Cierra los ojos, hace una pausa y recuerda un verso. Como si estuviera lejos, y ella, desde el silencio, lo estuviera trayendo. Ahora abre las manos, como entregando. Y de su cuerpo su historia brota. Y en esas historias revive mundos fantásticos, fascinantes, mundos que sólo han quedado plasmados en el papel. Ella los despierta y los vuelve vívidos, únicos, inolvidables.
La historia de Ana María y la fascinación por las historias no es algo nuevo. Nació en San Francisco, Córdoba, en 1951. Desde muy chiquita, en la escuela, las maestras le delegaban un lugar para decir poemas y actuar en las fiestas. En el secundario, su expresión corporal y su voz -heredadas de su padre, vendedor de muebles y narrador intuitivo- la convirtieron rápidamente en el portavoz de las anécdotas de sus compañeras de clase. Casamientos, fiestas, anécdotas; ella escuchaba, vivía y acumulaba vivencias que después narraba respetando los tiempos, los detalles, los olores, los ruidos. Así, con una increíble elocuencia, hacía reír y llorar a todo su ámbito social.
Ana María Bovo es una de las narradoras más destacadas de la Argentina. Pero a la hora de definirse, no sabe por dónde empezar. Lo que sí supo desde siempre es que tiene mucho para transmitir, cualquiera sea el formato. Es actriz, narradora, escritora, docente, dramaturga y directora teatral. Ha realizado numerosos espectáculos, pero fue con “Maní con chocolate” que adquirió más reconocimiento. Incluso obtuvo el Premio Konex en la disciplina Unipersonal de la década 1991-2001 y el Premio ACE 2000, por “Emma Bovary”, la obra con la que debutó en la dirección teatral. Durante el mes de abril presenta su espectáculo “Tanto tiempo” todos los domingos en la librería porteña Clásica y Moderna.
Ana María ha dejado una huella profunda en el mundo de la narración. En una charla íntima nos invita a descubrir el fascinante mundo de una práctica tan humana y antigua como la humanidad misma.
¿Cómo fueron tus primeras aproximaciones a la narración profesional?
Descubrí en la docencia y en la educación mi compromiso con una vocación. Soy maestra normal nacional, hice el profesorado de jardín de Infantes. Como maestra jardinera tuve en la sala de 4 mis primeros espectadores para narrarles cuentos. Yo venía disfrutando de la narración en el ámbito social y cotidiano. Pero en la salita descubrí el poder que alcanzaban los momentos de la narración. No había otro momento de la jornada con los chicos en el que yo lograra ese espesor de silencio. Cuando di el examen de ingreso había que improvisar. A los pocos días, vi el informe que habían hecho con mi perfil que decía: condiciones de narradora avezada. Fui al diccionario a buscar que significaba la palabra avezada y descubrí que era ducho, experimentado, muy entrenado para una tarea. Era la primera vez que alguien me atribuía una condición para eso.
Tu padre tuvo un rol muy importante en tu desarrollo como narradora…
Mi padre era un narrador intuitivo. Sabía cómo administrar la información. A veces en el cine mirando películas él solía decir en la penumbra “uy…” y yo le preguntaba “¿qué pasa?”. Y el decía “nada, nada”. El ya vislumbraba, ya descubría lo que iba a pasar. Era un tipo muy ocurrente e imprevisible con el humor. Solía llorar de risa con las cosas que yo contaba, entonces me incentivaba a seguir. En casa el humor estaba de visita con mucha frecuencia. Mi papá vendía muebles y tenía educación primaria solamente, pero era muy refinado con el sentido del humor.
¿Cómo aprendiste a ser narradora? ¿Por qué la fascinación por lo oral?
Siempre me gustó la actuación y la expresión. Entonces me decidí a estudiar teatro y entré en la escuela de Raúl Serrano. Cuando terminé la carrera encontré que el camino de los castings me resultaba muy frustrante porque es muy azaroso que te elijan. Y si te eligen capaz te toca decir una frase desafortunada o algo que no querés decir. Entonces me di cuenta de que quería usar mi formación teatral para expresar lo que yo quería transmitir.
¿Y qué era lo que querías transmitir?
