¿Cuántos escritores mendocinos conocen los mendocinos? ¿A cuáles de ellos leen? Como hemos afirmado en reiteradas ocasiones, en Mendoza hay muy buenos escritores por descubrir.  La agenda cultural local ofrece casi todas las semanas actividades literarias: encuentros, recitales de poesía, reuniones de lectura, presentaciones, performances y talleres. Varias editoriales independientes, chiquitas, realizan, además, con gran esfuerzo y admirable pasión, un trabajo excelente de difusión de literatura mendocina.

La movida literaria crece, pero permanece aún en un circuito pequeño, alternativo. Necesita mayor divulgación, para que la circulación de nuestras letras no dependa casi exclusivamente del esfuerzo de los artistas.

Mendoza tiene una larga nómina de escritores que ya le han dado prestigio literario a nivel nacional e internacional. Hay muchos autores, sin embargo, que encuentran pocos espacios para dar a conocer su obra. Desde este espacio, periódicamente, queremos brindar a los lectores una oportunidad de encontrarse con páginas de hacedores locales  y ofrecer a escritoras y escritores un sitio más para publicar su trabajo.

En “Réquiem para un planeta invadido”, un narrador en primera persona viaja en tren hacia su irremediable aniquilación y la de toda la humanidad, pero quizás la fatalidad no sea verdaderamente inexorable si todos unidos abrazan una última oportunidad.

Con este relato inédito, Pablo Colombi obtuvo el primer premio en el Certamen Literario de Regatas en el 2023.

Sobre el autor

Pablo Colombi nació en Mendoza en 1962. Recibió de manos de Bioy Casares el premio de narrativa breve “Cacheuta” de la SADE- Mendoza en 1994. En tres ocasiones ganó el certamen de cuentos Dr. Ruiz Díaz (UNCuyo), y el concurso de narrativa De la Viña Nueva (Subsecretaría de Cultura de Mendoza, 1995).

Su libro de cuentos Los labios de mi africana (1997) fue premiado por el Fondo Nacional de las Artes. Ha publicado también los relatos Todas las moscas del mundo (2005), libro ganador del Certamen Vendimia; Cuatro escenas de la Providencia (2007), colección premiada en el certamen de cuento corto Ciudad de Mendoza; y La guerra donde seremos soldados (Premio Vendimia, 2015).

En Buenos Aires obtuvo un segundo premio de la Fundación Victoria Ocampo con Feo, católico y sentimental, volumen inédito de cuentos. En Madrid, durante el 2007, ganó un cuarto premio en el Concurso de narrativa breve Hucha de Oro, donde participaron más de tres mil cuentos. Ha colaborado, como cuentista, en diarios nacionales e internacionales, Los Andes y El Sol (Mendoza), El Litoral (Santa Fe) y Síntesis (Puebla, México).

Es licenciado en Letras, fue becario del Centro Nacional de Estudios Leopardianos en Recanati, Italia (2001), y colabora en Mendoza con la prestigiosa Editorial Inca.

Réquiem por un planeta invadido

Sobre la ventanilla, aquí donde recuesto mi cabeza, lame un sol todavía sano como al inicio del mundo. Un sol, en cambio, indiferente a la extinción que nos acorrala. Plácido, observa nuestra caída, alejado como un juez en su silla. La supremacía de nuestros invasores se ajusta a las reglas del Universo. No hay sitio para llantos. Son silenciados por un trajín ensordecedor, el metálico despliegue de nuestras inútiles defensas. Y entre tanto, todo lo examinan mis ojos, asomados con lágrimas al paisaje que corre.

