Mendoza es un foco de cultura que se expande. Hay muchos artistas brindando diariamente espectáculos y encuentros de todo tipo. En el ámbito de la literatura surgen continuamente espacios y actividades para todas las edades y gustos.
Iñaki Rojas es un escritor que desafía al lector y en su cuento “La rosa de Diagonal Norte” seduce con una trama no convencional y una anécdota en la que, con humor, se juegan debates políticos y culturales profundos y recurrentes en nuestro país.
Sobre el autor

Iñaki Rojas es escritor, actor, director teatral y cantautor. Dirigió al elenco Plaza Dandy desde 1995 a 2010, con el que estrenó las obras de su autoría “Cuentos cortos de Zacarías Dandy” y “La vez que nos juntamos todos”. Dos de sus novelas han recibido el primer premio en distintos certámenes: Un mendigo en el bulevar (2013, Premio Novela Ciudad de Mendoza) y Siempre mira el lado brillante de la vida (2023, Certamen Literario Vendimia). Su cuento Las comodidades del auto ganó el 1° Premio en el Concurso Una historia con Renault (2019, Valladolid, España) y la obra teatral para robots Los terraformistas, coescrita con Joe López, obtuvo la tercera mención en el Concurso Teatrónika (2020, Barcelona, España). Actualmente produce y dirige junto a Roberto Mons el canal Pop Secret (en YouTube), donde cuentan historias del rock argentino.
“La rosa de Diagonal Norte” es un cuento inédito.
La rosa de Diagonal Norte
IV
Ella se levantó y se dirigió al baño. Mientras pasaba entre las mesas del café, pude ver cómo todos los hombres le miraban el culo redondo, perfecto, apretado por su falda tubo de color azul francia, sus pantorrillas torneadas, su cintura delgada… todo su caminar al ritmo sensual del taco aguja. Su coleta rubia y lacia dejaba ver un cuello fino, y la camisa blanca (se había quitado el saco y el suéter), metida en la falda y apenas volcada sobre el delicado cinturón, traslucía su corpiño refinado. Por la forma en que se pasó las manos por el traste para alisarse la falda, con los dedos mayores acariciando el marcado de su bombacha, pareció una invitación a curtir en el baño. Cuando desapareció de la vista de todos, más de un comensal me miró con cara de “¡Cómo la vas a poner esta noche, pibe!” Fue entonces cuando, ante la sorpresa general, me levanté de la mesa, saqué la campera del respaldo, agarré los dos cascos y apuré el paso hacia la salida, sabiendo que jamás volvería a pasar por la zona de Florida y Diagonal Norte porque la había dejado plantada en el Café Tortoni, recontra cachonda y a cargo de la abultada cuenta.
Habíamos pedido, a su voluntad, la picada más cara del café, con los fiambres y quesos más exclusivos de la carta, palta, aceitunas con morrón, maníes, papas y batatas fritas ahumadas y mil cosas más y, mientras comíamos, desfilaron primero una cerveza y luego una segunda. Ella tomaba cerveza como si fuera agua. Yo tomé poco, precisamente porque si tomaba mucho iba a tener que ir al baño, y era lo que no quería. Quería que ella fuera al baño, para poder escaparme. Y no era porque no me gustara, no era eso. Era una rubia perfecta, de labios como un corazón, pecas finas en sus mejillas y unos ojos verdes levemente achinados: parecía dibujada por Milo Manara. Un sueño de mina. Estaba más fuerte que Adriana Brodsky, Silvia Pérez y Kim Basinger juntas. Así que no era porque no me gustara. Tampoco era porque hubiera dicho algo malo durante la cita, al contrario. Durante la cita me contó la película “Orquídea salvaje”, con Mickey Rourke, recientemente estrenada y que tanto le había volado la cabeza, y su relato fue palo tras palo como para darme a entender de que estaba más caliente que Madonna. Yo le seguí el juego, por supuesto, porque tanta cerveza la fue soltando, y sus ojos y su tono de voz se le fueron poniendo cada vez más hot, y confieso que más de una vez la dudé. Porque hacía el esfuerzo mental de que no se me parara. Si la cita hubiera sido una semana antes, cuando se fue al baño yo la habría seguido y se habría podrido todo ahí nomás, en el baño de mujeres, en algún privado con la puerta cerrada. Ojalá hubiera sido una semana antes. Pero no lo fue. Tuvo que ser justo aquel martes 10 de julio, un día después del Día de la Patria más triste de toda la historia argentina. Su creciente excitación, del otro lado de la mesa, me resultaba cada vez más insultante. Más que mi deseo carnal, había despertado mi monstruo interior.
