, las cosas se modifican, las distancias se hacen más cortas porque se puede llegar más rápido a diferentes sitios, no tiene sentido pensar en vivir como hace siglos. Añorar lo que fue impide ver las cosas maravillosas que pueden suceder hoy. Quizá sea sólo una cuestión de enfoque, de saber qué se prefiere, de priorizar. Quizá sea sólo darse tiempo para el deseo y elegir soñar.

Vamos a la cama que hay que descansar, para que mañana podamos madrugar…