Miro por la soleada ventanilla de un tren. El que nos conduce en calidad de algo, por este planeta tal como lo conocimos hasta hoy. Somos acaso prisioneros, servidos voluntariamente al enemigo, en un intento por aplacarlo. No hay imágenes de su rostro, tampoco una línea acerca de sus motivaciones. Salvo el exterminio. Abolirnos. Donde sospechamos que semejantes seres se atrincheran y resisten, en dirección al ya vencido horizonte, se yergue un nuevo firmamento con colores desconocidos. Se reemplazan unos a otros a fuerza de intensos parpadeos, como relámpagos sin respiro, donde el celeste fue desterrado hace días. Será el lapidario anuncio de que nuestra civilización viene cancelándose sólo por obra y voluntad del enemigo.

Aparte de mi propia cara en el reflejo de la ventanilla, hay árboles al costado de los rieles. Quedan atrás a la velocidad del viaje. Se llenan y vacían de pájaros que siguen los hábitos de su especie, atados todavía a su rutina silvestre. Desconocen también el destino humano, o bien, se desentienden del asunto. Lo merecemos, lo asumo. A la par de las vías también hay gente avanzando en uniforme del Ejército. No los llamo soldados, porque ignoran la disciplina. Carecen de entusiasmo por avanzar a marciales zancadas. Cambiando de mano el armamento, unos empujan a otros sumidos en bromas que anestesian tal vez el miedo por el enemigo que enfrentarán en vano. Otros pocos se doblan para vaciar el estómago en un breve vómito. Su modo de expresar el inmenso horror a morir.

En lo alto de la ventanilla, alzando los ojos, sucede que descubro lo más sobrenatural de esta invasión. Un viento poderoso sopla en silencio. Un barrido contundente rechaza la constelación gris de los aviones de combate. Reverenciados por sus nombres, Sukhoi, Lockheed, o bien, Eurofighter, en resumen terminan apartados como livianos envoltorios de papel, despedidos a hacer ridículos giros por el cielo, reducidos al humo ascendente de su impacto contra la tierra.

Veo a través de la ventanilla a las tropas detenerse un instante y mirar. Hacen cálculos en horas para la derrota final. La masa aún viviente del planeta habrá de resignarse a los hábitos del invasor. Lo ignoramos todo acerca de sus sentimientos. Sus conductas nacerán de emociones ignoradas, si no infernales. Impulsos sin catalogar que vendrán a atormentarnos. Nociones como el prójimo, lo que pueda invocarse en nombre de la piedad, el estéril predicamento de las religiones, acabarán en la basura ya abundante del planeta.

A bordo de este ferrocarril hacia las mandíbulas del enemigo, nos interpela alguien desde su asiento. Su voz suena animada de un entusiasmo ofensivo. Porque le habla al resto a favor de un rumor que se difunde a manera de última defensa del planeta. Algo inverosímil, pero viene y va la convocatoria a los humanos, al filo casi de la aniquilación. Nos alientan a creer en un Himno Ecuménico, compuesto a las corridas. Sin embargo, concebido como eficaz. Aseguran sus compositores, al punto de jurarlo por sus vidas, que de ser entonado por todos, sin negarse una sola garganta en la Tierra, la invasión se detendría. Hasta alcanzaría a arrojar al invasor hasta el hueco del Universo donde pertenece.

Acostado sobre la ventanilla, analizo con un resto de razón que el planeta, antes de nada, deberá entender el recurso del Himno y, luego, aceptarlo como intento desesperado. Los míos se despidieron a tiempo, no sufrieron ante el panorama. Ahora, empujar la voz y cantar remite a una magia barata a estas alturas. El unísono Himno debería llamarse Réquiem. Muerto el planeta, la obra lo despedirá sagradamente. El desafío de encolumnar al mundo en una tarea masiva, sin faltar nadie, sería el estridente milagro, más allá del resultado contra el invasor. Bostezo desanimado. Un coro titubea en el tren. No comprendo cómo es que las estrofas afloran a mi boca, tal como una parte mía ya. Algo en mis labios susurra. La seducción vendrá de la melodía. Bajo ella, paso a entenderlo, late ese jirón de carne invisible. La esperanza humana.