Leía, por ejemplo, un texto que me encantaba de Katherine Mansfield o de Silvina Ocampo y me parecían fascinantes, sentía que tenía que darle a otro la oportunidad de disfrutar de lo que disfrutaba yo. Empecé con esto sobre todo por lo que quería transmitirles a los demás. Y como en el mundo actoral nadie me iba a llamar para eso, decidí hacerlo yo misma.
¿Cómo empezaste?
Por los chicos. Un gran desafío. Lo primero que hice fue ir a las escuelas primarias y secundarias a contar cuentos. Me interesaba que los chicos pudieran acceder a ciertos autores que tal vez eran un poco complejos para su edad. Adaptaba los cuentos y los contaba. Tenía que hacer versiones, cambio de soporte desde la literatura a la oralidad. En esto fui una autodidacta. Fue un riesgo porque es un público más difícil. Una vez que lo conquistás te sentís victoriosa. Si has podido seducir e interesar a los niños y adolescentes te sentís una heroína. Después de hacer una gira por tantos colegios pedí un espacio en el subsuelo de la librería Gandhi, en Buenos Aires. Ahí me senté a esperar a los espectadores. Pasaron cinco años hasta que llegó el primer crítico del diario La Nación.
¿Tuviste alguna formación específica en narración?
Al principio no. Pero después fui formándome. Mi gran maestro fue Marco Baliani, narrador y director teatral italiano. Hice uno talleres con él acá y luego fui a Italia a un seminario.
Pero lo mío es la narración espontánea. Que no se notara el despliegue de lo actoral. Que la destreza estuviese oculta. Es una hipótesis de trabajo muy personal, un sello propio. Yo le doy más importancia a la historia. Mi cuerpo y mi voz son un instrumento para transmitir esas historias.
¿Qué valor tiene la narración en lo cotidiano? Una madre que le cuenta cuentos a sus hijos, una persona que relata historias a sus amigos, ¿por qué es tan importante el narrar para los seres humanos?
La narración es un acto de comunicación amorosa muy sólido. El que cuenta historias, ya sean cotidianas o literarias, encuentra el modo más sencillo de volverse inolvidable. Todo el mundo recuerda con amor a quien le contó historias. Un abuelo, un maestro, un vecino o un transportista escolar. El relato tiene algo mítico que nos devuelve ancestralmente esa sensación primaria de la humanidad, lo que se aprendía, las destrezas elementales, las costumbres. Algo de eso quedó impregnado en nosotros.
¿Tiene un lenguaje propio la narración?
La narración recupera eso que está afuera de los modelos narrativos de la televisión y de los medios de comunicación. Rescata la palabra de la devaluación y la deshumanización a la que ha sido sometida por los políticos. Le devuelve a la palabra su dimensión poética, su significación, el grato lugar de la conversación ociosa, que no tiene otro fin que el de vincularse con los otros, de obtener placer y emoción.
¿Hace falta ser desinhibido para narrar, o la desinhibición se aprende?
Es una mezcla de un don y una conquista. A veces hay gente que conquista la técnica muy esforzadamente y termina siendo un narrador muy eficaz. La prueba más difícil es mantener la atención del espectador. Quien te escucha te acompaña en la travesía. Uno tiene que estar en el lugar en el que están los personajes. Desde un bosque helado en Canadá o una casa inglesa en Nueva Zelanda o en una playa del Atlántico.
¿Hay un método para aprender a narrar?
Distinguir, como dice Rodrigo Fresán, lo que no debe ser contado. La necesidad de un conflicto en una historia, lograr que la descripción esté al servicio de la acción. También, manejar la síntesis y repartir la elocuencia. Todo lo que vos calles lo va a decir silenciosamente el espectador y es ahí donde conseguís la atención. Porque la narradora propone parte de la historia y el público la completa.
Muchos de los espectáculos que has hecho, como “Humor Bovo”, tienen visos de comedia.
Me interesa muchísimo explorar el humor. Me encanta esa especie de marea emocional que significa pasar del humor a la emoción. Cuando se juntan la risa y las lágrimas uno se siente inmensamente vivo. Esa polaridad es un sello propio de mis textos y del tratamiento de otros autores que yo hago. Mi sentido del humor es para compartirlo con el público.
