Es decir que, como actitud ante la vida, tu predominancia no es la de solamente enunciar quejosamente: “Que alguien haga algo!”, sino de las que afirman: “El ‘alguien’… soy YO!”. Y decidirse a ejercer aquello en lo que uno cree no es fácil. Quien se ha autodeterminado a sumarse a las filas de quienes puedan llamarse agentes de cambio necesitarán saber que atravesarán circunstancias no siempre gratas (y muchas veces adversas): críticas, comentario irónicos, descalificaciones… y más. Sin embargo… ¿puede uno vivir una vida no-coherente con lo que la hondura manda? Y si así lo hace… ¿cuáles son los costos internos?
Actuar en base a lo que sentimos correcto a veces también trae desmoralización: el sentimiento de que estamos solos, de que son muchos más quienes se apoltronan en la comodidad de lo establecido, o, peor aún, los que por egoísmo, avaricia o simple maldad hacen un cotidiano agujero en el bote donde navegamos todos… No lo comento porque lo haya leído, no: lo digo porque es un sentimiento que no me es ajeno.
¿Qué hago con él? Honestamente, cuando caigo en esa visión de la vida procuro no dejarme atraer por el canto de esas sirenas: miro a mi alrededor y elijo no comprar algo que es tentador creer: que no hay buena gente. Me deshechizo de ese rumor que aparece amargamente aquí y allá… y veo otra cosa, más que nunca: gente haciendo cosas por la gente; gente haciendo cosas por los animales, por el medio ambiente, por las personas con discapacidad, por los niños, por los mayores, por los sin techo, por la preservación de los valores, por el cambio de leyes injustas, por las artes… Donando su tiempo, sus conocimientos, su disponibilidad económica, su pasión… Algunos, agrupándose en ONGs que, a pulmón, crean milagros cotidianos de los que los medios no hablan. Otros, asumiendo pequeños actos gracias a los cuales al menos una persona, un animal, un árbol son aliviados, amparados, dignificados… No: no salen en las tapas de los diarios, tengo plena constancia. Pero tengo plena constancia, también, de su modesta, de su grandiosa existencia. ¿Los viste? ¿Miraste a tu alrededor? Sucede que la gran mayoría de personas que trabajan para el Bien (aunque sea domésticamente!) no tienen un asesor de imagen como los famosos… no.
A veces, sin embargo, el pequeño gesto de una persona así cambia la realidad de un grupo, de una región, de un país… o de la Humanidad. Viene a mi mente una historia: era el primer día de diciembre de 1955. Ella, -costurera de oficio-, iba viajando en la parte trasera de un autobús, en el sur de los Estados Unidos. Y esa mujer, ese día, dijo una palabra cortita que generaría un cambio radical en toda una sociedad. La palabra fue esta: “No”. La mujer se llamaba Rosa Parks, y se lo dijo al chofer del vehículo, que la instó a que le diera su asiento a una persona de raza blanca que acababa de subir (tal como era legalmente obligatorio para los de raza negra en ese momento; y Rosa Parks era de raza negra, claro. Pero Rosa dijo “No”). Fue presa por ello. Pero no se retractó. Enterado del caso, el por entonces aún poco conocido Martin Luther King resolvió generar una protesta pública para que terminara la segregación racial en los autobuses. Rosa terminó en la Corte Suprema de Justicia, que declaró a partir de ello que la segregación racial era contraria a la Constitución de ese país. Así, esta activista se volvió un ícono del Movimiento por los Derechos Civiles. Todo comenzó (o eclosionó) con el pequeño-gran gesto de una mujer cansada de ceder (como ella misma se definió). Una mujer que, desde adentro, estaba decidida a cambiar la realidad, aunque fuera a partir de su pequeño-gran gesto (pleno de valor, sobre todo al ser sostenido a lo largo de todas las posteriores vicisitudes).
¿Cuál es el pequeño-gran gesto necesario para que podamos ser fieles a nosotros mismos? ¿Cuándo nos sentimos incoherentes por decir que sí a lo que imperiosamente anhelamos decir que no, o viceversa? ¿Qué acciones seguimos realizando como si no tuvieran consecuencias? Una vez que uno comprende, no puede des-comprender: es un acto irreversible. Luego queda actuar. Si no actuamos, estamos en problemas. Albert Camus lo dijo de un modo radical: “Quien anhela y no obra, engendra peste” (ups!). Gandhi lo expresó de otro modo: “Si pudiéramos cambiarnos a nosotros mismos, las tendencias en el mundo también podrían cambiar. Tal y como un hombre es capaz de transformar su propia naturaleza, también cambia la actitud del mundo hacia él. No necesitamos esperar a ver lo que hacen los demás”.
Una vez asumido esto, acercarse a quienes tengan una visión afín (aunque sea a través de redes virtuales, pues hoy en día no hay fronteras!), es un invaluable combustible para no desmoralizarnos, para apoyarnos unos a otros, para sentir que no estamos solos, que el empeño no es estéril, que respecto de muchas cosas de las que hagamos en base a ideales no seremos nosotros los que veamos su fruto, sino que implican nuestro aporte personal indelegable a la Humanidad que vendrá. Uno decide ser cierto tipo de causa de cierto tipo de efecto, aunque ese efecto advenga de un modo que ni nosotros mismos lo sepamos. Y si las cosas salen mal una vez, o diez, o cien, volvemos a nuestra Fortaleza interna para retornar a la contienda. Simplemente porque uno no concibe vivir de otro modo!
Quisiera, antes de irme, convidarte al querido escritor uruguayo Eduardo Galeano, que siempre viene a recordarnos lo que es necesario no olvidar. Va con mi abrazo!
“Son cosas chiquitas.
No acaban con la pobreza
no nos sacan del subdesarrollo,
no socializan los medios de producción
no expropian las cuevas de Alí Babá.
Pero quizá desencadenen la alegría de hacer,
y la traduzcan en actos.
Y al fin y al cabo, actuar sobre la realidad
y cambiarla aunque sea un poquito,
Es la única manera de probar
que la realidad es transformable.”