Fue la primera vez en mi vida que me sentí un objeto sexual, y me pegó para atrás mal. Curiosamente, algo que siempre había soñado, y más con una mujer así. Pero no quería ser su puto trofeo. Justamente: su trofeo. Su segundo trofeo en menos de dos días. Con todo lo que su primer trofeo me estaba haciendo sufrir. Pensé en Diego y él lo sentiría una verdadera traición. Y a él no podía traicionarlo.
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III
Yo sé que la cagué. Yo sé que debería haber hecho el esfuerzo de entenderla, pobre mina. Debería haberla seguido al baño, deberíamos haber curtido ahí mismo y después en mi departamento y después en el suyo, hasta que nos cansáramos de ponerla y nunca más volviéramos a vernos. Pero en ese momento me jodió que me ocultara su nombre. Porque antes de subirse a la moto para ir al Tortoni, yo le pregunté cómo se llamaba y ella me dijo “Me dicen Gringa, ¿y vos?” (cuando lo correcto sería decir “Me llamo fulana pero me dicen Gringa, ¿y vos?”), “Yo soy Ricardo”, dije y ella se puso el casco, me pasó las manos por la cintura abrazándome con su perfume afrodisíaco, yo arranqué, y no se volvió a tocar nunca más el tema. Pero yo sabía su nombre. Porque la segunda vez que la vi (apenas una semana antes), una de las chicas la había llamado “¡Helga! ¡Helga!”, y cuando gritó “¡Gringa!”, recién ahí ella se dio vuelta, con cara de pocos amigos.
Helga. Alemana.
Helga Müller, ponele. O algún otro apellido recalcitrantemente alemán.
Cuando me ocultó el nombre, ahí me cerró todo. Era la pieza del rompecabezas que me estaba faltando, la bifurcación que me hizo cambiar de carril.
Porque esa misma mañana que pasé caminando por Florida y Diagonal Norte, la tercera vez que la vi, segundos antes de atreverme a invitarla al café, hubo algo que me llamó la atención. De todas las chicas, ella era la única que sonreía de manera casi sobreexcitada. Sus compañeras, las otras siete pibas tenían la geta por el suelo. Más secas y apagadas que de costumbre. Natural, obvio, por el domingo. Todas veinteañeras hermosas, rubias y morochas, conejitas de Playboy en sus pulcros uniformes de saco entallado azul francia, suéter blanco sobre camisa blanca, falda tubo azul y zapatos negros de taco alto. Pero mientras todas lucían sus caras de ojetes, ella brillaba más que nunca. Dije “Es la única que le está poniendo onda a este martes de mierda”. Esa sobreexcitación suya fue lo que me alentó apenas se me acercó para regalarme la rosa. Yo venía con una mala onda atroz por lo del domingo, pero me envalentoné, la invité a tomar algo (tenía el sueldo recién cobrado, el aguinaldo casi completo y todas las ganas de complacerla), ella sonrió, aceptó y me dijo que salía a las seis. A esa hora la pasé a buscar en la moto.
El brillo en su semblante y las caras de orto de sus compañeras, se debía, no tengo ninguna duda, al resultado del mundial. Dos días antes, el domingo 8 de julio habíamos perdido uno a cero contra los alemanes en la final de Italia ‘90, con ese penal hijo de puta que les regaló el hijo de mil putas de Codesal. Y me imagino cómo debe haber gritado el gol de Andreas Brehme la pobre Helga. Con el corazón en la boca, en su casa de Palermo con toda su familia, su padre nazi, su madre nazi y su hermanito nazito, los cuatro frente al televisor con sus brazos derechos levantados a ciento veinte grados al grito de “¡Heil, Brehme!”
Y me la imagino así a la pobre Helga, absurdamente germana, más por una cuestión de venganza con sus compañeras de Aerolíneas Argentinas que por un sentimiento genuino a la patria de sus ancestros. Porque lo que no puedo imaginarme es lo mucho que le deben haber roto los ovarios las chicas durante la última semana, cuando el país entero esperaba ansioso el domingo para volver a dar la vuelta olímpica después de cuatro años, las siete minas recordándole constantemente su sangre alemana (aunque fuera más porteña que Dolina). Que la llamaran por su horrible nombre (cuando evidentemente ella lo odiaba), parecía una práctica inusual y perversa, solo para evocar sus raíces.