¿Qué pensás de las mujeres en el humor? Dijiste en una entrevista que no te gusta el humor de mujeres donde se degrada al hombre para resaltar a la mujer….
En la historia del teatro, el hombre ha capitalizado la escena del humor. Por eso las mujeres han salido a replicar ese maltrato con esta cosa del “humor femenino”. Se ha armado un mercado que consume ese tipo de humor porque las mujeres sienten que de ese modo reivindican heridas que han recibido de los hombres. O que se afianzan como mujeres. Yo prefería saltear esa etapa. Que no sea una vendetta. Que hombres y mujeres se puedan reír de cosas de la vida que nos pasan. Y aunque por una cuestión de género la experiencia pueda estar separada, en otros momentos confluye. Me interesa la catarsis conjunta. Que con una misma frase u ocurrencia puedan reírse todos. En mis espectáculos, por ejemplo, veo que las parejas se ríen juntas, se miran. Hay cierto erotismo en el humor. No me gusta el humor que divide.
Hay quien dice que las mujeres no fuimos educadas en el humor porque se contradice con la sensualidad. ¿Estás de acuerdo?
Yo creo que una mujer con sentido del humor puede ser muy atractiva. Una mujer que capitalice la risa de los otros puede ser atractiva y peligrosa. Las mujeres tienen humor pero lo despliegan en el ámbito de lo cotidiano. Hay pocas mujeres públicas que salgan a hacer humor.
¿La narración ayuda a encontrar la propia voz?
La memoria es la madre de todas las musas. Creo que uno se puede hacer preguntas para despertar su memoria. De esa manera podemos recuperar esa cosa única e inolvidable de nuestra historia. En mis talleres de narración siempre hago el ejercicio de las preguntas. Si quisieras estar otra vez a la sombra de un árbol, ¿qué árbol elegirías? ¿Cuál fue el peor hotel de tu vida? Hacerse preguntas es una forma de tirar del hilo de la memoria para encontrarte con tu propia voz contándote una historia. Es decir, narrar la vida como uno desearía vivirla.
En el principio se narraban mitos -explicaciones de quiénes somos, cómo y para qué llegamos al mundo. ¿Te parece que hay mitos válidos para esta época, o falta quien los invente?
Creo que simplemente hay que volver a contar los mitos. No hay por qué inventar nuevos sino conocer los que existen en el corazón de cada cultura. Yo siempre digo: para novedades, los clásicos. Hay un libro que recomiendo mucho “Érase una vez”, de Jean-Pierre Vernant, un especialista en mitos que publicó un libro de mitos tal como se los contaba a sus nietos. El dedicó su vida a la mitología griega. Cuando llegaba la hora de ir a la cama narraba una leyenda griega. Son irresistibles. En la literatura para niños se ha perdido la noción de conflicto. Y entonces los cuentos pierden interés para los chicos.
¿Cuál debe ser el primer objetivo de un cuento para chicos?
A mí me encanta que la narración no pretenda otra cosa que el placer de oír una historia. Lo didáctico tendría que quedar afuera. Me parece feo someter a la literatura a fines didácticos. El bien y el mal se explican por sí solos. Que se utilice una historia para enseñar algo me parece que debilita su encanto. Creo que las historias no debieran ser un recurso sino un fin en sí mismo. En todo caso, se puede contar una historia que complemente un contenido pedagógico. Suponte que estás hablando de las aves migratorias. Contás después un cuento de un pájaro que se retrasa, se detiene un bosque y se pierde. Las peripecias de ese pajarito no tienen un valor ilustrativo. Es una historia en sí misma con conflictos y valores propios.
¿Y qué opinás del uso que se da a los cuentos en el aula?
Lo peor que se le puede hacer a un chico es contarle un cuento y después tomarles una prueba, o pedirle que haga un dibujo. Sin darnos cuenta les estamos tendiendo como una pequeña trampa. Mi papá me contaba el cuento del pastorcito mentiroso y no me atraía nada porque sabía que me estaba bajando línea con eso. Creo que el chico se da cuenta cuando hay algo detrás de una historia. Hay que confiar en que las historias tienen un valor intrínseco.