II
Ellas deben haberlo fomentado, sin dudas. Porque unos días antes, cuando pasé caminando por Diagonal Norte y Florida y la vi por segunda vez, casi sintiéndonos campeones, con la selección de Bilardo ya finalista después de ganarle la semifinal a Italia en los penales gracias a las atajadas milagrosas del Goyco, esa tarde sus compañeras eran las exaltadas y ella la apagada. Aparentemente, el acoso ya había empezado. En vísperas del encuentro final, la pobre Helga ya había sido condenada al agravio solo por la mala fortuna de nacer con nombre y apellido alemán. Fue esa tarde cuando alguna de las chicas la llamó “Helga” dos veces y ella acusó recibo solo al “Gringa”, de muy mala gana. Ni se percató de que yo pasé caminando por la vereda. Se notaba que la estaban haciendo engranar, y que estaba ardiendo por dentro, porque parecía ajena al pulso de la ciudad. En esa oportunidad, otra diosa rubia de boca perfecta y ojos celestes, pero sin onda, se me acercó y me regaló la rosa mientras repetía el speech “Digámosle NO a la privatización de Aerolíneas Argentinas”.
Aquellas chicas deben haber alimentado el monstruo interior de Helga Müller. En esa semana fatal que transcurrió entre un partido y otro, y ante el hostigamiento general, Helga se debe haber entregado a la causa del nacionalsocialismo, y allí debe haber deseado que su selección nos rompiera bien roto el orto por sudacas roñosos en la final del mundial de fútbol, para luego salir a festejar sin límites, pintar esvásticas en las paredes de la ciudad, comer y chupar como si llegara el apocalipsis y cogerse al primer “verlierer” (perdedor en alemán) que cayera en su telaraña.
Lo que nunca voy a entender es por qué mi monstruo interior fue tan inoportuno, tan ciego, tan “verlierer”. Si la situación era soñada: curtir con la alemana más rica del mundo, después de haber perdido la copa. La mejor cura para ese dolor. Un acto de justicia divina. Pero no. Se me vino el Diego a la cabeza, recibiendo la medalla de plata con lágrimas en los ojos, y de pronto el rubión infernal pasó a ser la hija no reconocida de Adolf Hitler.
I
Seguro fueron sus compañeras quienes invocaron a su monstruo. Porque dos semanas antes, la mañana que la vi por primera vez, la actitud de todas era completamente distinta. Las ocho chicas estaban concentradas en sus labores, funcionando como un verdadero equipo, muy lejos todavía de ser siete contra una. Unidas todas por una misma causa, repartían rosas a los transeúntes y protestaban contra la privatización de la línea aérea estatal del país, primera medida de una larga lista negra propuesta por el presidente Carlos Menem, asumido un año antes. Hacía dos días que le habíamos ganado nada más ni nada menos que a Brasil por los octavos de final, con aquel gol agónico del Pájaro Caniggia tras el pase magistral del Diego, y el sentimiento de nacionalismo nos había hecho olvidar a todos, menos a esas ocho bellezas, las cuestiones políticas que amenazaban el futuro de la nación. Solo importaba ganarle a Yugoslavia por los cuartos de final. Pan comido. El país entero estaba exultante. Pero ellas, las ocho azafatas de Aerolíneas Argentinas, estaban más eufóricas que nadie, porque así como habían gritado el gol de Caniggia, con el mismo fervor, ahora lo hacían contra Menem.
Esa mañana la vi por primera vez. En realidad, primero vi al grupo de diosas a lo lejos, antes de cruzar Florida, cuando advertí que una de las chicas me miraba. Era ella. Yo venía con el casco de la moto en la mano, porque había dejado la Kawasaki en una cochera cercana. Con la ventaja de mis anteojos de sol, pude apreciar que desde que aparecí en su radar caminando por Diagonal Norte en dirección al bajo, no me sacó la vista de encima hasta que llegué a su lado. Era perfecta. Soñada. Le calculé unos veintitrés, veinticuatro años; cinco menos que yo. Pero de esas minas destinadas a tipos de un poder adquisitivo infinitamente superior al mío, sin dudas. Lo que en el barrio llamamos “una mina inalcanzable”. Con una sonrisa que iluminó mi mañana, se me abalanzó, me dio la flor y dijo “Digámosle NO a la privatización de Aerolíneas Argentinas”.
Recibí la rosa, ella concedió un “Que tengas un lindo día”, se dio vuelta y caminó hacia sus amigas con su andar de gacela.
Yo retomé el curso desandado y me alejé pensando, flor en mano y con esa presencia casi surreal guardada en mi retina, que si alguna vez en la vida, por alguna afortunada y dadivosa vuelta del destino semejante muñeca, semejante prodigio de la naturaleza me llegase a dar un poco, un ínfimo de bola que posibilite algo más que un diálogo casual, me cercioraré de que nunca se arrepienta de haberme conocido.
